Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (02)

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17. UNA RAZON PARA VIVIR Y UNA PARA MORIR (Una ragione per vivere e una per morire, 1972). España, Italia, Francia y República Federal Alemana.

D: Tonino Valerii  I: James Coburn, Telly Savalas, Bud Spencer

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Me resistí hasta el final a incluir esta película en el ranking por no considerarla exactamente un spaghetti western –al menos no uno al uso–, pero tras un visionado de repaso me he rendido a sus mieles. Una razón para vivir y una para morir es una coproducción internacional a cuatro bandas (España, Italia, Francia y la República Federal Alemana) que tiene más de película bélica de aventuras que de western –aunque se camufle perfectamente como tal–. Tonino Valerii, un director con muchas tablas que cuenta con un par de títulos inolvidables del SW que también aparecen en esta lista (La muerte de un presidente y El día de la ira), dirige una epopeya de condenados a muerte que bebe directamente y sin esconderse de clásicos del cine bélico como Doce del patíbulo y Los cañones de Navarone. La cosa va de la guerra de secesión americana, de un general degradado llamado Pembroke (enorme James Coburn) y de un atajo de ladrones y asesinos condenados a muerte (entre los cuales está Bud Spencer) que le siguen en una misión suicida a cambio de ver conmutada su pena. La operación consiste en atacar el fuerte de Santa Fe, enclave estratégico conquistado por el bando confederado, y recuperarlo para la Unión. Ocho contra cien, más o menos, y con Telly Savallas dirigiendo el cotarro, ni más ni menos. La fortaleza inexpugnable, más propia de películas como la ya mencionada Doce del patíbulo o El desafío de las águilas, es una suerte de castillo gigantesco lleno de medidas de seguridad –que incluye una anacrónica alarma de alerta– en el que en cualquier momento esperas ver aparecer a un general de la Wehrmacht. Como no podía ser de otro modo, la cosa se salda con una espectacular escena de acción de más de veinte minutos de duración en la que se cuentan con todo lujo de detalles tanto la peliaguda incursión como la inevitable batalla final. Pero hasta ese momento no se dispara ni una bala en toda la película. Ni una. Durante una hora y media solo asistiremos a la presentación de los personajes –muy trabajados los protagonistas, bastante menos los más secundarios– y la escalada de tensión inevitable en un grupo tan heterogéneo y dado al lucro y la salida personal como este. El coronel Pembroke (James Coburn) encontrará en el ladrón simpático Eli Sampson (Bud Spencer) el mayor aliado para contener al volátil grupo y a su vez a un enorme bufón –por suerte mucho más contenido que en otras películas en el aspecto humorístico–. Evidentemente, Pembroke se mueve por motivos personales, pero eso no lo descubriremos hasta bien entrada la trama. Rodada con un estilo muy formal, habitual en los spaghetti westerns de Valerii, Una razón para vivir y una para morir es una película que avanza sin prisas pero que mantiene en todo momento la atención del espectador, que encontrará en la misma una gran aventura clásica con aspecto de western y alma de cine bélico. Convendrán conmigo en que para esto de la explotación, los italianos eran únicos.

16. BUEN FUNERAL, AMIGOS, PAGA SARTANA (Buon funerale amigos!… paga Sartana, 1970). Italia y España.

D: Giuliano Carnimeo  I: Gianni Garko, Daniela Giordano, Ivano Staccioli

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Sartana es mi preferido de todos los ángeles de la muerte que surgieron a raíz del éxito de Django. Buena parte de la culpa la tiene el actor Gianni Garko, que no solo le dió vida en cuatro de sus entregas sino que se encariñó y cuidó del personaje aportando varias ideas al proyecto. Este tipo de pistoleros solitarios e infalibles, envueltos en un halo misterioso, coparon el genero durante algún tiempo y cosecharon grandes éxitos con películas que no buscaban otra cosa que el entretenimiento puro y duro. Si con Django es harto difícil seguir la pista a sus continuaciones y derivados con Sartana lo tenemos mucho más fácil. Esta vendría a ser la tercera de la saga “oficial” y también la más redonda, solo medio punto por delante de la primera (Si te encuentras con Sartana reza por tu muerte, Gianfranco Parolini, 1968). La segunda y la quinta (Yo soy vuestro verdugo y Llega Sartana) son bastante inferiores pero una vez le has pillado gusto al personaje se dejan ver con indulgencia. Sobre la cuarta –una comedia que ni siquiera protagoniza Gianni Garko– mejor correr un tupido velo. Sartana es un tipo elegante que viste de negro y lleva corbata roja, a veces hasta se pone una capa como la de Drácula. Llega a los sitios, ayuda a los débiles –a su manera– y se va. Nadie sabe muy bien el porqué. Sus pocos principios incluyen quemar el dinero sucio –como vemos durante los créditos– y machacar a los malos. También es un cínico de cuidado. En Buen funeral, amigos, paga Sartana se mete en un berenjenal sobre unas tierras supuestamente repletas de oro que implica a corruptos ciudadanos de pro y a la heredera de las mismas. Primero una escena de acción trepidante y después los créditos iniciales, como si fuera una película de James Bond. De hecho, la saga no esconde que bebe de esta y de otras fórmulas parecidas y a medida que avanza (recordemos que hablamos de la tercera) se acentuó esa premisa. Por consiguiente, en Buen funeral, amigos… hay un gran despliegue de gadgets y trucos por parte de Garko –dinamita falsa, cartas afiladas como cuchillas y la clásica pistola en miniatura que le caracteriza–. Hasta el villano de turno utiliza originales y letales artilugios que no contaré para no estropear las escenas en cuestión. El salvaje oeste de Sartana es cochambroso por culpa del presupuesto –más reducido si cabe que en la primera entrega, que además contaba con Klaus Kinski y Fernando Sancho– pero la cosa se solventa con un ritmo acelerado y ríos de plomo y simpatía. También ayuda –y mucho– la pegadiza banda sonora de Bruno Nicolai. Para que se hagan una idea: las escenas de acción están más trabajadas que las de diálogo y sin embargo todo se aguanta sin apenas chirriar. Eso si, prepárense para el carrusel de zooms y la cámara a mano a mansalva. También veremos algo de comedia pero es bastante soportable y está bien integrada en la trama –con semejantes premisas tampoco es una película que se tome demasiado en serio a ella misma–. Tenemos a un chino y su secuaz que se meten en el ajo desde el casino que regentan, unas bonitas traiciones en la alta sociedad, un sepulturero viejales con mucha guasa, sorprendentes truquitos de listillo y modestas pero entrañables escenas de acción (con pelea de saloon que no viene muy a cuento incluida). Mi escena favorita es la persecución al carro de los ataúdes, muy resolutiva. No se pierdan tampoco la escena nocturna en la que Sartana acosa a uno de los malos apareciendo y desapareciendo como por arte de magia hasta acorralarle en el campanario de la iglesia… ¡Hasta llega a tocar el órgano para infundir temor sobre el susodicho! Cine popular del de toda la vida, muy visual y muy superior a sus derivados. Sartana surgió por casualidad y eso se nota, tiene una frescura y un desparpajo que otras propuestas posteriores y más elaboradas no consiguen (estoy pensando en la sobrevalorada Sabata de Gianfranco Parolini, con Lee Van Cleef). Si se encariñan de Sartana primero rueguen por su muerte y después vean también Baño de sangre al salir el sol, de Alberto Cardone, no forma parte de la saga oficial pero ahí nació el personaje con Gianni Garko y la película no está nada mal.

15. Y DIOS DIJO A CAÍN (E Dio disse a Caino…, 1970). Italia y República Federal Alemana

D: Antonio Margheriti  I: Klaus Kinski, Peter Carsten, Marcella Michelangeli

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Klaus Kinski aparece unas cuantas veces en este ranking por méritos propios dentro del género, pero solo en esta ocasión es el protagonista absoluto. Kinski era un señor antipático que tenia un rostro muy peculiar y una mirada complicada –dejémoslo ahí– y por eso no me puedo imaginar a otro en su papel. Muchos westerns europeos nos hablan sobre la venganza (casi todos), pero ninguno como este. Este la lleva hasta en el título. Aquí vamos a ver un ajuste de cuentas casi bíblico, de esos que surgen directamente del Antiguo Testamento. Gary Hamilton queda en libertad durante los créditos iniciales de la película, ha cumplido muchos años de trabajos forzados y por fin es un hombre libre. ¿Pero, quién diablos es este tipo? Pues yo que sé, pero viste camiseta roja y está furioso. Además, lo suyo no es una cosa improvisada pues ha tenido muchísimos años para cocinar el plato y dejarlo enfriar. Los que le traicionaron en el pasado, capitaneados por un tal Acombar (Peter Carsten), son ahora gente respetable, las fuerzas vivas de una pequeña localidad que no tardará en conocerle. Pero solo durante una noche. La vendetta llegará con la oscuridad y lo hará acompañada de un furibundo tornado como ruido de fondo. Las fuerzas de la naturaleza aliadas con Klaus. ¿No es como para ponerse a temblar? La única alternativa de sus enemigos será encerrarse en sus guaridas y morir uno a uno a medida que avance la noche. La propuesta cuenta con muchos aciertos, entre ellos la atmósfera de película de terror. Y eso se consigue gracias a la oscuridad, al tornado persistente, la música o las campanadas que acompañan cada estallido de violencia. La escena final con los espejos (un evidente homenaje a La dama de Shangai de Orson Welles) o la ya comentada elección del actor principal, también son claves. Por contra, no voy a negar que adolece de algunos problemillas perdonables. Estos serian un bajísimo presupuesto (que clama al cielo) y un trabajo de fotografía bastante cuestionable (sobre todo en el pobre manejo de la cámara al hombro). Antonio Margheriti, todo un barón del cine italiano de serie B, Z y ultra Z, firma este curioso título que a todas luces debía contar con su rinconcito de honor en esta lista. Se queda fuera de la misma Joko, invoca a Dios y muere (también de Margheriti), otro remarcable western de venganzas casi sobrenatural pero más contenido y con un protagonista soso (Richard Harrison). Y Dios dijo a Caín me gusta mucho más. Por bizarro y por oscuro, pero también por entretenido.

14. EL PRECIO DE UN HOMBRE (The Bounty Killer, 1967). Italia y España

D: Eugenio Martin  I: Tomas Milian, Richard Wyler, Mario Brega

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Luke Chilson (Richard Wayler) es un cazador de recompensas que quiere vivo o muerto al forajido José Gómez (Tomas Milian). Sin embargo este cuenta con la protección y simpatía del pueblo que lo vio nacer. Sobre todo de su novia Eden (Halina Zalewska), que le llega a ayudar a huir de la justicia proporcionándole un revólver. Tras una violenta fuga se dirige a su pueblo acompañado por su banda, donde poco a poco los engañados vecinos irán descubriendo –con varias humillaciones incluidas– su verdadera personalidad y el error que han cometido en darle cobijo. La película cuenta con una correcta media hora inicial de planteamiento y presentación de personajes y estalla cuando llega al punto de inflexión (la entrada al pueblo del bandido). Ahí empieza el meollo y lo verdaderamente interesante de la cinta, que a partir de ese momento se convertirá en una historia de personajes atrincherados un espacio cerrado. La propuesta adapta The Bounty Killer, una novela del escritor estadounidense Marvin H. Albert (responsable de la novela en que se basó la interesante Desafío en la ciudad muerta de John Sturges) y en unos tiempos en los que lo normal era virar hacia el mensaje revolucionario e invertir las tornas entre perseguidor y perseguido (solo hay que ver las enormes El Halcón y la presa, Yo soy la revolución o Cara a cara) muchos acusaron a esta película de reaccionaria por presentar al “débil” como el malo –malísimo– de la función y al cazarecompensas gringo como al héroe indiscutible. Pero ahí radica parte de su gracia y la cosa provoca un cierto sentimiento de sorpresa en el espectador acostumbrado a los derroteros por los que transita habitualmente el spaghetti western. Sin embargo, en esta película no hay nada que no esperemos encontrar en una cinta de este género. No destaca por su originalidad ni por su extravagancia, ni siquiera suele aparecer en las clásicas listas y rankings de este tipo, pero es sólida como ella sola y una buena muestra de lo que fueron estas películas en general. Además cuenta con interpretaciones que van de lo correcto a lo notable (Tomas Milian inauditamente contenido), la briosa dirección de Eugenio Martin (responsable de esa pequeña joya del terror con Peter Cushing y Christopher Lee que es Panico en el Transiberiano), una música resultona “a lo Morricone” que debemos agradecer a Stelvio Cipriani y un diseño de producción más que trabajado: la minúscula aldea en la que sucede toda la acción, en pleno desierto de Almería, es preciosa en su sencillez y esos tonos entre marrones y ocres del paisaje se funden con las vestimentas de los personajes, de colores muy similares. Cuando las cosas están trabajadas se nota, y mucho. El precio de un hombre es una obra pequeña, encerrada en si misma, casi con una única localización, pero que sabe aprovechar al máximo de lo que dispone sin estridencias, de manera sobria y que se toma en serio a si misma y al espectador. ¡Y cómo muere Tomas Milian al final! A eso se le llama “morder el polvo” (disculpen el spoiler pero la cosa está cantada desde el minuto uno). Como sucede casi siempre, menos es más.

13. LA MUERTE DE UN PRESIDENTE (Il prezzo del potere, 1969). Italia y España

D: Tonino Valerii  I: Giuliano Gemma, Warren Vanders, María Cuadra

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La muerte de un presidente es una buena muestra de spaghetti western político, sin llegar a ser tan abiertamente revolucionaria como las superiores Cara a Cara o Yo soy la revolución (que también aparecerán en esta lista). Rodada en aquel inflamado 1968, la película nos cuenta una historia de conspiración política en una Dallas de posguerra en la que todavía campan a sus anchas elementos vinculados a la ideología sudista que no se quieren dar por vencidos. En medio de tamaño percal nos encontramos a Bill Willer (Giuliano Gemma), un joven que combatió en el bando nordista pero terminó con sus huesos en la cárcel por traición (evidentemente lo hizo por un motivo justo que descubriremos durante la película). Se plantea por lo tanto el clásico enfrentamiento entre ricos y poderosos contra humildes y humillados, y en ambos bandos de los que combatieron durante la Guerra Civil Americana encontramos personajes justos y honorables y ratas de la peor calaña. Estamos ante un spaghetti rodado de forma muy formal y clásica pero que a su vez habla de temas muy poco tratados en este género –o por lo menos, poco tratados de manera tan seria–. El debate sobre el racismo, la critica hacia la corrupción política, la lucha por la igualdad de derechos y un ataque furioso al abuso de poder caracterizan esta película repleta de personajes robustos, buenas actuaciones y evidente buen hacer –no en vano su realizador es Tonino Valerii, responsable de alguno de las mejores aportaciones al género–. No solo encontramos a Giuliano Gemma en uno de sus mejores papeles protagonistas, sino que podremos disfrutar de un Fernando Rey en plena forma (interpretando a un repulsivo banquero racista) y admirar la profesionalidad de un buen puñado de los nunca suficientemente reivindicados secundarios de la época dorada como Frank Braña, Antonio Casas, José Calvo o José Suarez. La película tiene villanos para dar y tomar, desde el estamento político hasta el armado, desde las posiciones más moderadas y sibilinas hasta las más apasionadas y rudas, y todas ellas conformando una especie de contrapoder en la sombra dispuesto a traicionarse a la mínima muestra de debilidad o disensión. Aquí participa desde la banca, hasta la policía y la prensa, pasando por los políticos de turno apoyados por una parte de la sociedad. Valerii utiliza el pretexto de la Guerra Civil Americana para hablarnos del choque de clases, ya que en el fondo, más allá de la palabrería que esgrimen los artífices del complot, la cosa va de callar a un presidente que se adivina demasiado progresista. Cuando este es preguntado sobre como piensa financiar sus programas de desarrollo responde “Del bolsillo de los ricos. Más impuestos y menos privilegios”. El paralelismo con el asesinato de John Fitgerald Kennedy –ocurrido tan solo cinco años antes del rodaje de la película– y lo que significó para una sociedad ávida de avances sociales, es más que evidente. El hecho de que la acción se situe en Dallas, e incluso la forma en que se ejecuta el magnicidio –francotiradores le disparan a la cabeza cuando el presidente viaja en carro ante el pueblo– nos llevan directamente a los hechos de 1963. Se acusa a un inocente, se analiza el ángulo del disparo, se habla de la imposibilidad de que haya participado un solo francotirador…etc. Un western sobre terrorismo de estado que en un primer momento puede sorprender, aunque no hay que olvidar que muchos de los grandes realizadores del SW que desfilan por este ranking (Damiano Damiani, Sergio Sollima o el propio Valerii) ya transitaban por esos discursos combativos en otro tipo de cine más social. Por último no quiero dejar de mencionar la banda sonora de Luis Bacalov que es sobria y discreta pero muy bella. Una película injustamente olvidada.

12. ORO MALDITO (Se sei vivo spara, 1967). Italia y España

D: Giulio Questi  I: Tomas Milian, Marilù Tolo, Piero Lulli

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O la amas o la odias. O la tomas o la dejas. Todo en este spaghetti western es muy extraño, empezando por la secuencia de los títulos de crédito. En la misma vemos la “resurrección” del protagonista, saliendo de la tierra como si fuera un zombi. Primero una mano, luego el brazo y al final Tomas Milian entero. Él es el unico superviviente de una traición superlativa. Y todo eso lo descubriremos poco después, en unos extraños flashbacks a pleno sol. Deberá recuperar el oro, vengar la traición y poco más, pero todo ello lo tendrá que hacer en un pueblo lleno de maldad y odio. Los villanos que se han agenciado el botín llegan al pueblo y son linchados de lo lindo. Los cuelgan a todos menos al jefe, que termina muerto a balazos por un Tomas Milian ya recuperado. ¿Recuperado por quién? Pues por un par de indios surrealistas que lo han curado para acceder a conocimientos sobre la muerte que creen que Milian les puede conceder tras haber “resucitado”. Total, que deciden fundir algo de oro y regalarle unas cuantas balas vengadoras. Aunque lo parezca no les he hecho ningún spoiler, porque todo esto sucede al principio. Luego la cosa va de dos tipos del pueblo (supuestos ciudadanos respetables) que se agenciaron el oro por la cara mientras los demás colgaban a los bandidos. Menuda carrera de ratas. Que cosa más extraña todo, empezando por los indios y su filosofía patatera y terminando por las escenas gore y la ultraviolencia. Por favor, no se queden con la versión censurada, es obligatorio ver la versión integra para apreciar como es debido esta pequeña joya bizarra. Vean como las gentes del pueblo deciden sacarle las balas del cuerpo al bandido agonizante al enterarse que son de oro; vean como esas mismas gentes le arrancan la cabellera a un indio por placer y venganza; vean la masacre en todo su esplendor. La gente es mala por definición en este western de Giulio Questi (medianamente conocido por La morte ha fatto l’uovo, otra bizarrada italiana de finales de los 60). No se pierdan la insólita escena surrealista de llegada al pueblo, con enanos, niños terroríficos, gente grotesca y miradas suspicaces contra Milian. En esta película hay de todo y nada es corriente. Increíblemente Tomas Milian esta mas contenido que nunca –tal vez la situación le supera–, y no es para menos, pues a parte de lidiar con un pueblo de arrastrados tendrá un romance con una señora loca que vive encerrada por su hermano en una habitación de gruesas rejas. Pero tampoco esta tan loca, es que su hermano es un cabrón (aparte de ser uno de los dos ciudadanos de bien que han escondido el oro). Y también esta Sancho Gracia, en su papel habitual de bandido/terrateniente mexicano con jóvenes secuaces uniformados con camisas negras (que por supuesto también se apuntan a buscar el oro). También sale un chico un tanto psicópata –el hijo del otro ciudadano amigo de lo ajeno– que terminará violado por los de las camisas negras. No sé si habrán entendido algo de lo que les acabo de contar –tampoco yo se si entendí del todo esta película–, pero es tan diferente que me encanta. Las escenas de acción son furiosas pero a la vez adolecen de una cierta falta de ritmo, no por culpa del montaje –que también es bien raro– sino por un leve encarcaramiento de los personajes que no sé muy bien como explicar. Pero eso todavía lo hace todo más singular. Además, Milian viste exactamente igual que Han Solo, en lo que algunos han querido ver un homenaje de Lucas a los spaghetti westerns. Yo que sé. ¿Les había dicho que explota un caballo? Pues eso, que explota un caballo. Muy, muy peculiar.

11. DE HOMBRE A HOMBRE (Da uomo a uomo, 1968). Italia

D: Giulio Petroni  I: Lee Van Cleef, John Phillip Law, Mario Brega

dehombreahombreDe hombre a hombre tiene una factura estupenda y eso salta a la vista desde el minuto uno. El nivel de producción es altísimo, un pequeño regalo para los cansados ojos del fanático del spaghetti western, acostumbrados –para que nos vamos a engañar a estas alturas– a una cierta dosis inevitable de cochambre. La fotografía es excelente –hasta los zooms están milimetrados–, los decorados y escenarios naturales están muy cuidados (aunque se reconoce el tantas veces reciclado poblado mexicano de El precio de un hombre) y el casting también sale con buena nota. Además, la historia es cosa seria y se sigue con interés pese a no ser el colmo de la originalidad. Como guinda al pastel, la música es del maestro Ennio Morricone. No se puede pedir mucho más. De hombre a hombre nos habla de una venganza doble, la de John Phillip Law y la de Lee Van Cleef, contra una banda de furiosos forajidos que, como suele ser habitual en este tipo de películas, se han convertido en ciudadanos ejemplares que esconden un turbio pasado. A Bill Meceita (John Phillip Law) le mataron a toda la familia cuando era solo un crío y a Ryan (Lee Van Cleef) le traicionaron por el vil metal y se pasó quince años a la sombra. Los dos vengadores son muy duros, muy fríos y tienen la cara muy rara, hasta el punto de que en un determinado momento, un tipo se lamenta de los estropicios causados por Van Cleef con la frase “esa cara no podía traernos más que disgustos” (muy grande). Pese a que por momentos se utiliza el recurso maestro/mentor –con algunas lecciones que Van Cleef imparte sin que Law se las haya pedido–, jamás se llegan a llevar del todo bien pese a los evidentes lazos que forjan, y cada cual tirará un poco por su lado. En definitiva, Van Cleef los conoce perfectamente y solo quiere dinero a modo de compensación y Law tiene un sistema infalible para detectar y eliminar a los malos: de pequeño fue testigo del asalto a su familia y memorizó algunos detalles clave de los encapuchados (tatuajes, colgantes, pendientes y cicatrices) –espectacular escena durante los créditos iniciales–. Por si esto ultimo no nos queda claro del todo, cada escena de reconocimiento viene acompañada por un flashback virado al rojo al más puro estilo Hitchcock. Hay otros recursos interesantes, como el vendaval que acompaña a los protagonistas en la confrontación final, la manera furiosa como se muestran las escenas de acción –con un Van Cleef en plena forma superando constantemente a Law– y los largos y planificados travellings, más propios del western americano que del itálico. Si hay que decir algo malo –que siempre hay que decirlo–, tal vez la cosa flojee un poco durante la parte central y algunas de las decisiones de los protagonistas y los secundarios no queden del todo claras. Pero eso no influye en demasía en el balance final. Este spaghetti es el que hacen frontera en este ranking, ya entra en la liga de los grandes pero no llega a las cotas máximas de los que vienen a continuación…

Dani Morell
Primera parte del ranking: Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (01)
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