Prisioneros (Prisoners, Denis Villeneuve, 2013)

Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado.”
André Gide

Este es un año excelente para el cineasta canadiense Denis Villeneuve, pues no solamente estrena una poderosa y embriagadora película como Enemy (de la que os pudimos hablar en una de las crónicas del reciente Festival de cine de Sitges), sino que también ha presentado Prisioneros, que en pocas palabras es una pieza de elaboradísima artesanía para el género del thriller y una auténtica delicia cinematográfica. Una historia de secuestro de dos niñas pequeñas con padres sufridores, con posibles sospechosos, y con detective concienzudo y laborioso que batalla en ese tortuoso camino que es el de la búsqueda de la verdad. Es éste uno de esos films con los que uno lo pasa mal durante todo el metraje y al mismo tiempo disfruta como un bebé con la potente calidad del cine que tiene ante sus ojos.

El guión de Prisioneros –de Aaron Guzikowski– es un ejemplo genial de cómo aunar en una sola trama el aspecto más clásico de suspense con una temática de controversia moral complicada y gris, tremendamente gris. A medida que la historia avanza, el punto de vista del film va balanceándose de un lado al otro, de un personaje a otro, de modo que como espectadores entendemos las decisiones tomadas pero instantes después también las cuestionamos; nos ponemos en la piel de los personajes, y al mismo tiempo el trabajo de guión nos hace salir de ellos y verlos desde fuera. Parece una tontería, o algo nimio y facilón, pero de eso nada, en absoluto. Dificilísimo conseguir ese constante balanceo entre una empatía y otra, entre una moralidad y otra. Y al mismo tiempo la trama de thriller de desapariciones avanza, la investigación, las pruebas, las pistas, los sospechosos, todo ello se entremezcla con las decisiones que algunos personajes están tomando y configura un torbellino hipnótico dentro de una narración perfecta.

Obviamente es éste también un film de actores, por lo que, dejando a un lado las interpretaciones secundarias –Viola Davis, Maria Bello, Melissa Leo, Terrence Howard, Paul Dano–, todas ellas más que notables, hay que hacer un claro hincapié en los dos actores principales sobre los que se sustenta toda la película: Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, que nos hacen disfrutar con un poderoso pulso interpretativo. Jackman hace un trabajo enérgico e intenso, una de esas actuaciones tan marcadas por la rabia, la furia, la incapacidad de raciocinio en una situación de angustia máxima; el actor ruge con su voz pero también con su cuerpo, un cuerpo en constante ebullición, explotando en el seno de la ira a cada momento. Y es su personaje el más claro, el más directo: un padre. Un padre que ha perdido lo que más ama, y que desea recuperarlo por encima de cualquier cosa, dejándose llevar por ese deseo incluso de una forma tan visceral que su punto de orientación dejará de ser la verdad, para pasar a ser su verdad.

Sin embargo, y aún alabando la excelente interpretación de Jackman, la sorpresa nos la llevamos con el trabajo de Jake Gyllenhaal en el papel del detective Loki encargado del caso. Y es una sorpresa porque si esperamos al clásico detective de thriller, éste no aparece; en su lugar tenemos a Gyllenhaal encarnando a un hombre metódico, profesional y justo (como todo clásico detective) pero que al mismo tiempo se nos presenta como un individuo silencioso, ausente, poco sociable y con una tensión extraña en su interior que podemos intuir pero no entender. Está claro que el detective Loki no es un tipo feliz, y que seguramente no ha tenido un pasado maravilloso, pero en ningún momento se abre la veda para explicar nada de eso, ni para profundizar en el personaje, lo que hace que sea aún más interesante, más magnético y enigmático. Pues a pesar de esa oscuridad que se transluce de su interior, el personaje de Gyllenhaal es claramente un soldado del bien, de la verdad, aunque él mismo no se fíe demasiado de una verdad única e inequívoca. En un mundo grisáceo el detective Loki debe investigar de rostro en rostro, de sombra en sombra, mientras la oscuridad de su interior parece permitirle solventar todo obstáculo emotivo o sentimental. Comparando a los dos personajes, el de Jackman es un individuo en plena ebullición constante, su estado es continuamente el de la ira imparable e incesante, mientras que el personaje de Gyllenhaal es un sujeto que en todo momento está dominándose, controlando y reteniendo a sus demonios: es una bomba a punto de estallar que está al servicio del bien, pero sigue siendo una bomba.

Gris. Gris es el tono moral de la película, y gris es la película en sí misma. La fotografía del film está imbuida de un no-color, de una no-luz: nubes, sombras, envolvente oscuridad agrisada encima de unos personajes palidecidos y demacrados que caminan por un mundo en el que nunca brilla el sol. Todo ese tono potentemente grisáceo está cincelado con gran maestría sobre todo a la hora de contrastarlo intensamente con tonos rojos, con las paredes blancas de la comisaría y con el exagerado color rosa de la habitación de una de las niñas. Todo ello hace que como espectadores lleguemos a compartir con los personajes un hastío y un espeso pesimismo, una pesadez vital en la que flotan todos los sujetos, intentando convivir con algo que no quieren creer y que no pueden entender. Las nubes grises descargan sobre ellos y sobre nosotros un sufrimiento que termina entretejiendo una película excelente, de las mejores de este 2013.      

Xavier Torrents Valdeiglesias

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