Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (01)

sw01No es mi intención extenderme demasiado con la inevitable introducción, ni hacer una larga perorata sobre lo que fue el spaghetti western allá por los años 60 y 70 del pasado siglo. Al fin y al cabo esto es un top 25 y mi propósito es que con esta selección muchas cosas queden explicadas por si solas. Este ranking, como siempre pasa con las listas subjetivas, tiene algunos trucos. Uno de ellos es que intento hablar de muchas películas aprovechando las 25 del ranking, por lo que en el cómputo final se pueden pescar más de 40 títulos interesantes o de referencia. Y todo eso sin contar las obras de Sergio Leone, que por supuesto son las mejores, aunque no aparezcan oficialmente en la lista. También me impuse ciertos límites: no más de 3 películas de un mismo director (en caso contrario Sergio Corbucci hubiera copado los seis o siete primeros puestos), y sobre todo –sobre todo– no hablar demasiado de la saga Trinidad. No es que no me gusten Terence Hill y Bud Spencer –de hecho aparecen en algunas buenas películas del top y como ven han terminado por colarse en este breve prólogo– pero llevaron al género por unos derroteros que no quiero transitar. Pero de esto va la propuesta, de rascar un poco e ir más allá de lo que todo el mundo conoce y de los cinco spaghettis sagrados del maestro. Aquí se trata de buscar las obras más interesantes, sólidas y serias de un género o subgénero popular que nació a mediados de los 60 y murió a finales de los 70, dejando tras de sí más de 500 títulos plagados de tiroteos, peleas de saloon, pueblos fantasma, venganzas y pistoleros misteriosos. El spaghetti western ofreció una mirada singular, diferenciada y muy europea sobre el western tradicional americano, consiguiendo incluso influenciar en este último cuando se encontraba en horas críticas.

25. UN DÓLAR POR LOS MUERTOS (Dollar for the Dead, 1999). España y Estados Unidos

D: Gene Quintano  I: Emilio Estevez, William Forsythe, Jordi Mollà

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Un spaghetti western de finales de los 90 producido por Tony Anthony –un tipo muy vinculado al género del que hablaré en la reseña siguiente– y protagonizado por Emilio Estevez y William Forsythe –con el catalán Jordi Mollà de villano–. A veces pasan cosas que no tienen explicación ninguna y hay que aceptarlas como vienen. Aquí no hay producción italiana, pero la intención de rodar un spaghetti es bien clara: todos los clichés de este tipo de producciones se ponen al servicio de una TV movie barata –porque barata lo es un rato– rodada íntegramente en España en coproducción con los Estados Unidos. El resultado es un western pequeñito que pone todo su peso en la acción y se olvida un poco de la sustancia. Espectaculares tiroteos y acrobacias –muy influenciados por el cine que se rodaba en Hong Kong por aquella época– para disimular una historia muy sencilla de búsqueda del tesoro y venganza. El guión es lo de menos, lo que el director Gene Quintano quiere es rodar coreografías a golpe de travelling, a lo Sam Raimi. La steadycam va loca, pero ni Quintano es Raimi ni esto es Rapida y mortal. En Un dólar por los muertos nos quedamos continuamente con la sensación de estar viendo un cortometraje rodado por un director novato que apunta maneras (y eso que Quintano ya habia firmado Con el arma a punto, una estimable parodia de las películas de acción de los 80 y 90). Por último y sin hacerlo mal del todo, tampoco Emilio Estevez termina de dar el pego como pistolero misterioso. ¿Porque está en la lista, entonces? Pues porque la música “a lo Morricone” está conseguida; porque las escenas de acción son divertidas y están plagadas de ocurrencias chistosas; porque el elenco de secundarios –tanto español como estadounidense– salva la papeleta; porque está toda rodada en los antiguos poblados western de Almería; porque Emilio Estevez arrastra un ataúd como si fuera Franco Nero en Django y porque es un intento cariñoso y encomiable para los fans. Para unos fans que ya casi ni existen. Absténganse los que busquen algo más, porque no lo van a encontrar. A caballo regalado no le mires el diente, que diría mi padre. Los 90 fueron muy raros.

24. EL JUSTICIERO CIEGO (Blindman, 1971). Italia y Estados Unidos

D: Ferdinando Baldi   I: Tony Anthony, Ringo Starr, Lloyd Battista

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Tony Anthony me cae mal. No me gustan sus spaghetti westerns y sobre todo no me gusta su tan cacareada Get Man (será una obra de culto pero a mi me parece una astracanada). Sea como fuere es un señor que no podía faltar en este repaso al género y siendo justos, este es el mejor spaghetti western que hizo. Anthony acostumbraba a comerse lo que él mismo guisaba y por eso se encargó de la producción, del guión y del papel principal en Blindman. Digamos que no era el mejor actor del mundo pero que en el papel de ciego no lo hizo del todo mal. Sí, como lo oyen, el protagonista es ciego, como en las películas de Zatoichi, solo que en vez de un samurai aquí tenemos a un forajido. Si aceptamos la absurda premisa le encontraremos algunos aciertos, como el fusil que hace de bastón, el mapa de cuero en relieve o la mejor/peor de todas: el caballo lazarillo. La película plantea una historia ciertamente brutal, una banda de bandidos mexicanos ha secuestrado cincuenta mujeres que formaban parte de una caravana “propiedad” de Blindman. Los mexicanos, comandados por tres hermanos (Lloyd Battista, Magda Konopka y Ringo Starr), venden a las mujeres a un general mexicano (Raf Baldassarre) y su regimiento por cincuenta mil dólares. Blindman no dudará en enfrentarse en solitario a los malhechores a grito de “¡Quiero mis cincuenta mujeres!” (en serio, repite esta frase muchas veces). La primera vez que aparecen las susodichas es en una escena de ducha colectiva, así que ya se pueden imaginar el percal. Y todo esto basculando descompensadamente entre el drama y el humor. La película es mala, cutre y machista, y en algunos momentos hasta hiriente –la escena de la caza de las cincuenta mujeres en el desierto es muy desagradable–, y además no tiene ningún criterio, pero a la vez es muy divertida y ciertamente se puede disfrutar si apartamos durante una hora y media todo prejuicio. A su vez, sirve para comprobar –a veces con gran asombro y desconcierto– hasta donde pudo llegar el género a principios de los setenta. Este tipo de cine, eminentemente popular, se pudo permitir ciertas licencias sin ruborizarse –aunque los espectadores si lo hagamos– y eso jamás volverá. No se puede negar que la película, dirigida por el siempre correcto pero impersonal Fedinando Baldi, deja grandes imágenes en nuestra retina, como el ametrallamiento de la compañía militar desde el escenario del teatro, los tiroteos febriles de Tony Anthony vaciando siempre el cargador para asegurar-se de la victoria o la ya mencionada escena del desierto y las mujeres. Los villanos mexicanos están bien trazados, pese a que el pobre ex-Beatle Ringo Starr – el cual ya estaba bregado en esto del cine bizarro–, no termina de despegar en ningún momento. Y eso a pesar de su espectacular caracterización y algunas lineas de dialogo sorprendentemente sádicas: “Algún día te prenderé fuego solo para ver como te derrites” le suelta a una aterrorizada muchacha. Por contra, El justiciero ciego, nos deja momentos muy bajos y confusos en cuanto a guión y diálogos ¿Por que cae Blindman en la evidente trampa de las mujeres disfrazadas en el tren? No hay explicación ninguna. También esa mania que tiene Tony Anthony por hablar solo, como dirigiéndose al espectador, con esas frases pretendidamente humorísticas, me parece insoportable. Igual que la floja banda sonora de Stelvio Cipriani y lo mal empleada que está. Sentimientos encontrados pues con esta película repleta de desnudos y violencia que se mueve por sendas irregulares. Baldi vuelve a aparecer en el ranking con El clan de los ahorcados y tiene como mínimo un título en el género muy superior a ambos que se ha quedado fuera de la lista (Adiós, Texas, 1966), pero es que Blindman es tan insólita y Tony Anthony es tan marciano que al final se han ganado el puesto. “¿Quién mató a mis hombres?” le pregunta el jefe de la banda a Blindman “No lo sé, yo no vi nada” le responde impasible. Este es el nivel. No se crean que el spaghetti western es solo esto, aunque esto es puro spaghetti western.

23. EL CLAN DE LOS AHORCADOS (Preparati la bara!, 1968). Italia

D: Ferdinando Baldi  I: Terence Hill, Horst Frank, George Eastman

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Dos años antes de convertirse en Trinidad, Terence Hill fue Django. Interpretó al oscuro pistolero en una de las pocas secuelas “oficiales” del mismo. A raíz del éxito del Django de Sergio Corbucci surgieron numerosas películas que incorporaban el famoso nombre en su título para arrancar unas perras al atribulado consumidor. La mayoría de las veces no aparecía nadie en la cinta que tuviera ese nombre, o si aparecía no tenia nada que ver con el Django original –salvo honrosas excepciones como Django el Bastardo, de Sergio Garrone, interpretado por el cara palo de Anthony Steffen–. Pero aquí hemos venido a hablar de El clan de los ahorcados y de Terence Hill, uno de los pocos Djangos autenticos entre un mar de imitaciones. Una de las ocurrencias de la película es que es una precuela, por fin descubriremos porqué Django es como es y porqué tiene predilección por las ametralladoras, por los ataúdes y por vestir completamente de negro. Además está rodada con cierta soltura por el correcto pero nunca sobresaliente Ferdinando Baldi, del que acabamos de hablar en la reseña inmediatamente anterior. Las escenas de acción están bien resueltas, la fotografía es excelente y el diseño de producción mantiene las apariencias. Es cierto que no controla el equilibrio entre violencia gratuita, drama y comedia, pero por eso no estamos hablando de ningún clásico del género. Está en la lista por lo que he dicho de Django, y porque es uno de los pocos spaghetti westerns de Terence Hill que se salvan –haberlos haylos, como Mi nombre es ninguno de Tonino Valerii y Sergio Leone, sin ir más lejos–. Y también porque me encanta la historia que me cuenta: un tipo normal y corriente se convierte en verdugo profesional después de que su mujer muera asesinada durante el atraco al carro de oro que transportaba. Él también es tiroteado, pero sobrevive y decide hacerse verdugo profesional. Es un resucitado que viste de negro y tiene muy mala leche, pero a la vez es buen tipo porque en realidad no mata a la gente a la que debería ahorcar según sentencia judicial, sino que les pone una especie de arnés bajo la ropa y los salva. Menuda chorrada –me dirán–, pues esperen que todavía hay más. Tras salvarlos los concentra a todos en un paraje remoto y los convierte en su ejército personal de venganza (el cómo y el porqué no vienen a cuento, y tampoco quiero hacer spoilers). Su clan de ahorcados siembra el terror entre los villanos, que creen ver en ellos a verdaderos fantasmas vengadores. Me encanta esta película pero a la vez soy consciente de sus numerosas carencias. Las mejores ideas se quedan en el tintero y no se exprimen esos rincones oscuros que parecen quedar continuamente entre las sombras. Al final todo se convierte en una película de acción con un par de buenas ideas que se escapan entre escenas que rozan la comedia boba que caracterizó al señor Hill –¿realmente hacía falta lo del loro?– y traiciones que parecen meras excusas para avanzar en la historia. Le falta intensidad –aunque por momentos la consigue casi por casualidad– y el enorme final en el cementerio salva un poco las inconsistencias generales. La verdad es que personalmente me parece muy disfrutable y con imágenes muy potentes pese a desaprovechar las posibilidades que se intuyen. No la pongo en el top 20, pero por eso he hecho un top 25, para poder incluir estas cosas divertidas que también son spaghetti western.

22. LOS CUATRO DEL APOCALIPSIS (I quattro dell’apocalisse, 1975). Italia

D: Lucio Fulci  I: Fabio Testi, Lynne Frederick, Michael J. Pollard

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Otro italowestern insólito y tardío que en algunos aspectos juega en la misma liga que Keoma y Mannaja (de las que hablaré más adelante). Está dirigido por Lucio Fulci, uno de los grandes nombres del cine de terror italiano, responsable tan solo de otro spaghetti western, mucho más formal, pero también mucho más del montón (Las pistolas cantaron la muerte, 1966). Fulci destacó sobre todo por dirigir un buen puñado de cintas de terror que a menudo juguetearon con el surrealismo y el absurdo. He visto varios de los supuestos clásicos de Fulci y digamos que jamás ha sido santo de mi devoción, sin embargo, Los cuatro del apocalipsis le salió bastante curiosa, sin ser un western al uso para nada. De hecho parece una road movie y una película de episodios, con esos cuatro personajes destartalados que buscan su lugar en el mundo. Fabio Testi, Lynne Frederick, Michael J. Pollard y Harry Baird encarnan a esos parias de la tierra, a cada cual más desgraciado, y Tomas Milian da vida a un villano cruel y desatado llamado Chako. Testi es el peor de la función, no me convence para nada en su papel de jugador estafador, la bella Lynne Frederick como prostituta embarazada le da un aire etéreo a la película y Tomas Milian sale con buena nota del asunto. De hecho, es de lo mejorcito de la propuesta y se grabará en la retina del espectador pese a estar más antipático que nunca –o precisamente por eso– (un personaje difícil de olvidar, sobre el cual me encantaría que se hubiera rodado toda una saga). Más que un spaghetti es una road movie y más que una road movie es un drama. Pero también tiene algo de atmósfera opresiva post apocalíptica salpimentada con unos litros de sadismo. Voluntariamente extraña e involuntariamente bella, Los cuatro del apocalipsis va dando bandazos sin saber muy bien a dónde quiere llegar. No gustará a quien busque un spaghetti western al uso (aunque lo sea por el marco de fondo); no gustará a quien busque un Lucio Fulci al uso (aunque posee algunas de sus constantes cinematográficas) y no gustará en general (advertidos quedan). Frecuentemente se la considera floja, pero a mí me encantó dejarme llevar por ese atajo de perdedores a los que solo puedes amar. Y no me voy a justificar más, si se atreven a intentarlo acepten mi recomendación y abandónense a esa atmosfera extraña e inconcreta. En el eurowestern también hay lugar para lo experimental, aunque sea de brocha gorda.

21. SENTENCIA DE MUERTE (Sentenza di morte, 1968). Italia

D: Mario Lanfranchi  I: Richard Conte, Enrico Maria Salerno, Adolfo Celi

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Cash está muy enfadado porque cuatro maleantes de tebeo mataron a su hermano por 2000 miserables dólares. Solo piensa en ajustarles las cuentas y como cada cual ha tomado su camino deberá hacerlo de manera individualizada. Curioso título formado por cuatro relatos de venganza unidos por un sencillo hilo argumental, que pese a resultar fallido en muchos aspectos tiene los suficientes puntos de interés para figurar en este ranking, aunque sea –de forma merecida– entre las últimas posiciones. La primera historia es de lo mejor de la película, en ella conocemos al protagonista y a Diaz, uno de los asesinos (ni más ni menos que Richard Conte) en plena persecución por el desierto. Van sin caballo y están agotados, Cash no tiene revólver pero tiene agua, Diaz no tiene agua pero tiene revólver. Se trata de un relato pequeño pero sólido, que sirve para presentar al protagonista y su conflicto. La segunda historia es la más clásica y la más puramente westerniana, involucra a un jugador de cartas profesional y sucede en un pueblo de la frontera. Si los cuatro relatos hubieran transcurrido por semejantes derroteros estaríamos hablando de una gran película, pero como siempre pasa en este tipo de propuestas compartimentadas, no todas las narraciones mantienen el mismo nivel y el conjunto termina por ir de más a menos. Todas ellas están plagadas de originales ocurrencias, algunas muy brillantes, pero las dos ultimas pretenden alardear y se convierten en un quiero y no puedo. Eso no quita que también estas contengan algunas buenas ideas y bastantes imágenes interesantes como para dejarse ver –extraer una bala de tu cuerpo para usarla de nuevo contra el enemigo no tiene precio–. Entre otras lindezas descubrimos que uno de los objetivos de Cash es una suerte de reverendo iluminado y fanático extremadamente hipócrita que dirige una partida de fieles pistoleros ataviados de negro –impactantes escenas del culto reunido con antorchas–. El temible capellán está interpretado por Adolfo Celi, bregado en mil batallas y villano bondiano de Operación trueno, y seria de lo mejor de la película si no fuera por las inconsistencias de su relato. Lo mismo sucede con la última historia, precisamente la protagonizada por Tomas Milian, que todavía es más loca que la anterior. Demasiado loca, debo decir. Y no solo por la actuación de Milian, una de las más exageradas e incomprensibles de toda la historia del género, sino por una trama absurda y una secuencia de acontecimientos absolutamente endeble. A pesar de todo, al conjunto se le pueden encontrar muchas gracias, como las trepidantes escenas de acción –esas estampidas de caballos utilizadas como escudo por Cash–, la utilización continuada de la religión y sus símbolos –que siempre quedan muy bien en el italowestern puro y duro–, y la por momentos alarmante falta de escrúpulos del protagonista. Y todo ello contando con un presupuesto holgado, una buena planificación y una realización más que correcta, llena de travellings y movimientos de grúa poco acostumbrados en este tipo de productos. Sentencia de muerte no es de las grandes, pero tampoco es de las pequeñas y el aficionado al italo-western la puede disfrutar bastante.

20. EL VALLE DE LA MUERTE (Mannaja, 1977). Italia

D: Sergio Martino  I: Maurizio Merli, John Steiner, Sonja Jeannine

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Entramos por fin en el top 20. En 1977 el género agonizaba. La saga Trinidad había hecho mucho daño unos cuantos años antes y el final estaba cantado –también es verdad que la formula se había exprimido hasta decir basta–. Por lo tanto, debemos situar El valle de la muerte como un exponente muy tardío, casi el último spaghetti; un western tan crepuscular que sería mejor llamarlo directamente postapocalíptico (a todos los niveles). En esta película nos encontramos con un salvaje oeste extraño, extremadamente sucio, cargado de lluvia, barro, niebla y sombras. No intenta ser verosímil para nada y se abandona con regocijo a lo surreal. Es como un oeste soñado teniendo mucha fiebre, casi situado en un universo alternativo. En el centro de la pesadilla está Mannaja (Maurizio Merli), un bounty-killer solitario tan sucio como el paisaje, vestido con pútridas pieles y capaz de manejar un tomahawk tan bien como un revólver. En El valle de la muerte encontramos todos los lugares comunes del género, pero pasados de rosca. La cosa va de venganzas, de injusticias del pasado y de una comunidad minera sometida a esclavistas. Hay diferentes niveles de maldad, desde el propietario de la mina, un amargado terrateniente en sus silla de ruedas, hasta el jefe de los matones que le protegen, interpretado por el británico John Steiner. Este último, que tuvo su mejor momento como protagonista de La invención de Morel y como solicitado secundario en poliziescos y series b de los setenta, construye un villano verdaderamente memorable. En general, El valle de la muerte es puro entretenimiento gracias a un montaje endiablado y sus constantes estallidos de violencia. Pese a las evidentes lagunas de guión despliega algunos intentos insólitos de elevar la calidad cinematográfica del producto por encima del bajo presupuesto, como las cámaras lentas que insuflan dramatismo o los montajes en paralelo (como el del tiroteo y las bailarinas de cancán). En esta película hay glorificación de la violencia en mayúsculas; peleas en las que los protagonistas terminan totalmente cubiertos de barro; torturas insufribles contra Mannaja; un pueblo sumido en la penumbra y la lluvia constantes; brutales perros de presa babeantes filmados en contrapicado; hachas que siegan brazos y se incrustan en torsos y cabezas y una canción principal muy bizarra, cantada con voz grave y que se repite hasta la saciedad (obra de Guido y Maurizio de Angelis). Todo esto y mucho más conforma una cinta que contiene lo mejor y lo peor del género. Por su tono espectral y fantasmagórico se podría situar esta obra en la órbita de la inmediatamente anterior Keoma (Enzo Castellari, 1976), pero ese toque persistente entre macarra y hortera y las pinceladas cómicas –lo que más chirría en este apartado es el personaje bufo y bobalicón del “empresario de variedades”– la alejan de la elegancia de aquella. Y Maurizio Merli tampoco es Franco Nero, salta a la vista. La verdad es que pese a sus varios defectos la película me entusiasma. Solo los italianos podían cerrar un ciclo tan a lo grande y tan a lo loco.

19. EL RETORNO DE RINGO (Il ritorno di Ringo, 1966). Italia y España

D: Duccio Tessari  I: Giuliano Gemma, Fernando Sancho, Lorella De Luca

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Dejando a un lado las películas de Sergio Leone, el primer spaghetti que vi en mi vida fue Una pistola para Ringo, una película que pese a todos sus defectos sigue siendo un icono del género. Allí descubrí a Giuliano Gemma, que tantas veces me encontraría protagonizando títulos al adentrarme en el universo SW y a Fernando Sancho que ya siempre se quedaría en mi memoria –y creo que debería estar en la de todos– como uno de los grandes del cine español. También descubrí que Ennio Morricone había puesto música a un universo western muchísimo más grande que el de Leone y que no siempre las partituras eran tan redondas como en aquellas, aunque a veces lo eran todavía mucho más. A Una pistola para Ringo le tengo una devoción especial, pero reconozco que El retorno de Ringo es un poco –solo un poco– superior. Sobre todo por ese final sembrado de cadáveres que tanto le gusta a Tarantino y por ese ritmo pausado que anticipa la venganza. Este retorno de Ringo tiene poco que ver con la primera entrega pero el personaje podría ser el mismo –aunque endurecido por la guerra–. El retorno del que habla el titulo es el del soldado que vuelve de la contienda con el alma destruida, la vuelta al hogar de un hombre que descubre que nada es igual a como lo había dejado y que ya no existe tal hogar. El pueblo en el que había crecido está ocupado por bandidos mexicanos y parte de su familia ha muerto bajo su tiranía (excelente la escena del cementerio y las lápidas). Para más desesperación, uno de los villanos va a tomar a su mujer por esposa y a hacerse cargo de su pequeña hija como padrastro. Ringo está prácticamente solo ante el peligro y deberá desencadenar una auténtica guerra en miniatura si quiere que las cosas vuelvan a su cauce –no en vano se viste de uniforme para la escena final, cuando se ha pasado toda la película disfrazado de mestizo–. Es cierto que la cinta adolece de algunos lastres, todo hay que decirlo. Para empezar hay una cierta precipitación general en la planificación que hace que algunos pasajes no queden lo suficientemente claros. Tampoco me convence del todo el personaje cómico del florista, que resulta gracioso por momentos pero que termina resultando cansino. También cantan a leguas esas localizaciones baratas de la mansión que ocupan los villanos (Can Fàbregas, en Esplugues de Llobregat) y ese jardín que pretenden hacer pasar por vegetación salvaje. De hecho, todo el diseño de producción deja bastante que desear, y lo siento por Esplugas City, ese pequeño poblado del oeste que levantó Alfonso Balcázar (acreditado como dialoguista) a cinco minutos de Barcelona y que es donde se rodó la mayor parte de la película, pero en ocasiones se adivina todo un pelín acartonado. Sin embargo, si conseguimos abstraernos de esos puntos flacos, nos encontraremos con una buena historia –en la que a parte del propio Tessari, participó Fernando Di Leo, responsable de algunos de los mejores y más violentos poliziescos que ha dado Italia–, llena de grandes escenas y con los suficientes centros de interés como para que aparezca en esta lista. Ese pueblo constantemente azotado por el viento y el polvo, el hecho de que el protagonista asista a su propio entierro, la escena de la boda o la imagen previa al estallido de violencia –en la que Ringo aparece como una silueta fantasmal enmarcado por una puerta abierta–, son algunos de los platos fuertes de un título que no termina de ser notable pero que le pone muchas ganas.

18. TU CABEZA POR MIL DÓLARES (Per 100.000 dollari t’ammazzo, 1968). Italia

D: Giovanni Fago  I: Gianni Garko, Carlo Gaddi, Claudio Camaso

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Caín y Abel en el oeste. Gianni Garko es Johnny y Claudio Camaso es Clint, ambos se apellidan Forest pero Johnny es un bastardo, como se encarga de recordarle su hermano durante una riña familiar. Johnny se va de casa, destrozado y su padre va tras él para hacerle recapacitar. Pero Clint no se puede dominar y se carga a su propio padre por la espalda. Es muy rastrero el tipo y para no asumir las consecuencias de sus actos acusa a su hermano del asesinato. Johnny, que es un ser honorable, se pasará 10 años a la sombra por su culpa. Con el tiempo, Clint se convierte en un vulgar bandido y Johnny en un habilidoso cazarrecompensas. Por supuesto, sus caminos se volverán a cruzar, y en el momento que esto pase, regresarán los celos, el odio y la traición. Menudo melodrama camuflado de western. Pues si, pero muy bien empaquetado. Tenemos a algunos grandes del género, como Gianni Garko o Fernando Sancho –este último solo hace una aparición inicial, pero a lo grande–. También tenemos a Claudio Camaso esforzándose en imitar a su hermano (el gran Gian Maria Volonté). Una fotografía espectacular, un diseño de producción envidiable y unas escenas de acción luminosas. Vale la pena ver esta película, disfrutar con la secuencia de presentación de Johnny el cazarrecompensas, con esa iglesia, esos ataúdes que esperan a los malandros y Fernando Sancho reventando puertas a balazo limpio. Vale la pena ver un combate a golpe de cóctel molotov en plena calle del salvaje oeste (como lo oyen). Salones reconvertidos en hospitales de campaña para atender a los heridos de la Guerra Civil Americana, Piero Lulli dándolo todo como secundario de oro, salvajes torturas al protagonista, y unos flashbacks marítimos que rozan la poesía. Lo tiene todo para estar en este ranking y sin embargo algo falla. Pequeñas cosas como la música –preciosa pero fuera de lugar–, ciertos desequilibrios en el ritmo –sobre todo al final– y ese inicio tan divertido pero tan poco honesto con el resto de la historia. Una película con altibajos, esa sería la etiqueta. Ojo, no digo que no me guste el pastel, solo les advierto que puede llegar a resultar un poco empalagoso. Sé que colocando esta película tan atrás en el ranking voy un poco a contracorriente del sentir general de la mayoría de los fans del spaghetti western, pero la he visto más de una vez y siempre me deja con la misma sensación –me sucede un poco lo mismo que con la igualmente remarcable Como lobos sedientos, también con Garko y Claudio Camaso–. Sin embargo estar, debía estar, por todos los motivos que he apuntado más arriba y por esa narrativa a golpe de flashback y de cóctel molotov.

Dani Morell

Segunda parte: Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (02)

Tercera parte:  Más allá de Sergio Leone: 25 spaghetti westerns que debes ver (03)

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