Deadwood: La película (Daniel Minahan, HBO, 2019)

HBO nos ha regalado, una década después de la cancelación de la serie original tras tres temporadas memorables, una película de Deadwood que cierra casi todas las tramas abiertas, ignora unas pocas y nada aporta como obra independiente y film unitario. Pero eso da igual, porque tampoco se le exigía eso. Lo que los fans de Deadwood queríamos era un final; concluir la historia de Bullock y el resto de los desgraciados habitantes de ese pueblo sin ley, en la frontera entre Dakota del Sur y Montana, cuyas aventuras nos enamoraron cuando éramos más jóvenes y cuyo último capítulo resultó tan insatisfactorio.

El Deadwood original se edificaba sobre tres pilares: personajes carismáticos (construidos por actores de grandísimo nivel junto a otros que disimulaban sus carencias gracias a peculiaridades físicas o en el habla); diálogos brillantes (prácticamente todas las escenas se estructuraban mediante una conversación, incluso cuando sólo había un personaje ésta se lograba introduciendo un monólogo frente a un objeto inanimado, siendo los soliloquios de E. B. Farnum, o los discursos ante la cabeza del indio muerto que soltaba Al Swearengen, los mejores ejemplos); y estallidos repentinos y brutales de violencia.

Si hay películas ambientadas en la actualidad o en escenarios exóticos que son puro western, Deadwood era una serie ambientada en el Oeste pero que no era un western, que no seguía sus patrones y estructuras, que incluso los subvertía. Los tipos que usaba eran los de este género (el médico, el sheriff íntegro, la prostituta de buen corazón, etc.) e incluso se llegaba a recurrir a figuras históricas (Calamity Jane o Wild Bill Hickok) … y, sin embargo, todos estos personajes habitaban en un universo diferente del de sus homólogos de Hollywood clásico o, incluso, del de sus contrapartidas degeneradas de cuando el western se volvió crepuscular. Deadwood huía del paisajismo (apenas había panorámicas); abrazaba los interiores nocturnos y sus exteriores generalmente se limitaban a la calle embarrada que cruzaba el pueblo; su violencia era física y sus duelos orgánicos; y las tramas adquirieron una dimensión política que las alejaron deliberadamente de cualquier clasicismo. La acción (tiroteos o conflictos) no construía la historia, sino que era la evolución de los personajes lo que la hacía avanzar: sus arcos constituían la razón de ser la serie y los estallidos brutales de violencia no hacían otra cosa que subrayar lo que se había hablado durante largos minutos. Porque en Deadwood se hablaba, se hablaba mucho, es más, nunca se paraba de hablar, salvo cuando un navajazo o una paliza interrumpía un discurso y el silencio se volvía atronador.

Y luego está el uso del humor como válvula de escape de este ambiente enfermizo, construido a partir del lenguaje soez, la ruptura de las expectativas respecto a los personajes y a unos actores alejados de cualquier tipología previa (ese memorable Richardson, por ejemplo).

También, la serie de David Milch era engañosamente masculina. En primer lugar contaba con más guionistas mujeres que cualquiera de sus compañeras de viaje aquellos gloriosos años en HBO (Los Soprano, The Wire o Dos metros bajo tierra); y sus personajes femeninos eran fuertes sin abandonar el realismo, es decir, no aparentaban ser unas representantes del presente (emancipadas y liberadas) implantadas en una serie de época; no, las habitantes de Deadwood eran mujeres que luchaban por salir del lodo, imperfectas tanto como los hombres que las maltrataban. Quizás lo más discutible sea eso precisamente, la figura de Al Swearengen, racista, criminal y abusador, deificada por unos diálogos brillantes y una actuación soberbia por parte de Ian McShane (cuya carrera posterior parece ser una pobre parodia de las líneas que durante tres años recitó en este show), pero se puede perdonar cierta condescendencia cuando se tiene entre manos un material tan bueno. Aunque quizás esto sí haya envejecido más que la propia serie.

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Volver a ver Deadwood (la serie) es viajar a una época diferente para la televisión en la que todo era nuevo, o al menos muy diferente de lo que se venía haciendo. Pero que tampoco pretendía ser revolucionaria. Los alardes son mínimos (quizás lo más rupturista sea la elección de la música que adornaba los títulos de crédito finales) y sus hallazgos llegan casi por casualidad, no fruto de una reunión de directivos en busca de la escena más epatante o del spoiler más comentado en redes sociales. No, Deadwood nunca jugó en esa liga: creaba sus tramas como los viejos seriales clásicos, añadiendo capas y si alguna dejaba de funcionar, se arrancaba de raíz; no pretendía ser una historia predefinida desde el origen, sino que se iba construyendo capítulo a capítulo. Eso la convirtió en una obra irregular (tan buena o tan mala como las historias y personajes que manejara en cada momento), pero que cuando daba con la tecla (y lo hacía a menudo) se elevaba tan por encima de sus coetáneas que duele verla tan relegada en esas listas habituales de mejores series de la Historia.

Hemos comentado que no había un historia preconcebida, que los acontecimientos surgían al momento, que las sorpresas no estaban preparadas sino que se veía el espíritu juguetón de los guionistas que hacían avanzar o retroceder a sus personajes (ahora bueno, ahora malo, ahora arrepentido, ahora cruel, etc.) de una manera tan aleatoria que casi imitaba a la vida real… Pero sí había un marco general del relato, un lienzo a rellenar: Deadwood hablaba de “redención” y “civilización”.           Por eso el final de su tercera temporada nos dolió tanto: porque triunfaba la barbarie. Desde su primera escena, la del linchamiento (en un primer episodio dirigido por el enorme Walter Hill, toda una declaración de intenciones) quedaba claro que el camino de Bullock era el de la “aceptación” y el de la “civilización”. Después el personaje fue dando bandazos, como todos los de la serie, y su protagonismo se fue diluyendo ante la imponente figura de Swearengen. La trama de la última temporada se centraba en la guerra bárbara entre éste y Hearst, con nuestro irascible sheriff perdido sin saber qué hacer. La cancelación nos dejó tan mal sabor de boca porque  nos obligaba a abandonar a todos esos personajes que amábamos (Trixie, Banum, Wu, Dan o Charlie Utter), pero también porque se notaba que ahí había una historia que contar, que ese no podía ser el final. Aunque ganaran los malos, no podían ganar así.

 Más de diez años después llega una película para intentar arreglar esto.

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La cuestión era crear un artefacto de hora y media de duración que lograra cerrar el mayor número de tramas abiertas y que contara por fin el triunfo de la Civilización (Bullock) frente a la Barbarie (Hearst). Eso es lo que han hecho David Milch (guionista) y Daniel Minahan (director). Nada más. Deadwood (la película) no pretende ser una obra maestra, ni siquiera una buena película, sino un regalo a los fans, una CONCLUSIÓN, un suspiro de paz.

Es difícil alcanzar las cotas de belleza y emoción del serial original (el baile de Jewel y el doctor, la paliza a los niños, etc.), pero la película ni lo intenta. Está a lo que está. Y después tanto tiempo, cuando nuestras esperanzas ya estaban perdidas, esto no es poco.

Deadwood ha permanecido congelada diez años en un extraño limbo y volvemos a ella tal como la dejamos. Todo resulta acelerado (son muchos personajes y todos reclaman su minuto de gloria), pero extrañamente liberador. Y la figura de Bullock (ese enorme y titánico Timothy Olyphant) se sitúa como la gran triunfadora del relato, la más revindicada. Con él empezó todo y con él acaba. La serie era un western y a, su vez, no lo era. Era la historia de un mundo cruel y de los hombres y mujeres que lo habitaban, que intentaban cambiarlo, ya sea a través de la furia (Bullock), del respeto a las buenas maneras (Utter) o de la bondad pura (Sol Star). El final de Deadwood respeta a sus personajes y se toma las licencias que se debe tomar con la historia real, pero todos aquellos seres maravillosos dejan su huella en el mundo (los buenos y los malos). Deadwood es la historia de una cicatriz y de la forma en que ésta se cura.

Deadwood no fue nunca un western, pero termina como los mejores de ellos: el héroe regresa a casa, y el horror y la violencia pagan sus deudas. Algunos personajes mueren, otros aceptan su destino, unos pocos encuentran la felicidad. Nieva sobre Deadwood y suena una música maravillosa.

Daniel Lasmarías

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