Comanchería (Hell or High Water, David Mackenzie, 2016)

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Nunca lo hago pero le voy a dedicar las primeras lineas de esta reseña a la banda sonora de la película. Se lo merece. La música es muy importante en Comanchería. Nick Cave y Warren Ellis acostumbran a colaborar en esto del cine, firmaron entre otras la preciosa banda sonora de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007). Ellos manejan el cotarro. Todos los temas instrumentales son suyos y son lo suficientemente épicos para acompañar la historia que se nos cuenta. Lo justo, sin grandilocuencia. Brindo también por los temas cantados. Pertenecen a gente tan interesante como Townes Van Zandt o Waylon Jennings, los fuera de la ley del Country. Texas manda, el sur se impone.

Y es que Comanchería va de dos hermanos que atracan pequeños bancos rurales en el oeste de Texas. Tanner y Toby Howard (Chris “Star Trek” Pine y Ben Foster). Uno está mucho más loco que el otro pero tienen sus motivos para hacer lo que hacen. La ley les persigue encarnada en Marcus Hamilton y Alberto Parker (Jeff Bridges y Gil Birmingham), dos Rangers de Texas que tampoco se andan con chiquitas.

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Suena muy redneck, pero todo esto lo hace un inglés de pura cepa, David Mackenzie. Ya nos sorprendió con la intensa y violenta Convicto (Starred Up, 2013), un drama carcelario centrado en la relación entre un padre y un hijo que malviven con sus demonios interiores y exteriores en una sórdida y destartalada prisión inglesa de máxima seguridad. Una claustrofobica, opresiva y bonita historia de amor paterno-filial entre dos personajes con gravísimos problemas de ira. El ultimo adjetivo no es el más correcto pero la humanidad que transmiten los protagonistas me ha hecho decantar por él. Esa humanidad que nunca abandona a los personajes de Mackenzie por más cuestionables que sean sus actos –no voy a entrar ahí– todavía está más lograda en Comanchería. Es su plato fuerte.

Perdidos en las llanuras texanas, siempre al galope entre un pueblo desolado y otro todavía peor, los hermanos Howard, dos representantes de la más pura white trash, ejercen de bandidos con causa. Causa hipotecaria, extrema pobreza. El director no duda en subrayar las claves del conflicto, con esos travellings rodados desde la carretera en los que, a partir de vallas publicitarias, chabolas, bosques de chimeneas y bombas petrolíferas se nos muestra el abandono y la especulación salvaje en las que medra la Texas más rural y profunda. Pero volvamos a la relación entre los dos hermanos, me parece magnética. Son la noche y el día y sin embargo están atrapados por la causa. La película nos cuenta lo mínimo sobre su relación anterior pero pinta que se llevaban como el perro y el gato. Se nos permite conocer el pasado hasta cierto punto y lo demás corre de nuestra cuenta. Esa sutileza narrativa es otra de las bazas de la película.

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Pero los Rangers de Texas no descansan. Aquí cada cual hace su trabajo y el director los justifica o los deja de justificar a todos por igual. Hay una especie de melancolía épica por los tiempos en los que se podía vivir atracando bancos –un cliente se lo suelta a Bridges sin pestañear– y por el forajido que se toma la justicia por su mano. Pero también se establece un discurso alrededor de la ley y la justicia que no admite dudas. Los hermanos Howard representan lo primero y los rangers lo segundo. Hay cierta comprensión por ambos lados hasta que la fatalidad se impone.

La misma humanidad que encontramos en los dos atracadores la vemos en Marcus Hamilton (Bridges) y su ayudante Alberto Parker (Birmingham). A estos también hay que darles de comer aparte. Marcus esta a punto de jubilarse, Alberto es mitad mexicano mitad comanche: todo americano. Es católico y es un indio, eso le convierte en el blanco de las bromas raciales de Marcus. Tipos duros pero entrañables. A su manera. Son enternecedores los diálogos que se establecen entre ellos, esa relación tensa, políticamente incorrecta, pero al final cariñosa. Otra vez la humanidad.

No puedo evitar mencionar en este momento la escena de la cafetería a la que acuden mientras montan guardia en uno de los bancos. Esa señora tan ruda que les atiende, la reacción de ambos. Sencillamente antológica.

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Aquí no hay ni buenos ni malos. La Texas de Comanchería –y sospecho que la de verdad– está a otro nivel. Y ademas todo el mundo tiene armas. Las atesoran, las veneran, los ciudadanos forman milicias mientras sueñan en usar el rifle de asalto que les regalaron por Navidad. Hay chistes sobre ahorcar a los malhechores y nadie duda de su derecho a disparar al primero que entre en propiedad ajena. ¡Me encanta el Oeste de Texas! Se reafirma Marcus ante la constatación del lugar en el que vive.

Presiento que Mackenzie imprime parte de critica y parte de admiración en todo esto que cuenta, de nuevo buscando comprender las situaciones más duras. Además lo hace desde fuera. No olvidemos que es inglés y que esta es su primera gran película americana, con lo cual la mirada sobre el racismo, la violencia, la ley y otros temas que se deslizan por la cinta adquiere unas connotaciones muy diferentes, que pueden llegar a sorprender a los mismos americanos.

Narrativa del salvaje oeste; impresionante fotografía cálida para localizaciones en decadencia; poblaciones venidas a menos –cuasi fantasmas–; música totalmente acorde; actuaciones potentes –sobre todo la de Bridges– y un guión de Taylor Sheridan (responsable de la estupenda Sicario, de Denis Villenueve) sencillo pero absolutamente eficaz. Originalmente debía llamarse Comanchería, luego lo cambiaron por Hell or High Water, que viene a significar “cueste lo que cueste” o “a cualquier precio” (en España se ha mantenido Comanchería). Me parece un buen titulo, es la definición perfecta de los protagonistas, de todos los protagonistas. Al final queremos que ganen los dos bandos, ambos nos conmueven. Pero la vida es dura como un maldito western.

Dani Morell

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