Superman nºs 1-4 (ECC, Grant Morrison – Rags Morales)

Me las prometía muy felices con la primera entrega de Superman, editada en España por ECC el pasado mayo. El cómic presentaba una acertadísima nueva versión del último hijo de Krypton, la cual será canónica a partir de ahora en este renacimiento del universo DC conocido como los nuevos 52. El guión era fresco y original, incluso cuando transitaba por elementos ya conocidos. Nos mostraba a un joven Clark Kent dando sus primeros pasos superheroicos, todavía sin uniforme –con camiseta y capa sí, pero con vaqueros y botas también-, enfrentándose contra el sistema cuando hiciera falta (y así procurando alejar un poco la imagen que tiene asociada gran parte de la población de que el Supes lucha principalmente por el establishment, a la que ayudó mucho el papel que Frank Miller le hizo interpretar en The Dark Knight Returns) y utilizando su rol de Clark Kent como periodista de un pequeño periódico acostumbrado a destapar injusticias. A su vez, Morrison asoció en los dos primeros cómics americanos que recoge el ejemplar español, a Kent con una etapa mítica en la vida de Peter Parker. Y es que no todos crecimos con el Spiderman high-school que el cine y las series de animación tienden a mostrar una y otra vez, ni siquiera con el de los años universitarios, sino con el veinteañero que vive en un destartalado inmueble y que tiene graves problemas para llegar a fin de mes. El joven Kent se encuentra en esa misma situación, aunque al contrario que aquella gruñona señora Muggins en este caso su casera se muestra mucho más comprensiva y cariñosa.

Incluso los pequeños aspectos que se muestran en este primer ejemplar(es) del elenco de personajes secundarios dejan con ganas de más. Una Lois Lane tan aguerrida y espabilada como siempre, pero de nuevo recuperando su status quo original de no conocer la verdadera identidad de Superman (y ojo, por que las noticias que llegan desde allende los mares respecto a los últimos episodios de la serie no la sitúan precisamente como el principal interés romántico de Kal-El). Un Jimmy Olsen más cercano a ser el “colega de Clark Kent” que no el de Superman. Y en especial un Lex Luthor que parecía aunar ciertos dejes de la versión post-Crisis, detalles de la interpretación de Gene Hackman en las películas de Richard Donner y Richard Lester e incluso pequeños matices que recordaban al Universo DC de las series de animación de Paul Dini y Bruce Timm. En consecuencia, las ilusiones tras ese primer ejemplar se desbordaban. Parecía que Grant Morrison iba a colocar a Action Comics en el primer puesto del interés de los Nuevos 52, como años atrás ya hizo para DC relanzando con un tremendo éxito a la JLA. Superman iba a volver a ser el personaje de referencia de la editorial de un modo que hacía años que no lo era.

Por desgracia, cuatro meses después ya no veo la situación del mismo modo, y tras ocho episodios de Action Comics, recibí con inusitada alegría la noticia de que la cabecera española iba a comenzar este mes con los episodios de Superman de George Pérez. Por muy polémicos que hayan sido, debido a sus problemas con la editorial, para un servidor van a ser recibidos como agua de mayo tras una pronta necesidad de cambio de aire en una serie que ha quemado cartuchos más rápido que una bala y ha comenzado a aburrir. Y solo se puede señalar a un culpable, el señor Grant Morrison, que ha hecho del metalenguaje la parte principal de sus historias dejando de lado aspectos básicos como la narración o, puñeta, el mero interés por lo que está contando.

Animal Man es uno de esos cómics cuyos 26 ejemplares devoré en cuatro domingos, disfrutando más y más a cada número. Es ya un clásico del género, que fue capaz de arrollar con todo, incluso consiguió que un dibujante con tantas carencias como Chas Troug fuera considerado ajeno a la crítica, como parte indisociable de la misma obra. En aquel cómic Morrison conjugó todos sus vastos conocimientos por un Universo DC que por aquel entonces también terminaba de renacer (posterior a Crisis en Tierras infinitas) e incluso denotando una cierta nostalgia por lo que había devorado la ola de anti-materia, un pasado histórico empujado a la fuerza al olvido. Morrison pasó a “estar en mi lista”, y más o menos siempre tuve un cómic suyo que leer a partir de ese momento, revitalizó series que necesitaban con urgencia un lavado de cara y se mostró moderado con sus locuras dentro del mainstream cuando era menester (su mencionada etapa en JLA o su muy notable época en X-Men, casi un remake postmoderno de la etapa Claremont, que me tuvo enganchado a los mutantes cuando ya estaba empezando a pensar en dejarlos, cual tabaco), trabajó en series más pequeñas pero bastante interesantes (Aztek prometía, y fue triste su corta duración), me interesó con sus más o sus menos con sus obras “de autor” (por el camino me encontré algún ladrillo, como El misterio religioso), y a nivel personal siempre le agradeceré que fuera una de las cuatro cabezas pensantes dentro de aquella maravillosa y adictiva serie semanal que fue 52. Pero algunos de sus pasos posteriores dentro de DC ya empezaron a resultarme cuestionables, debido al relativo interés que me despertó su etapa en Batman, donde se empezó a desatar con sus juegos literarios y referencias, y sobre todo, al batacazo que representó Crisis Final. Dicha serie fue una decepción en toda regla para el que esto escribe, debido a las expectativas creadas y a la atención que me estaba despertando cualquier cosa con las siglas DC por aquellos días. Sus juegos de prestidigitador comenzaron a resultarme cada vez más pesados. Cuando su anunció su desembarco en Action Comics me lo tomé con cautela. Cierto es que sus últimos trabajos estaban lejos de entusiasmarme, pero el que tuvo retuvo, y el escocés me había regalado algunas de mis lecturas favoritas.

El caso es que a partir del segundo número español Morrison vuelve a dar rienda suelta a sus sencillos conceptos, pero con su manía de recargarlos con un exceso de referencias y de complicar innecesariamente su estilo narrativo. Con ellos logra que la épica de ciertos momentos, como en el que Superman adopta su uniforme en la nave de Brainiac por primera vez, no resulte ya destacable sino incluso un tanto confuso. Y aún gracias que ECC alteró el orden de publicación y los números 5 y 6 de Action Comics se publicaron después del 7 y el 8, porque en otro juego de extravagancias, Morrison detenía momentáneamente la saga del secuestro de la ciudad de Metropolis para contarnos una historia de Clark y un trío de legionarios en una bastante liosa historia de viajes temporales que la entroncaba con el Superman “actual” (Action Comics se sitúa cinco años en el pasado para contar los inicios de la carrera del Hombre de Acero). Casi se reciben con alegría las sencillas historias de complemento escritas por Sholly Fisch donde se le da más importancia a la caracterización y se nos cuentan pequeñas historias, en ocasiones protagonizadas por personajes secundarios, como Steel, o Jonathan y Martha Kent, cuya desaparición en la vida actual de Clark es uno de los detalles que más me han disgustado de esta reinvención del personaje. Pero supongo que Warner manda y es necesario que el cómic y la próxima película de Zack Snyder estén lo más cercanas posibles.

No he perdido la fe del todo en Grant Morrison, se ha mostrado habilidoso y brillante en no pocas ocasiones, pero o su manera de escribir ha cambiado y se ha vuelto cada vez más indescifrable, o yo con los años he ido cambiando hábitos como lector y ya no me apetece darme de golpes en la cabeza contra una lectura farragosa. Este periplo de descanso a su serie en España, me va a venir muy bien. Por lo menos le daremos un año entero para valorar sus primeros arcos argumentales y espero que el interés vuelva a ser rápidamente el que me despertó en su primer ejemplar. Tiempo al tiempo, de momento prestaremos atención a la “no-etapa” de Pérez, y mientras tanto encenderé una vela para que Morrison se serene un poquito.

Javier J. Valencia

También en El pájaro burlón Superman Legado (Mark Waid y Leinil Francis Yu)

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