Emociones baratas # 13- Big Sexy Novels: El tremebundo universo de Harold Robbins

harold_robbins2_david_steen1-1Hace muchos años existió otra época ya perdida en la que el best-seller literario era algo peligroso, sexy y atrevido. Los libros más leídos en el mundo occidental rezumaban lujo, poder, sexo e intrigas internacionales, y se leían de puta madre en la terraza de un hotel de Benidorm o Tossa de Mar.Harold Robbins (1916-1997) fue uno de los mayores exponentes de lo que Dean Koontz llamó la Big Sexy Novel, es decir, sustanciosos ladrillos de tapa dura con historias asequibles ( “con letra grande y palabras no muy complicadas” como decían en Amazonas en la luna de John Landis) ideales para las vacaciones y que transportaban al lector medio a un mundo reconocible pero lo suficientemente lejano como para evadirse. Ahora que vivimos en un mundo en que el best-seller juvenil parece haberse impuesto y la corrección política hace que alguien como Christian Grey sea el summum de lo malote es necesario echar la vista atrás y ver un par de muestras de las delirantes epopeyas erótico-económicas de un autor casi tan excesivo como sus personajes. Subid al jet privado, nenas.

El pirata (The Pirate1974, Quaterni, 2010)

phpthumb_generated_thumbnailjpgDejad que os presente a Baydr Al Fay; nacido en 1933 en medio de una tormenta nocturna en el desierto, Baydr es en realidad el hijo de un importante general israelí, Ben Ezra. Aquella terrible noche la mujer de Ezra murió en el parto pero el niño sobrevivió. El doctor de Beirut que lo atendió, Samir, viajaba a la Meca con su mujer embarazada para que su hijo pudiera nacer allí, pero la cosa le salió rana también; el bebé nació muerto y lo que es peor… era una niña. Tras discutirlo detenidamente se llegó a una decisión que contentó a todos; Ezra no podía garantizar la supervivencia del niño y Samir necesitaba un heredero varón, así que el doctor crió a Baydr como si fuera su hijo.

No se si hizo un buen trabajo o no, juzgad por vosotros mismos; a sus cuarenta años Baydr es uno de los empresarios más hábiles del mundo, ha estudiado en prestigiosas universidades estadounidenses y el príncipe de Beirut le ha asignado como “enlace” con el mundo occidental, por el que viaja con su 707 privado haciendo negocios que mueven miles de millones de dólares. Tuvo una esposa musulmana, como dicta la tradición, pero al ver que no le daba más que hijas la repudió y una de ellas, Leila, se ha convertido en una vengativa adolescente capaz de cualquier cosa (incluido el terrorismo) para rebelarse contra él. Su segunda esposa, Jordana, es la clásica rubia californiana que pese a que se casó enamorada y le dio dos hijos no acaba de comulgar con las tradiciones árabes.

En consecuencia, los dos viven casi separados y se odian, ya que Baydr le cabrea tanto su rebeldía que sólo contempla el sexo con ella como una sesión de hostias a mano abierta mientras le obliga a inhalar poppers. Este es un momento tan bueno como cualquier otro para recordar que Baydr es el “héroe” de ésta novela. La verdad es que los dos se ponen bien finos; en sus viajes se follan a todo lo que se mueve y consumen titánicas cantidades de hachís, coca y lo que se tercie en escenas muy detalladas y explícitas. Baydr está rodeado por un séquito de ayudantes con intenciones aviesas y que aprovecharán el caos generado por la guerra del Yom Kippur para acabar con su poder económico, en una trama de acción que no molesta, pero que está claro que no es la más importante.

Había leído por ahí que esta novela es una de las cumbres del estilo Robbins y del bestseller sexy de los años 70, así que decidí utilizarla como punto de partida para entrar en su universo. Y efectivamente, da todo lo que promete, pero antes que nada una aclaración: por lo visto bastantes de las novelas de Robbins fueron “aligeradas” en nuestro país. Vamos, que están censuradas. Empecé a leer una copia antigua de segunda mano y al llegar a la mitad descubrí que había una nueva traducción de la gente de la editorial Quaterni de 2010 que podéis conseguir por cuatro perras en Kindle. Y no veáis qué diferencia; en materia de sexo es como pasar de una nudie de campamentos de los 60 a Garganta profunda. De hecho, hay alguna que otra referencia a la citada película, con una escena en la que Jordana y un actor madurito (que Robbins no oculta que es una versión velada de Charlton Heston) la ven mientras follan encocados.

“Encocado” sería quizá la palabra clave para describir la manera de escribir de Robbins en esta época. Va a mil por hora, presentando decenas de tramas que a veces cierra de un portazo y otras deja olvidadas por el camino para arreglarlas con algún parche. Hablando de parches, no sabemos que a Baydr le llaman “el pirata” en el mundo de los negocios hasta la mitad de la novela; a veces presenciamos flashbacks que no se explican hasta que algún personaje habla del año en que están y en definitiva, Robbins tiene poca implicación y ganas de explicar las cosas, imagino que en aquella época ya estaba forrado y escribía en piloto automático. Y con todo lo que os he dicho, el tema es que la novela engancha. Y mucho. Se nota que tenía bien pillado el tranquillo a la fórmula; alternar largas disertaciones sobre negocios (para rellenar páginas) con tramas personales rodeadas de lujo y oropel y hábilmente salpimentadas con demenciales escenas de sexo. Servir frío y a ser posible al lado de la piscina.

El descenso de Xanadú (Descent from Xanadu, 1984, Planeta, 1990)

39747864Diez años después de El pirata, Robbins ya no era tan famoso a nivel internacional pero seguía fiel a su fórmula de lujo, dinero, sexo y drogas no solo en su obra sino también en su vida personal. En algunos momentos, El descenso de Xanadú se lee casi como una versión en clave de espionaje y ciencia ficción pulp de la citada novela y en otros parece el delirio new age de un cocainómano obsesionado con el sexo. En serio, puede que hiciera alguna broma sobre los blancos polvitos de la alegría en el anterior libro, pero en esta novela la farlopa es el combustible de todos los personajes. Están constantemente enzarpados y la utilizan sin parar cada dos páginas. Si la cocaína fuera una novela, sin duda sería El descenso de Xanadú.

Dicho esto, vamos con nuestro protagonista, un clásico Robbinsiano; Judd Crane, el hombre más rico del mundo, poseedor de cientos de empresas y de un avión privado que parece un hotel y que utiliza para viajar por el mundo y hacer sus negocios. ¿Os suena familiar? La verdad es que no estamos ante el colmo de la originalidad. Teniendo de todo en su vida, Crane solo ansía algo; la inmortalidad. Para conseguirla lleva años haciéndose tratamientos de salud hasta que en 1974 contacta con la doctora Zabiski, una renegada de la Unión Soviética cuyos estudios sobre genética no tienen parangón en todo el mundo. La anciana doctora asignará a su ayudante Sofía, una doctora búlgara (y espía de la KGB) muy atractiva y con propensión a los micro-orgasmos continuos, por lo que a parte de ayudar a Crane con los tratamientos los dos se hinchan a follar. En serio, en la primera mitad de la novela Crane es un sátiro; por muy místico que sea su objetivo de la inmortalidad -nunca sabemos realmente por qué quiere vivir para siempre, pero si a Robbins no le importa, a nosotros tampoco- va siempre como el pico de una plancha. Y en esta no hay censura ninguna (la copia de la editorial Planeta que he leído es muy fácil de encontrar en cualquier tienda de segunda mano), el sexo es todavía más explícito y desconcertante que en El pirata: nuestro protagonista le confiesa a su madrastra que de pequeño le ponía cachondo y no tiene reparo en aliviarse delante de ella tras su confesión o en la segunda mitad de la novela, cuando ha alcanzado una especie de “paz interior” después de muchos tratamientos genéticos se dedica a dormir en la postura del loto mientras dos chicas se lo hacen delante de él “para equilibrar su Ying y Yang”.

Si en sexo vamos sobrados, en drogas ya ni os digo; la cocaína de Crane está producida por sus propios laboratorios químicos, por lo que es la hostia de pura y además son capaces de fabricarle cualquier capricho estupefaciente, a cada cual más rebuscado, como cápsulas de oxígeno y coca o psicotrópicos capaces de ser “controlados” de manera consciente (¿?) Además, uno de los ayudantes del magnate, Eddie “el rápido” no es más que un burdo camello que se dedica a servir rayas a todo el personal y que está encantado de recoger las “sobras” sexuales del magnate. Y no sólo Eddie; en general, todos los personajes de la novela son unos gilipollas al estilo Robbins; Crane trata a las mujeres como a una mierda y Sofía, pese a mantener que está enamorada de él, no es más que una mentirosa por su condición de espía. Por un lado esto es entretenido, pero al final acaba cansando.

La mezcolanza de teorías locas new age, absurdas tramas empresariales pensadas para llenar páginas, pseudociencia genética, drogas y espías internacionales hacen que la trama de la novela no decaiga y que uno se eche las manos a la cabeza con alguna barrabasada cada cierto número de páginas, pero aún con todo esto, El descenso de Xanadú da una sensación global de agotamiento, de resaca gorda y burda en la que Robbins va soltando animaladas pero a la vez está muy lejos de lo que escribe, aún más en piloto automático que en El pirata. Vamos, me lo ha hecho pasar bien pero no tiene tanto encanto como la anterior. Eso sí, no tiene competición como fantasía de poder machista de cocainómano ochentero. Ciencia ficción pulp de GANADORES.

Víctor Castillo

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