El valle de la venganza (In a Valley of Violence, Ti West, 2016)

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Tengo debilidad por los spaghetti westerns y también por la gente que se empeña en rodar spaghetti westerns a estas alturas. No obstante, debo reconocer que enfrenté esta película con ciertos reparos por culpa de su director. Los que hayan seguido un poco la trayectoria de Ti West sabrán que en sus primeras películas planteaba la tensión hasta limites explosivos y al final nada sucedía –o sucedía algo muy tonto–. Podríamos decir que uno de sus “rasgos de estilo” de aquella primera época era precisamente ese: hinchaba e hinchaba el globo y al final no lo hacia estallar. Nos dejaba sin una de las premisas básicas de la mayoría de las buenas escenas e historias, que no es otra que relajar la tensión del espectador al final de las mismas. Sea para bien o para mal, con final feliz o sin él, necesitamos esa sensación de cierre. Lo que muchos no te van a perdonar es que la gran escena final de una película de casi dos horas sobre un hotel encantado sea una puerta que se abre sola.

Pues bien, ese era Ti West cuando le empecé a pillar manía en el Festival de Sitges hace ya más de una década*. Con el tiempo, superé el desconcierto inicial y acepté sus propuestas incluso con cierto regocijo sabiendo de quien venían. Me atrevo a decir que empecé a ver en él a un pequeño autor –un autor de la serie B y la caspa, no puedo asegurar si consciente o no de ello–. No se dar ninguna explicación coherente a como ha llegado hasta donde ha llegado, pero celebro que lo haya hecho, porque eso me ha permitido disfrutar películas como La casa del diablo (The House of the Devil, 2009) o esta que hoy tenemos entre manos. Ha aprendido a relajar al espectador al final, vaya si lo ha hecho, pero ha mantenido esa predilección por la acumulación, por alargar hasta la exasperación la tensión y los diálogos como si la cosa no fuera con él. Sorprendentemente le funciona y eso hace que los tempos sean casi perfectos, logra que nos traguemos la historia bajo sus premisas y su ritmo, sin mirar en ningún momento el reloj.

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En eso es muy tarantiniana. En eso y en los diálogos. En poco más, ya que aquí hablamos de serie B pura y dura. No debemos olvidar que estamos ante un western muy barato, con un pueblo desolado en el que apenas parecen vivir una decena de personas y una historia de venganza más o menos típica y tópica. Aunque en esta ocasión tiene nombre, Ethan Hawke (Paul), encarna a uno de aquellos ángeles de la muerte taciturnos y anónimos que nadie sabe de donde diablos salen. Viaja con Abbie, una graciosa perrita que es de lo más simpático de la película y que a la vez sirve para mostrarnos al protagonista como un ser accesible, incluso encantador, capaz de mantener largas conversaciones-monólogo con su fiel mascota. Luego tenemos un pueblo hostil, un pasado y un futuro turbios y dos villanos –padre e hijo– de categoría. Bueno, la categoría se la lleva el padre, Marshal, encarnado por un John Travolta que ya está de vuelta de todo** porqué lo que es su hijo, Gilly (James Ransome), tiene más bien poca. Es una autentica rata de cloaca, un ser repulsivo que hará las delicias de cualquier fan del western popular que se precie. Pero no todo es tan horrible en la viña del señor, entre tanta desolación existe un ser angelical llamado Mary-Anne (Taissa Farmiga) del que es muy difícil no enamorarse. Ojo, recuerden que a veces los ángeles pueden ser mas violentos que los demonios.

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In a Valley of Violence no deja de ser un western al uso que recurre a todos los lugares comunes habidos y por haber pero sabe como hacerlo para colarnos algunos goles y resultar muy entretenida. Esa calculada utilización de la explosión contenida, el sadismo que impregna la pantalla, la eliminación sistemática de los enemigos –como llega a describirlo uno de los mismos villanos–, esas secuencias que nos retrotraen directamente al cine de terror –¡la escena de la bañera!– como si Hawke fuera el frío Kinski en el remarcable spaghetti western Y dios dijo a Caín. Esto va de spaghetti western, va de humor negro, va del cine que nos gusta y Ti West no lo esconde, al contrario, realiza su declaración de intenciones ya durante los bonitos títulos de crédito. In a Valley tiene un poco de Infierno de cobardes, una pizca de Antonio Margheriti, algún que otro punto en común con Rápida y mortal –­pero sin las habituales montañas rusas que tanto le gustan a Sam Raimi–, y unas gotas indisimuladas de Leone. Ti West es un tipo que hace un spaghetti de serie B efectivo, sencillo y violento porque puede y porque le da la gana.

Claro que ya esta todo visto en el cine, y mas en el cine de venganzas, pero lo que importa es como se plantea. Los más puristas del western pueden llegar a sentirse estafados con algunos planteamientos en esta película, con Ti West nunca sabes si se esta riendo de ti o es que el tipo es así. Esta vez lo he aceptado más que nunca y además le he visto una vena de guionista y dialoguista bastante potente. La escena del duelo final no es capaz de hacerla todo el mundo sin que resulte ridícula, hay que preparar mucho algo así para que funcione tan bien. Además, fiel a su espíritu de serie B, produce y edita él mismo la película, le sabe imprimir ese ritmo lento pero engrasado del que hablaba al principio. El marco de fondo es barato, el diseño de producción un tanto desnudo, la fotografía no parece ni por asomo contar con la habitual postproducción de Hollywood, y sin embargo el conjunto cumple con creces el objetivo principal de entretener.

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Buscando información en la red para escribir esta reseña me he topado con una lista de Ti West en la que enumera sus 5 westerns favoritos. Me encantan todos los que elige pero me ha chocado mucho que entre grandes obras maestras como Grupo salvaje o la Trilogía del dólar incluya El valle de la muerte (Mannaja, Sergio Martino, 1977). La insólita, extraña, hortera, barata y sucia Mannaja. Eso es algo auténtico. Me lo creo, porque el villano Gilly es calcado en todo –incluso fisicamente– al de aquella película. Entiendo perfectamente que alguien que es capaz de tener una película así como referente pueda hacer algo como In the Valley of Violence, una propuesta que los aficionados al western no deben pasar por alto.

Imposible olvidar la proyección de The Roost (2005) en el Auditori Melià de Sitges. El pase provocó desconcierto, risas e iras a partes iguales en la gran mayoría de la audiencia, excepto en unos pocos que supieron ver algo más –confieso que no formé parte de esa minoría de elegidos–. La historia se repetiría con Cabin Fever 2 (Cabin Fever 2. Spring Fever, 2009) o Los huéspedes (The Innkeepers, 2011), pero menos.

** Le he robado directamente la frase a Oscar Sueiro, que ya reseñó breve y muy acertadamente la película durante el festival de Sitges.

Dani Morell

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