Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (03)

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10. ANTES LLEGA LA MUERTE (1964). España e Italia

D: Joaquin Luis Romero Marchent  I: Paul Piaget, Claudio Undari, Fernando Sancho

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Antes llega la muerte es una película pequeñita y enorme a la vez. Es una de las mejores –por no decir la mejor– de Joaquin L. Romero Marchent. La obra cumbre del realizador español tiene más de western que de spaghetti western, por como está rodada y por la música de Riz Ortolani (más cercana al western del Hollywood clásico que a Morricone y sus derivados), pero sobre todo por el guión, que nos habla de la frontera en mayúsculas, del continente salvaje y del viaje del pionero. En Antes llega la muerte encontramos la lucha de un hombre (Clifford/Jesús Puente) por salvar a su mujer (María/Gloria Milland) de un tumor cerebral. Antes deberá deshacerse de su sueño anterior (crear un rancho en zona virgen y salvaje) y se verá abocado a venderlo todo para emprender un arriesgado viaje a la civilización. Para ello contratará a varios desarrapados, apostadores, borrachos y soldados de fortuna de poco fiar –el gran Fernando Sancho entre ellos–, que serán los únicos dispuestos a formar parte de tan peligrosa misión. “Solo los locos vendrán con nosotros” le dice su amigo Rogers (Francisco Sanz) a Clifford antes de emprender la aventura. Pero todavía les acompañará alguien más: un ex-convicto (Bob Carey/Paul Piaget) que estuvo en la cárcel por matar a un hombre en defensa de María y que por supuesto todavía la ama. Para más inri tiene un buen puñado de enemigos (los amigos del muerto). Si a este grupito le añadimos las llanuras inexploradas, los beligerantes indios y muchos kilómetros por delante, ya tenemos el conflicto servido. Pero como he apuntado antes se trata de un conflicto de western clásico, el hombre contra el hombre y el hombre contra la naturaleza, la colaboración entre enemigos naturales por la consecución de un bien mayor y por la simple supervivencia. En cada escena se respira la febril construcción de una civilización en un territorio todavía hostil: esos dos fuertes militares con su empalizada defensora, siempre atentos a los ataques indios, esas carretas que se varan en ríos, nieve, desierto y barro. Hasta María comenta en una escena que ella nació en una de esas carretas, acentuando todavía más el perfil pionero de los personajes. Y toda esta aparente grandeza no necesita más que un puñado de personajes muy compactos, una buena historia y una realización que se toma en serio a ella misma para tirar adelante con mucha dignidad. Incluso el apartado cómico, con ese cocinero chino que se suma al equipo como polizonte, parece tener la inocencia del Hollywood de antaño. Pero tampoco se crean que todo es de serie B, en Antes llega la muerte también veremos gran profusión de localizaciones, peleas y tiroteos y una magnífica escena de ataque al fuerte con centenares de extras, especialistas y caballos al trote. Pese a algunas actuaciones flojas pero bien disimuladas, Joaquín L. Romero Marchent, acaso el mejor de los directores españoles del western, firma con esta película una de sus obras más personales, dicen que hasta biográfica (su mujer murió de un cáncer de pulmón después de mucho luchar por encontrar una cura) y a todas luces muy superior a otras producciones de la época. De los hermanos Marchent habría que poner alguna más en la lista (estoy pensando en Garringo, Dos cruces en Danger Pass, Condenados a vivir y El sabor de la venganza) pero ya se sabe que esto de los rankings es tremendamente injusto.

09. UNA CUERDA, UN COLT (Une corde, un colt…, 1969). Italia, Francia y España

D: Robert Hossein  I: Robert Hossein, Michèle Mercier, Guido Lollobrigida

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En esta película hay un silencio casi tan grande como en El gran silencio de Sergio Corbucci. Se conoce que el grueso del italowestern pivota mayoritariamente sobre la venganza y poca gente ha tratado tan bien este eterno tema como Robert Hossein con Una cuerda, un colt. Y lo hace gravemente, con los silencios que requiere. No en vano, al principio de la película, el propio Robert Hossein –que aparte de director es la estrella en funciones–, suelta la sentencia “La venganza es una planta maldita que da frutos amargos para todos”. Ahí lo tienen, un resumen de la obra en 12 palabras. Y es que en esta película se habla más bien poco. Poquísimo, para ser sinceros. Si juntáramos todas las lineas de dialogo del tirón nos darían para unos escasos 10 minutos siendo generosos. Esto va de jugar con los silencios, de obviar las elipsis o potenciarlas en determinados puntos clave. Esto es serio. Y además se aprecia el empeño por rodar un western reflexivo y pausado, con una narrativa diferente y una calidad cinematográfica por encima de la media. Silencios, largas miradas entre personajes y mucha violencia contenida. En este spaghetti western el ser humano cae muy bajo. Aquí no encontramos ni buenos ni malos, solo gente movida por el odio o por la avaricia. Vale, y también por el amor, pero por ese amor que hiere, un amor que puede hacerte cómplice de la injusticia. Al principio de Una cuerda, un colt los Rogers (una poderosa familia de terratenientes) ahorcan al marido de María (Michele Mercier) sin demasiadas contemplaciones. Esta se irá a buscar a Manuel (Robert Hossein), un pistolero con quien mantuvo una relación en el pasado y que todavía está enamorado de ella, para pedirle que ejecute su venganza. Manuel vive en un polvoriento pueblo fantasma que se cae a trozos y acepta el amargo encargo de María, llegando a permitir la violación de la hija de los Rogers (Anne-Marie Balin), a la que han secuestrado como parte del plan. Ya ven por donde van los tiros (nunca mejor dicho). La escena del abuso a puerta cerrada, en la que solo vemos lo que sucede en el exterior de la vivienda, es magnifica e insidiosa a partes iguales. El duelo de miradas entre María y Manuel, los lentos travellings hacia sus estáticas figuras, la recriminación, la impotencia, la resignación, y otra vez el silencio. Y todo ello acompañado de una guitarra penetrante con pequeñas entradas orquestales. De hecho, si exceptuamos el tema principal, casi toda la banda sonora está conformada por una solitaria guitarra punteada que sirve para sustentar muchos de estos silencios hirientes. Una cuerda, un colt es de los spaghetti westerns más graves que he visto. Se toma ciertas licencias –como la del guante negro que se pone el protagonista cada vez que se ve obligado a disparar–, pero ¿que sería una película de este tipo sin esas pequeñas chucherías? Además, Manuel vive en un pueblo fantasma y eso me parece glorioso. El guión está trabajado y es coherente de inicio a fin. Dario Argento, que poco más tarde se convertiría en uno de los popes del terror italiano, aparece acreditado como guionista junto a Robert Hossein, pero parece que poco tuvo que ver con el mismo. Quien sí estuvo en el meollo fue su gran amigo Sergio Leone, a quien Hossein no solo dedica la película sino que permite dirigir una escena (la de la muda cena de Manuel con los Rogers, solo rota por el ruido de los cubiertos y los platos). Y que final, señores y señoras. Que final. Aceptación de culpa y resignación elevada a la máxima potencia. No podía acabar de otra manera. Poca broma con esta olvidada película.

08. KEOMA (1977). Italia

D: Enzo G. Castellari  I: Franco Nero, William Berger, Woody Strode

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Enzo G. Castellari rodó un buen puñado de westerns menores con títulos tan llamativos como Voy, lo mato y vuelvo o Mátalos y vuelve, que se dejan ver aunque parecen más películas de aventuras que westerns propiamente dichos. Se apuntó al carro de la explotación bélica con la interesante Aquel maldito tren bastardo y también a la jugosa “Jawsploitation” con la bochornosa L’ultimo squalo (que aquí se comercializó con el engañoso titulo de Tiburón 3). Fiel a su espíritu, Castellari se encuentra ahora mismo en plena fase de producción de Keoma Unchained, que promete ser un viaje con el Imserso y un homenaje al spaghetti western a la vez, a juzgar por el casting que se está barajando (Franco Nero, Tomas Milian, Bud Spencer, John Saxon, Gianni Garko, Fabio Testi…). Pero sí con alguna película supo ganarse el cielo fue con la que ahora nos ocupa. Keoma es un italowestern muy tardío y absolutamente crepuscular –exageradamente crepuscular– que nos cuenta la clásica historia de retorno al hogar tras la guerra. El protagonista (Franco Nero) es mestizo y no encuentra su lugar en la sociedad ni en la familia, pues sus tres hermanos blancos lo repudian a la vez que le echan en cara a su padre que sea su favorito. Por supuesto en el pueblo también hay una banda de malhechores a los que deberá combatir mientras intenta despertar a sus habitantes de la cobardía en la que han caído. La historia del soldado que no se encuentra a si mismo y se ve como salvador y mártir a la vez tiene ecos de la guerra de Vietnam y del tipo de cine que se estaba rodando en aquella década. También la estética de la cinta así lo atestigua: Keoma lleva barba y melena al viento y viste como un hippy –al igual que buena parte del resto del reparto–. La película tiene una fotografía espectacular y bellísima que se detiene en los planos nocturnos, la lluvia, la niebla y el viento perpetuo consiguiendo una luz extraña y una atmósfera muy potente que envuelve todo el conjunto durante la practica totalidad del metraje. Castellari se recrea en los tiroteos gracias a tomas rodadas en cámara lenta montadas en paralelo a las de velocidad normal consiguiendo un efecto de dilatación temporal muy desasosegante. También hay lugar para lo onírico –de hecho, toda la película es como un largo sueño o pesadilla– y lo surreal, con los pálidos flashbacks sobre la infancia de Keoma, pero sobre todo con las apariciones de esa anciana agorera que arrastra un carromato y que solo el protagonista es capaz de ver en los momentos determinantes de la trama. El pueblo también tiene miga, con ese aspecto destartalado y decadente tan propio de los spaghetti westerns tardíos (Los cuatro del apocalípsis, El valle de la muerte). Este ambiente se intenta reforzar continuamente con diálogos profundos e introspectivos –como el de la escena padre/hijo– que por desgracia no siempre consiguen su objetivo al caer en lo tópico y lo forzado. A pesar de ello, y de sustentarse mayormente en lo visual y lo simbólico, la cinta mantiene la coherencia interna en todo momento gracias a un guión sencillo pero contundente que sabe perfectamente hacia donde se dirige. No les quiero estropear el final pero baste decir que contiene secuencias de una fuerza tremenda y cuasi religiosa. En el apartado musical tenemos a Guido de Angelis y Maurizio de Angelis con sus canciones-lamento –muy parecidas a las de El valle de la muerte– que le van que ni pintadas a la propuesta y consiguen reforzar algunos momentos clave como el de la captura de Keoma. En resumen, un western pausado, pesimista y autodestructivo, casi diría que consciente de su responsabilidad histórica como cierre de una etapa que supo marcharse por la puerta grande.

07. CARA A CARA (Faccia a faccia, 1967). España e Italia

D: Sergio Sollima  I: Gian Maria Volonté, Tomas Milian, William Berger

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Gian Maria Volonté participó solamente en cuatro spaghetti westerns pero dejó una huella imborrable en el género. Dos quedan directamente descartados del ranking porque los dirigió el dios Leone. Los otros dos (Cara a cara y Yo soy la revolución) aparecen en esta lista –seguidos– debido a su altísima calidad cinematográfica. Volonté era un señor muy de izquierdas que llegó a presentarse para el Partido Comunista de Italia a mediados de los 70. Más tarde se alejaría de los postulados oficiales en apoyo a organizaciones extraparlamentarias criticas con el partido y hasta ayudaría a un amigo de Autonomia Operaia a escapar del país para eludir la justicia. No es de extrañar pues que los dos spaghetti westerns en los que participó fuera de la órbita de Leone sean de los más politizados que he visto nunca –y más si se juntaba con directores como Damiano Damiani o Sergio Sollima–. Cara a cara es un western decididamente marxista. La terminología que utiliza no es nada sutil –se llega a hablar de “razones de estado” y de “violencia individual y de masas”, entre muchas otras cosas– y la dicotomía que se establece entre el pusilánime profesor Brett Fletcher (Volonté) y el arrojado revolucionario Solomon Bennet (Tomas Milian) es casi de manual. El meollo del asunto radica en la inversión de tornas: el profesor Fletcher, un tímido y enfermizo maestro de escuela que se traslada a Texas para mejorar su salud, se convertirá poco a poco en un maquiavélico y violento rebelde, mientras que Bennet, un temido y violento bandido mexicano, aprenderá a respetar ciertos valores morales y de justicia que Fletcher defendía, pero que ya niega tras su toma de conciencia –impagable la escena en la que el bandido discute con el profesor y se golpea el pecho mientras grita que la justicia existe y que se encuentra en el corazón del hombre–. Tamaña conversión doble está muy bien construida gracias al solido guión de Sergio Donati y el propio director Sergio Sollima. Bennet aprende a estructurar unos pensamientos –que ya atesoraba de manera inconsciente– gracias a los lazos que establece con Fletcher, y este último ve crecer su fuerza y su poder al descubrir las posibilidades que le ofrecen su intelecto y superioridad cultural entre los bandidos y los desheredados –llega a aplicar métodos casi científicos en el atraco de bancos–. A pesar de que el cambio suceda de manera pausada, los dos personajes cuentan con su punto de inflexión en la película, un momento critico y decisivo en su transformación personal que sirve para asentar definitivamente dicho cambio. En Milian seria la trágica muerte del niño mexicano durante el tiroteo posterior al atraco al banco y en Volonté el verse impulsado a disparar a matar para salvar a Milian. El primero cambia al ser testigo de una injusticia colateral de la que es directamente responsable y el segundo al asesinar para defender a su compañero. Una vez lanzado, el profesor Fletcher asume la dirección de las masas mediante un golpe revolucionario en Piedras de Fuego –un refugio autogestionado para los perseguidos– mientras Bennet, más utópico –y con una calidad humana y moral mucho más elevada– empieza a manifestar serias dudas. Cara a cara se aleja de la clásica historia de venganzas y aventuras a la que nos tiene acostumbrados el género para abordar ciertos temas de mayor calado de manera mucho más reflexiva. Sin embargo es perfectamente disfrutable a pesar de su evidente carga ideológica gracias a un ritmo vibrante y unas interpretaciones poderosas –sobre todo la de Volonté–. Si a eso le añadimos unos diálogos muy trabajados, unas localizaciones fantásticas, el elenco de secundarios habitual, unas escenas que combinan la acción y el suspense de manera formidable y la tensa banda sonora de Ennio Morricone –que por momentos casi parece buscar la estridencia–, tenemos entre manos una pequeña joya del spaghetti western digna de figurar entre las diez primeras del ranking.

06. YO SOY LA REVOLUCIÓN (¿Quién sabe?, 1966). Italia

D: Damiano Damiani  I: Gian Maria Volonté, Klaus Kinski, Martine Beswick

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Y aquí tenemos el otro spaghetti western político en el que participó el gran Gian Maria Volonté, esta vez a las órdenes de Damiano Damiani, una de las figuras claves del cine que se hacia en Italia en los 60 y 70 del pasado siglo (responsable entre muchas otras de las imprescindibles El día de la lechuza y Confesiones de un comisario). En este caso hablamos de un Zapata western, ya que toda la acción se sitúa en el Mexico revolucionario de principios del siglo XX. El Chuncho (Volonté) es un alegre rebelde que bascula entre la revolución y el bandolerismo. Es un hombre del pueblo, sencillo e inculto, pero más listo que el hambre. Admira al General Elias (Jaime Fernandez), uno de los cabecillas de la revolución, pero también ansía el dinero y las mujeres que le proporcionan su vida de cuatrero. La película se centra en ese tira y afloja entre la toma de conciencia y la simple codicia mundana. Algo se despierta en su interior cada vez que es testigo de la injusticia y la miseria que sufre su pueblo –la escena del reparto del pan es muy explícita en ese sentido– pero a su vez sueña con el dinero y el tren de vida que puede conseguir con el mismo y que jamás ha conocido. Tiene un hermano apodado el Santo (Klaus Kinski) que es un fanático de la revolución. Es un capellán de mirada encendida –repito, es Klaus Kinski– y forma parte de su misma banda. Ataviado con un habito franciscano, reparte bendiciones y lanza granadas contra el enemigo mientras recita el Padre Nuestro en latín. Él si tiene claro de que bando está, aunque la película no ahonda demasiado en sus motivos –más allá de su evidente fanatismo– y es una lástima, porque es un personaje muy interesante y que cumple importantes funciones en la trama. A todo eso se le suma el Niño (Lou Castel con su cara de ídem), un gringo que se hace amigo del Chuncho y se une a su banda a pesar de las sospechas que despierta entre sus integrantes y directamente entre nosotros, los espectadores. El Niño, vestido como un autentico gángster de Chicago no engaña a nadie y va a por el dinero que le puede proporcionar los golpes del Chuncho. Los 35 primeros minutos de Yo soy la revolución son de lo más sobresaliente que he visto en el spaghetti western, más de media hora de tiroteos y acción que a su vez sirven para presentar a los personajes principales y sus objetivos a corto plazo –básicamente vender las armas que roban al General revolucionario Elias–. Toda la película está cargada de intensos momentos, tales como la escena en la que se disponen a ajusticiar al terrateniente después de tomar el pequeño pueblo de San Miguel o el encuentro definitivo entre el Chuncho y el general Elias. Se incide en las extremas diferencias sociales que llevaron al pueblo a alzarse en armas y también en el escaso respeto por la vida que posee el Chuncho –hasta por la suya propia, como se verá más adelante– acostumbrado a vivir en un entorno extremo en el que todo se reduce a matar o morir. Yo soy la revolución es una de las grandes, rodada con un presupuesto más que holgado, con multitud de localizaciones y extras y una muy buena ambientación de época. Además es uno de los mejores trabajos de interpretación de Volonté. La música de Luis Bacalov es también memorable, tanto en los temas instrumentales como las canciones inspiradas en corridos revolucionarios mexicanos. Me encanta esta película, me parece de lo mejor que ha dado el spaghetti western y una buena muestra de lo que se empezaba a cocinar políticamente en Italia a finales de los sesenta a nivel cultural (y que terminaría por estallar en las calles). ¿Y que me dicen de ese final en la estación del tren? “¡Prohibido comprar pan con ese dinero, compra dinamita!”. Rabiosamente revolucionaria e intelectualmente violenta.

05. DJANGO (1966). Italia y España

D: Sergio Corbucci  I: Franco Nero, José Canalejas, José Bódalo

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En este lista hay algunas ausencias imperdonables. Me refiero sobre todo a dos peliculones como Joe el implacable y Los despiadados, que por supuesto son muy superiores a algunos de los spaghetti westerns que contiene este top 25. Pero resulta que ambas están dirigidas también por Sergio Corbucci y había que dejar espacio a otros directores. Me marqué un limite máximo de tres películas por director, más que nada por no convertir esto en un monográfico sobre Corbucci, pero antes de hablar de Django quería dejar clara mi reivindicación de Joe el implacable y Los despiadados como dos de las mejores y más serias aportaciones que nos ha dado el género. ¿Y porqué Django? Pues porque tal vez no tenga tanta coherencia ni sea tan sólida como las otras que acabo de mencionar pero creó un mito, una figura con tanta fuerza que sacudió el universo spaghetti western para siempre. La película se abre con un pistolero vestido de negro que arrastra un ataúd por el fango; ¿quién es? ¿a donde se dirige? ¿porqué arrastra esa caja fúnebre? A su vez aparecen los créditos y escuchamos el tema principal, una canción que repite una y otra vez su nombre –si, la misma que Tarantino utilizó con gran acierto en su reciente Django desencadenado–. Luego un zoom nos muestra al personaje en lo alto de una colina: es Franco Nero y está muy cabreado ¿Como se puede superar eso? No creo que se pueda. Y lo mejor de todo es que tanto la atmósfera, como el tono y hasta el mismo guión de la película, son fruto de la casualidad y la improvisación. El tiempo lluvioso, esas calles del pueblo absolutamente llenas de resbaladizo barro que ensucia las vestimentas de los personajes hasta las rodillas, no son resultado de ninguna planificación, sino de las adversas e imprevistas condiciones meteorológicas con las que se encontró el equipo de rodaje en los exteriores de Madrid. Si a eso le añadimos un frío de mil diablos, podremos comprobar que el resultado visual fue excelente, pero que el rodaje no fue ningún camino de rosas –de hecho, se suele contar que fue infernal–. En el guión llegaron a participar hasta ocho personas y se trabajó a partir de la imagen inicial (Django arrastrando el ataúd) y la imagen final (que no desvelaré para no hacer spoilers). Parece ser que se fueron rellenando los huecos a partir de esas imágenes o escenas que se les ocurrían a los guionistas y al propio Corbucci. Dos bandas enfrentadas, un pequeño pueblo amenazado y Django en medio del asunto. Uno de los grupos esta formado por revolucionarios mexicanos acaudillados por el general Hugo Rodriguez (José Bódalo), el otro por una especie de banda terrorista inspirada en el Ku Klux Klan y comandada por el Mayor Jackson (Eduardo Fajardo). La trama de los mexicanos tal vez sea la más floja de la cinta, mientras que la de los racistas sudistas –los verdaderos enemigos de Django– es todo un acierto, tanto por su curiosa estética (pañuelos y capuchas rojas), como por sus pretensiones de continuar la guerra perdida contra la Unión. Son unos fanáticos que se dedican a cazar mexicanos por diversión, a cobrar impuestos mafiosos a los comercios del pueblo y a las más feroces tropelias bajo la excusa de su nefasta ideología. Django irá tejiendo una red de venganza sin que sepamos demasiado bien si lo hace para liberar al pueblo o para su lucro personal –o ambas cosas a la vez–. Estamos pues ante una película extremadamente sucia y violenta, donde las escenas de acción terminan casi siempre con decenas de cadáveres esparcidos por doquier y la tortura y el sadismo están a la orden del día –imposible olvidar la primera escena en que Django utiliza la ametralladora contra los hombres del Coronel Jackson–. También Luis Bacalov está especialmente inspirado, componiendo una banda sonora que es todo un espectáculo, ya no solo por la mencionada canción principal sino también por todos los temas instrumentales que contiene la película. Por supuesto, la cosa generó secuelas no oficiales y hasta se llegaron a titular muchas películas con el añadido de “Django” sin que el personaje original tuviera nada que ver con las mismas. Pocas se salvan de la quema, acaso Django el bastardo (de Sergio Garrone y con Anthony Steffen como protagonista) y El clan de los ahorcados (que aparece en las últimas posiciones de este ranking). En definitiva, Corbucci realizó una película muy notable y a su vez contribuyó a crear una linea paralela dentro del spaghetti western –la de los ángeles vengadores– que terminó de definir, dar personalidad y distanciar el género de su origen, el western americano (y que a su vez influenció de manera notable a este cuando se encontraba en franca decadencia). Buenos ejemplos de ello serían las magnificas Infierno de cobardes o El fuera de la ley de Clint Eastwood.

04. EL DÍA DE LA IRA (I giorni dell’ira, 1967). Italia y República Federal Alemana

D: Tonino Valerii  I: Lee Van Cleef, Giuliano Gemma, Walter Rilla

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Tonino Valerii es otro de los grandes nombres de esta lista. Firmó cinco spaghetti westerns como director y –con sus más y sus menos– ninguno tiene desperdicio (verán que otras de sus películas aparecen en esta lista). Dirigió a James Coburn en Una razón para vivir y una para morir (uno de los pocos westerns interesantes con Bud Spencer), incluso a Henry Fonda en Mi nombre es Ninguno (uno de los pocos westerns interesantes con Terence Hill). Pero es que además de todo esto, fue ayudante de dirección de Sergio Leone en Por un puñado de dólares y La muerte tenia un precio (de la primera también guionista y dialoguista). Tuvo por lo tanto un buen maestro y lo supo aprovechar. El día de la ira es un spaghetti western de los más clásicos, tanto por su estructura como por la formalidad de su presentación. Los créditos de inicio –tan estridentes y coloridos que nos recuerdan a los de la trilogía del dólar de su mentor–, la manera de presentar a los personajes –esa llegada de Lee Van Cleef al pueblo, narrada como solo él se merece– o la notable música de Riz Ortolani con esas trompetas desatadas “a lo Morricone” (seguro que la han escuchado en el Django desencadenado de Tarantino), nos llevan directamente a la esencia inicial del subgénero, ya con algunos rasgos peculiares de lo que vendría poco tiempo después, pero todavía muy contenidos por la forma. En El día de la ira asistimos a la habitual historia de mentor y alumno. Giuliano Gemma es Scott, un joven basurero al que todos en el pueblo hacen bulling (pero a saco, no se crean) y Lee Van Cleef es Frank Talby, un forajido con malas pulgas que le toma cierto aprecio. Tras una serie de rifirafes le acepta como pupilo y gracias a sus lecciones le convierte en un señor hecho y derecho capaz de hacerse valer por si mismo –tal vez demasiado–. “Ahora la ciudad es nuestra” le dice Frank Talby a Scott en un determinado momento, y a fe de Dios que lo es, pues Talby no se anda con chiquitas a la hora de meter al chaval en sus oscuros asuntos. Como siempre, la cosa se irá complicando y derivará en los esperados derroteros de violencia con fetichismo de armas incluido (los revólveres tienen historia). La relación de respeto mutuo entre ambos y la maduración de Gemma como persona son algunos de los puntos fuertes de la cinta, así como determinados giros en la trama. Hay escenas para el recuerdo, como ese duelo memorable con rifle que protagoniza Lee Van Cleef a caballo y que sirve para mostrarnos que es un ser astuto y cargado de trucos; la clásica secuencia en el poblado mexicano –donde Talby le salva la vida a Scott agachándose para disparar entre sus piernas– o la escena final con un Giuliano Gemma en estado de gracia recitando las lecciones aprendidas de su maestro y cargando contra todo lo que se menea. Sin ser un Spaghetti político, como La muerte de un presidente, el director aprovecha para cargar contra una sociedad corrupta basada en la ley del más fuerte y donde la presencia femenina es muy escasa o meramente testimonial. El día de la ira es de mis spaghetti westerns favoritos, de hecho, es de mis westerns –a secas– favoritos.

03. SALARIO PARA MATAR (Il mercenario, 1968). Italia y España

D: Sergio Corbucci  I: Franco Nero, Jack Palance, Tony Musante

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De los tres spaghetti westerns –¿o deberiamos decir Zapata westerns?– que dedicó Corbucci a la revolución mexicana, este es con el que más disfruto. Es cierto que Vamos a matar… compañeros! es mucho más completa y comprometida, pero Salario para matar me gusta más (sobre la tercera, Que nos importa la revolución, voy a pasar de puntillas, pues me parece directamente fallida). Pese a tener ciertos elementos de farsa y de sátira, Salario para matar no es todavía una comedia declarada (como las otras dos) y contiene muchos ingredientes que la hacen especial. Para empezar, Franco Nero, alias el Polaco, de nombre real Sergei Kowalski. Es el mercenario del título, un forastero en la revolución mexicana que vende su habilidad y experiencia bélica al mejor postor y que no puede evitar ser confundido por un gringo (como su mote indica, en realidad es polaco). Kowalski es un tipo calculador sin demasiados principios, más culto que la mayoría de los que le rodean y un cínico de tomo y lomo. Para él, la revolución no parece ser más que una excusa para llevarse unos dólares al bolsillo sin perder la sonrisa. “La única parte de la que estoy siempre es de la mía”, dice en un determinado momento. Nero, uno de los grandes del spaghetti western –y por consiguiente, uno de los nombres que más se repiten en esta lista– borda un papel que parece estar hecho a su medida. El contrapunto lo marca Tony Musante encarnando a Paco Román, un bandido mexicano que evolucionará hasta convertirse en guerrillero revolucionario. Es un tipo violento y arrojado pero muy inocente, un analfabeto por culpa de las circunstancias y un superviviente nato. “Matar a los patronos y robarles el dinero, no me gustan los discursos largos” asegura en un brillante resumen de su persona. Musante comparte protagonismo con Nero pero siempre un escalón o dos por debajo de él; sin embargo, sabe adueñarse de la pantalla cuando la ocasión lo requiere y es el personaje que más crece en toda la historia. Su maduración personal y política está muy bien reflejada en la excelente escena del tribunal revolucionario y es uno de los puntos fuertes de la película. En este crecimiento personal, acelerado por las muestras de cariño que recibe de los pueblos “liberados”, influye de manera decisiva Columba, interpretada por Giovanna Ralli. Es una mujer del pueblo que no duda en pasarse a las filas de la revolución y que recrimina continuamente a Paco convirtiéndose en poco menos que su voz de la conciencia. Por último está el malo, Jack Palance es “Ricitos”, un asesino despiadado que no dudará en ponerse del bando gubernamental para cazar a los revolucionarios, algo que se toma como algo personal desde el principio. Aparece más bien poco, pero así y todo construye uno de los villanos más odiados de la historia del spaghetti western. Ahí es nada. Choca un poco, sobre todo por la época, que sea claramente homosexual, algo que ni los cortes de censura española consiguen esconder (por cierto, ni se acerquen al vergonzante DVD que editó Suevia, lleno de cortes y con un sonido pésimo). Ruidosa como ella sola, con grandes escenas de acción y un magnifico diseño de producción, con buenos diálogos y uno de los mejores duelos finales –homenaje a Leone– que he visto en un spaghetti western (imposible olvidar el clavel blanco en la solapa de Palance), Salario para matar se sitúa entre las primeras de este ranking por derecho propio. Y esperen, porque todavía hay dos finales más. O un final con muchos epílogos; todos excelentes y que nos servirán para dejar bien cerradas las tramas, pero también para vislumbrar un resquicio de esperanza revolucionaria en el cínico Polaco. ¿Y la música? Pues Ennio Morricone en grado superlativo. No se puede pedir más.

02. EL HALCÓN Y LA PRESA (La resa dei conti, 1966). Italia y España

D: Sergio Sollima  I: Lee Van Cleef, Tomas Milian, Walter Barnes

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Jonathan Corbett (Lee Van Cleef) es un cazarrecompensas que no cobra un solo dólar por su trabajo. Fíjense si es buena persona que todo lo hace por el bien de Texas. No sé que debe pasar por la cabeza de un señor así, pero por si acaso no me acercaría demasiado. Sea como sea, el tipo está bien visto en el salvaje oeste y se codea con la flor y nata de la sociedad. Es un valor en alza. No es extraño pues que las fuerzas vivas pretendan comprarlo y meterlo en política. Y en esas aparece el simpático Brokston (Walter Barnes) y le propone una fulgurante carrera hacia el senado a cambio de apoyo público. Brokston traerá el ferrocarril a Texas y se ganará unos millones y Corbett verá como llega el progreso a su tierra a la vez que se sienta en el senado. Pinta bien, pero no cuela. No me digan que no ven que hay algo que huele mal en todo esto. Por si fuera poco todavía hay un pequeño problemilla llamado Cuchillo (Tomas Milian) al que hay que quitar de en medio. Cuchillo es un mexicano acusado de haber violado a una menor al que no consiguen atrapar, un ultimo trabajo para la leyenda Jonathan Corbett antes de su dulce retiro político. Al igual habría película si todo fuera tan sencillo como suena y por descontado todo estalla a la mínima de cambio. Sergio Sollima es conocido por un poliziesco inolvidable (Revolver, 1973) y otro menor pero muy entretenido (Ciudad violenta, 1970). También es el responsable de la mítica serie Sandokan. Pero en el spaghetti western es donde alcanzó el cielo cinematográfico. Cara a cara (que también aparece en este ranking) y Corre, cuchillo, corre (continuación de esta que nos ocupa) son sus otras dos aportaciones al género. Con El halcón y la presa estamos ante un italowestern de la primera hornada, uno de los clásicos en todos los aspectos. Formal a nivel narrativo y fotográfico, cosa que le acerca al western americano, y loco en cuanto a personajes como Cuchillo o el Baron von Schulenberg (Gérard Herter), cosa que lo sitúa claramente en el terreno del spaghetti. Aquí la cosa va de invertir los valores, de acercarse a Cuchillo y su desencanto y de poner a cada cual en su sitio. El halcón y la presa es un canto hacia los parias de la tierra, una mirada cómplice hacia los humillados y un despertar a la conciencia ejemplificado en la figura de Lee Van Cleef. Es también una gran película de persecución, de caza del hombre y de supervivencia. “A ti te debió parir tu madre corriendo” le suelta Corbett a Cuchillo en un momento de pausa. Y es que Tomas Milian está desatado, si, pero está perfecto en su papel. Este tipo loco nació para ser Cuchillo (no me extraña que el propio Sollima se viera obligado a rodar una continuación). Todo en esta película me parece excelente, desde la introducción con Lee Van Cleef y los tres malandros en el bosque, con ese juego letal de las tres balas sobre el tronco, hasta el inmejorable triple duelo final que se estira en el tiempo gracias a la magnifica banda sonora de Ennio Morricone (y gracias a que Leone había marcado perfectamente el camino). Otro de los aciertos es la relación entre los dos protagonistas y la paulatina conversión de Corbett (Van Cleef) por obra de Cuchillo y los hechos de los que es testigo (incluyendo una bonita escena en un monasterio fronterizo con una lección de un ex-pistolero metido a cura incluida). El halcón y la presa es una película de frontera con toques políticos, Cuchillo ha hecho la revolución para ver que todo continua igual. Cuando Corbett le intenta convencer de acatar la ley le contesta “Solo conozco una ley, esa que dice que el mundo está dividido en dos bandos, los que huyen y los que persiguen. También en mi pueblo existía esa ley, luego vino la revolución y con ella un tal Juárez y su ley decía que por fin nosotros, los que huíamos, podíamos pararnos y descansar un poco sin miedo. Pero luego cambió todo otra vez y volvimos al principio”. Ahí está el desencanto de un desarrapado con ideales que sin embargo continua siendo un anarquista –esa escena en la que se come las hostias de misa no está puesta por casualidad– y un humilde soñador –quiere llevar a su bella novia Rosita (María Granada) a ver el mar–. Fernando Sancho –no podía olvidarme de él– borda el papel de militar mexicano que está de vuelta de todo. Para él gringos y revolucionarios se pueden matar entre ellos mientras no molesten: “Haga lo que quiera, muera quien muera no pienso llevar luto”. También la almeriense Nieves Navarro construye una viuda negra agresiva y sexual –“¡llámame señora!”– en la secuencia del rancho donde se refugia Cuchillo para terminar torturado a latigazos. Tremendo. Podría estar horas y horas hablando de esta película y de su estupenda continuación, ¡Corre, Cuchillo… corre! (Corri uomo corri, Sergio Sollima, 1968), también con Tomas Milian y ya sin Lee Van Cleef. Personajes robustos, buena construcción narrativa, un guión excelente, toques bizarros, escenas para el recuerdo, un final antológico… No en vano se lleva este magnifico segundo puesto.

01. EL GRAN SILENCIO (Il grande Silenzio, 1968). Italia y Francia

D: Sergio Corbucci  I: Jean-Louis Trintignant, Klaus Kinski, Frank Wolff

silenzio

Y el primer puesto es para Sergio Corbucci (como no podia ser de otro modo). Es el único director capaz de morderle un poco la suela a Sergio Leone. Dejando de lado la trilogía del dólar y Hasta que llegó su hora, El Gran Silencio es uno de los mejores spaghetti westerns que he visto nunca. También es uno de los más atípicos. Para empezar es un western nevado, pero nevado como pocos. Olvídense de los exteriores cálidos y amarillentos del salvaje oeste, aquí solo van a ver nieve. Nieve en grandes cantidades. Hasta se les va a congelar el alma, a ustedes y a los personajes. Por si quieren más desolación, el protagonista es mudo –por algo se llama Silencio–. El gran Silencio. Jean-Louis Trintignant no habla en toda la película por culpa de su pasado –dicen las malas lenguas que también por culpa de no saber pronunciar demasiado bien el italiano–. El pasado siempre es injusto y esta es una gran película sobre la injusticia. De hecho, hasta la película es injusta. Si han visto el final lo entenderán. ¡Que final! Pero no se queden solo con eso, prepárense para sufrir a lo largo de una hora y cuarenta minutos viendo a los protagonistas convertidos en almas en pena. Meras siluetas recortadas sobre un infierno blanco y frío. Incluso los interiores son fríos en ese pueblo olvidado en las montañas, violento y alejado de la ley. Por otro lado y para no faltar a la verdad, les diré que la fotografía no es buena: muchos planos están rascados de foco y hay algunos zooms de más, pero eso le da una atmósfera bien especial –no es coña–. Aunque transmita cierta improvisación, la cámara sabe a donde va, como esos planos en los que vemos a los personajes a través de las ventanas con los cristales prácticamente cubiertos por la nieve. Pura poesía, o si prefieren, tremenda desesperanza. También los flashbacks tienen su acierto –no olvidemos que este western cuasi crepuscular también nos habla del pasado–. Resulta que en el pasado no nieva: el pasado es un western de los de toda la vida. Al final ya no sabemos si ese presente silencioso, violento y nevado al cual asistimos como meros espectadores existe, o si tan solo es una ilusión fantasmal, un purgatorio dejado de la mano de Dios y una despedida en clave pesimista del viejo y salvaje oeste. La elección de Trintignant no podia ser más acertada. Ese tipo inspira compasión. ¿Y que les voy a decir del perro rabioso de Kinski? No se puede ser más cabrón. Kinski está enorme, como nunca, y muy contenido para ser quién es. Eso todavía da más miedo. Y por último la música: es un regalo de Morricone –como tampoco podía ser de otro modo– y es tan bonita que hasta duele. Está hecha para esta película y para ninguna otra. Sin embargo, estoy seguro que también la podremos escuchar en The Hateful Eight, la nueva de Tarantino. Pero creo que todos estamos de acuerdo en que él puede. Si solo quieren ver un spaghetti western que no sea de Sergio Leone en su vida, que sea este.

Dani Morell

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