Especial Ciclo Ranown (1): Tras la pista de los asesinos (Seven Men from Now, Budd Boetticher, 1956)

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“Mi admiración por “Tras la pista de los asesinos” no me llevará a concluir que Budd Boetticher sea el más grande realizador de westerns de la historia –si bien es verdad que no excluyo la hipótesis-, sino solamente a pensar que su film es el mejor western que he visto después de la guerra.”

Así de rotundo se mostró el crítico y teórico cinematográfico francés André Bazin –uno de los fundadores de la mítica Cahiers du Cinéma y uno de los intelectuales más influyentes entre la generación de directores de la “nouvelle vague”–, al escribir la crítica de esta película. Según él, uno de los mayores logros de la misma reside en un perfecto guión que “realiza la difícil proeza de sorprendernos constantemente a partir de una trama rigurosamente clásica”.

Y es que Tras la pista de los asesinos (“Seven Men from Now”) es ciertamente clásica en planteamientos, personajes y situaciones, pero a su vez encierra algo que la convierte en redonda y que intentaré desgranar más abajo. Pero antes de volcarme plenamente en la película que inaugura este especial, quiero detenerme en explicar que es todo esto del “Ciclo Ranown”.

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EL CICLO RANOWN

Tras la pista de los asesinos cayó en mis manos por casualidad, gracias a una de esas económicas y misteriosas ediciones dobles en DVD que tanto proliferan en estos tiempos. Cuando terminé su visionado me quedé con ganas de ver más, de saber más de todo aquello. Y fue tremenda mi alegría y mi alboroto al descubrir que la cinta, de 1956, solo era la primera de siete; la primera de una fructífera colaboración entre su director, Budd Boetticher y la estrella incontestable de la función, Randolph Scott.

Todas ellas se inscriben dentro de la serie B de la época, con escuetos metrajes que oscilan entre los 75 y los 80 minutos, presupuestos medios –o bajos, dependiendo de cada entrega–, pocas localizaciones, personajes arquetípicos y tramas clásicas. Por orden cronológico son las siguientes: Tras la pista de los asesinos (Seven Men from Now, 1956), Los Cautivos (The Tall T, 1957), Cita en Sundown (Decision at Sundown, 1957), Buchanan cabalga de nuevo (Buchanan Rides Alone, 1958), Nacida en el Oeste (Westbound, 1959), Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, 1959) y Estación Comanche (Comanche Station, 1960).

Pese a que los siete títulos se pueden disfrutar independientemente, ya que no fueron concebidos como una saga propiamente dicha ni hay repetición de personajes con el mismo nombre, forman un conjunto lo suficientemente sólido para que, con el tiempo, se las haya agrupado bajo el nombre de Ciclo Ranown (así se llamaba la productora independiente que crearon Randolph Scott y el productor Joe E. Brown). El propio Boetticher declararía a propósito de este tema: ‘Todas mis películas con Randy Scott cuentan casi la misma historia, con ciertas variantes. Un hombre que busca al asesino de su mujer’.

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Budd Boetticher

El guionista que más veces se repite es Burt Kennedy, que colaboró en cuatro de los filmes (Tras la Pista de los Asesinos, Los Cautivos, Cabalgar en Solitario y Estación Comanche) siendo el responsable de las mejores entregas de la saga –también es con quien Budd Boetticher parece encontrarse más a gusto–. En segunda posición encontramos a Charles Lang con dos interesantes películas (Cita en Sundown y Buchanan cabalga de nuevo) y por último, Bernie Giler, con la más olvidada pero igualmente apreciable, Nacida en el Oeste.

Pero los artífices ineludibles de las siete películas del ciclo son, sin duda, el director Budd Boetticher y el actor Randolph Scott. Este tándem supone una de las colaboraciones más extensas que se han visto entre director y actor dentro de la historia del western cinematográfico, tan solo equiparable a la del propio Randolph Scott con André de Toth –con seis películas– y a la de Anthony Mann con James Stewart –con cinco–.

Budd Boetticher fue un prolífico director, de aquellos que llamamos artesanos, que dedicó gran parte de su carrera al género western. También se le recuerda por la poderosa La ley del hampa (The Rise and Fall of Legs Diamond, 1960) –todo un clásico del género negro–, y por su gran afición taurina, que le llevó a rodar algunas de las películas más destacadas sobre el tema –The bullfighter and the lady, Santos el magnífico y su gran proyecto personal, Arruza, que le costó siete años de trabajo–. La elección de Boetticher fue crucial a la hora de afrontar y gestionar la economía de medios que requerían este tipo de producciones. Si por algo se caracterizó el director fue por la austeridad en la que envolvió sus filmes sin perder ni un ápice de fuerza narrativa. Y como veremos a lo largo del especial que propongo, eso vale tanto por sus argumentos sencillos como por la estudiada planificación a la hora de acometerlos –era conocido por rodar solamente lo estrictamente necesario, ni un minuto más–.

A menudo se ha considerado a Boetticher como el padre intelectual de Sam Peckinpah y solo hay que ver Duelo en la Alta Sierra para comprender que se trata casi de un resumen y un conmovedor punto final a todo el Ciclo Ranown –para más inri con Randolph Scott de protagonista, en la que seria su última película–. El mismo Boetticher habló de esta manera del director de Grupo salvaje: “Peckinpah tenía un talento inmenso pero su incurable instinto autodestructivo acabó con él. Era un tipo difícil, odiaba que le dijeran que yo era su maestro. La primera vez que nos encontramos me dijo: “que quede muy claro que no he visto ninguna de sus películas”. Mentía, pero le cogí cariño”.

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Randolph Scott

Y llegamos por fin al veterano Scott, que había participado en incontables westerns –todos ellos inscritos en la serie B–, y contaba con 57 años cuando consiguió el papel protagonista de Tras la pista de los asesinos. En un primer momento el personaje estaba destinado a John Wayne, ya que su productora (Batjac) poseía los derechos de película, pero la suerte quiso que fuera requerido por John Ford para rodar la inmensa Centauros del desierto (The Sarchers, 1956). Por lo tanto, fue el mismo Wayne quien propuso a Randolph Scott como su sustituto y este último no solo aceptó sino que involucró también a su productora en el proyecto. Satisfecho con los resultados, Scott decidió auto-producirse los siguientes seis filmes (ya sin el apoyo de la compañía de Wayne) como un vehículo para mantener su carrera en una edad difícil para este tipo de aventuras. Digamos que Randolph Scott no pasará a la historia por su calidad interpretativa, pero si por su visión y su empeño. Alto, estirado y con un rostro pétreo e inalterable, ejemplificaba a la perfección al cowboy solitario y honesto, un héroe sin mácula que por momentos podía llegar a resultar indigesto de tan empalagoso. Un tipo que supo encontrar su lugar en Hollywood convirtiéndose en el perfecto paradigma del mal actor con mucho trabajo –más de un centenar de películas le avalan–.

TRAS LA PISTA DE LOS ASESINOS

La noche es cerrada y cae lluvia torrencial. Rayos y truenos durante los títulos de crédito. Suena la clásica canción del Oeste, que con voz grave nos avisa, “cuando escuchen la poderosa voz de la justicia, uno por uno, siete hombres morirán”. Terminan los créditos: un cowboy entra en plano y tras detenerse un segundo de espaldas a la cámara, avanza hacia una cueva. Tras una tensa conversación con los dos forajidos que se refugian en la misma, rugen las pistolas. De siete, ya solo quedan cinco. Y no han pasado ni tres minutos de película.

No es el habitual inicio de western, es oscuro, hay tormenta, y todavía no sabemos quien es el vaquero que se acaba de cargar a los dos tipos ni porqué lo ha hecho –aunque gracias al brillante dialogo intuimos que no eran agua clara–. Poco después se topa con una joven pareja de pioneros que tiene dificultades para sacar la carreta en la que viajan del río que intentan cruzar. Les ayuda. Les advierte de los indios que les atacarán si siguen aquella ruta. Se une a ellos al ver que no hacen caso de su consejo. Todo va muy rápido. Poco a poco vamos descubriendo cosas: el solitario se llama Ben Stride y se altera cada vez que oye hablar de la pequeña localidad de Silver Springs. En poco tiempo la compañía crece. Hace aparición Lee Marvin, que resulta que conoce un poco del pasado trágico –reciente y lejano– de Stride; así como sus intenciones.

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La película se construye entonces a partir de esos retales del pasado, dosificados en cuentagotas. Navegando entre lo que nos explican y lo que intuimos, no tardamos en esbozar una idea general de la situación y poner a cada cual en su lugar. Boetticher, sirviéndose de los clichés y los moldes sobradamente establecidos por el western, logra dibujar una historia y unos personajes con tan solo cuatro trazos. Y eso lo consigue sin rebajar esos tópicos, consciente de como se articulan los resortes del género por el cual transita –el western en mayúsculas–.

Todos los personajes –empezando por el de Scott– han tomado o deberán tomar sus decisiones a partir de esos hechos trágicos del pasado y aceptar las graves consecuencias de las mismas. Y los siete hombres del título, los cinco que quedan cuando el pintoresco grupo se consolida, pasan a ser la excusa, casi un MacGuffin, para contar las relaciones y motivaciones que se establecen y que animan al grueso de los personajes principales. El protagonista es justo, responsable, entregado y solidario pero a su vez es un hombre torturado y frustrado, cargado de remordimientos, que ya se empieza a deslizar, abandonado, por la pendiente del abismo. Dice buscar justicia cuando lo que seguramente persigue es venganza sin paliativos. No quiere dar explicaciones a nadie, es frío y reservado y en definitiva, se ha fabricado una coraza a prueba de balas y sentimientos. Ben Stride se mueve a base de frases secas y cortantes y su rostro siempre muestra una expresión granítica –un papel a la medida de Scott, sin duda–.

En cuanto a Bill Masters, el personaje interpretado por Lee Marvin –ya iremos viendo que este ciclo tiene miga en cuanto a secundarios–, solamente cabe apuntar que en ocasiones predomina claramente sobre el protagonista. Marvin construye un personaje cínico y pragmático, lleno de ambigüedades, que sin ser un completo villano, sirve de contrapeso a Stride y hace que uno no se pueda entender sin el otro. La escena en la que Masters, en la carreta, humilla a John Greer (Walter Reed) ante su mujer, sin que este haga nada por evitarlo, es uno de los puntos más fuertes de la cinta –y una escena para el recuerdo–. Se provoca una situación muy violenta y embarazosa tan solo con la fuerza de un diálogo excelente y de una actuación rotunda por parte de Marvin. Ante el amilanamiento de Greer, el propio Scott se ve obligado a defender a la mujer, cosa que termina de potenciar el bochorno general del momento.

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Y llegamos así a la mujer de la película, que siempre tiene gran importancia a lo largo del ciclo y, en general, en todas las obras de Boetticher. Annie Greer (Gail Russell), es una mujer valiente y fuerte, mucho más fuerte que su apocado marido, y con una integridad irrebatible. No es arriesgado decir que el protagonista, Ben Stride, ve en Annie una réplica de su fallecida esposa. Aunque este amor se sitúe en el plano platónico, le puede llegar a dar cierta fuerza y esperanza y le permite fantasear sobre como habría podido ser su vida si hubiera transcurrido por derroteros más estables. Ella, a su vez, también se siente atraída por Stride, tal vez porque reconoce en él cosas que le gustaría ver en su marido. Pese a la integridad de ambos, se adivinan preciosos momentos de vacilación –la magnifica escena del caballo–. En dos pinceladas, y siendo fiel a su estilo, Boetticher nos transmite la dolorosa conciencia de lo que pudo ser y no fue, reforzando el concepto de personajes y caminos sin vuelta atrás.

Tras la pista de los asesinos tiene la cualidad de ser una película de personajes atrapados en un lugar cerrado, que sin embargo, sucede a cielo abierto –veremos que eso también es una constante en todo el ciclo–. Es junto al siguiente filme, (Los cautivos), una de las mejores entregas de la serie –aunque las demás, en mayor o menor medida, le vayan a la zaga–, y ejemplifica como pocas el saber aprovechar al máximo la parquedad de medios hasta convertirla en virtud. Posee una fuerza global difícil de explicar, algo que seguramente se deba a una combinación entre lo planificado y lo fortuito; a la conjunción entre la solidez del guión de Kennedy, los hándicaps de la serie B, la elección se los actores y la indudable habilidad narrativa del director. Por no hablar de la hermosa fotografía, que sabe exprimir hasta lo indecible el puñado de localizaciones habituales –cercanas a Hollywood y por lo tanto baratas– de este tipo de producciones.

Una conjura casi perfecta que, aparte de originar un interesante ciclo de siete películas con un discurso muy similar, nos legó un western sobresaliente que vale la pena desenterrar del olvido.

Dani Morell.

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