Picnic en Hanging Rock (Picnic At Hanging Rock, Peter Weir, 1975)

El día de San Valentín de 1900, las estudiantes de la Escuela Appleyard marchan de excursión a Hanging Rock, una región montañosa a las afueras de Australia. Durante el picnic parecen ocurrir una serie de fenómenos sobrenaturales, el tiempo se detiene, las estudiantes y maestras caen dormidas, y tres muchachas (incluida la hermosa y enigmática Miranda) y una de sus profesoras desaparecen en algún lugar entre las rocas…

“Todo lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño dentro de otro sueño”. La primera frase que oímos a lo largo del largometraje, de Edgar Allan Poe, en boca de la misteriosa Miranda, ya encierra en sí misma gran parte del enigma insondable que encierra la segunda película de Peter Weir, que durante la primera etapa de su carrera, interesantísima por cierto, mostraba una especie de obsesión por plantear el contraste entre culturas, la aborigen australiana y las costumbres asimiladas por los colonizadores ingleses. Si bien la parcialmente fallida Los coches que devoraron París  (The Cars that ate Paris , 1974) intentaba con mucha timidez hincar el diente en este tema, aunque se perdía en su propia excentricidad y pintoresco sentido del humor, tanto esta obra maestra como su también excelente película posterior,  La última ola (The Last Wave , 1977), cumplían con creces su cometido.

El choque entre estos puntos de vista está bien visible en el film, primero entre la confrontación, paulatina, entre Sara, la estudiante enamorada de Miranda, tímida y sensible e incapaz de superar la pérdida de su angelical amiga -una presencia etérea, obsesiva y constante a lo largo de todo el transcurso de la película-, y la autoritaria y rígida señorita Appleyard. La tenaz tortura que somete la segunda a la primera, a la que parece culpar de algún modo por la desaparición de las muchachas, representa bastante el asfixiante poder de las costumbres inglesas sobre las nativas australianas, y el desenlace será fatal para ambas. No obstante, también hay un punto de vista más positivo del modo inglés de vida en la figura del joven y noble Michael Fitzhubert, quien coincide con Miranda el día de su desaparición y, fascinado por su imagen, decide ir a buscarla a donde quiera que haya desaparecido. Mientras que la policía fracasa en su intento de encontrar una sola pista de las jóvenes y la maestra, Michael logra entrar en ese portal que parece fusionar la carne con la piedra y traer de vuelta a Irma, una de las chicas que entró en la roca de Hanging Rock. El romance que se iniciará entre ambos se truncará cuando Irma revele a Michael detalles sobre lo sucedido en el interior de la roca, detalles que el espectador ignora por completo, pero que serán incapaces de aceptar por un modo de vida basada en la razón.

La cargada sexualidad, nunca explícita, parece ser otro de los puntos clave del film. Es el deseo no consumado lo que parece mover las acciones de varios de los personajes, el anhelo de Michael y Sara por Miranda, el de la señorita Appleyard por la señorita McGraw, la maestra desaparecida… en un mundo en el que el sexo parece no ser aceptado, quedando patente en el momento en el que Irma vuelve a la escuela, con un vestido rojo y acompañada por Michael, siendo rechazada por sus compañeras.

Picnic en Hanging Rock fue de las primeras películas en “venderse” como basada en hechos reales -truco que funcionó perfectamente a los hermanos Coen en su también estupenda Fargo (Fargo, 1996)- cuando realmente no hay testimonios que verifiquen en ningún momento los datos en los cuales se basó Joan Lindsey para su libro. La autora de la novela principal siempre mantuvo un total y completo silencio al respecto de su obra, y nunca se llegó a saber del todo qué hechos concretos de la historia eran ciertos, y en qué otros la novela “simbolizaba” la realidad. Aunque la fobia que tenía la novelista a los relojes (que puede explicar en cierto modo los juegos con el tiempo que hay a lo largo del film y que Weir supo trasladar a la perfección) y la elección de sus fechas se intuye como un tipo de mística entre supersticiosa y mágica. Cuando se editó originalmente el libro en 1967 Lindsay prefirió no añadir el capitulo final donde se resolvía, parcialmente, el misterio de las rocas, aunque después de su muerte, en 1989, fue editada en Australia una edición donde aparecía este mítico “capítulo 18”, donde se descubría la intriga en torno a la desaparición de las chicas -y de sus corsés-, de un modo -que tampoco voy a revelar aquí- de todas maneras muy acorde con el transcurso de la historia; sin embargo, Weir prefirió utilizar el misterio para jugar con sus propios temas, dejando un poco de lado la trama sobrenatural para utilizarla dentro de sus propias obsesiones de forma ejemplar.

La sensación de “sueño” e “irrealidad”, algo así como el punto de vista de los colonizadores ingleses ante aquello que no pueden explicar, puesto que se trata de algo ancestral, inherente a la propia tierra e incapaz de ser descrito, fue perfectamente captada por el excelente trabajo en fotografía de Russell Boyd. El complemento perfecto fue la espléndida banda sonora de Bruce Smeaton y la música de pipas y órgano de George Zanfir, que lograban el efecto sonoro de diferenciar los dos tipos de mundos que cohabitan el universo del largometraje.

Anécdotas:

* La edición director’s cut en DVD de 1998 no solo no añadía más metraje, sino que cortaba siete minutos de la película original, en un deseo expreso de Peter Weir de mantener el misterio del film * En 1969, un estudiante de 14 años llamado Tony Ingram ya hizo una versión del libro, un cortometraje de seis minutos llamado The Day of St Valentine, del cual estuvieron a punto de usarse fotografías para acompañar una de las múltiples reediciones australianas de la novela. * El papel de la señorita Appleyard iba a ser interpretado por la actriz Vivien Merchant, quien abandonó en el último momento debido a una enfermedad, siendo sustituida por Rachel Roberts. * Ingrid Mason fue la actriz originalmente elegida para dar vida a Miranda, siendo sustituida por orden expresa de Weir a poco de empezar el film (Mason tiene un rol secundario en el film). Cuesta imaginar a una Miranda sin los hermosos rasgos de Lambert, todo sea dicho.

Javier J. Valencia

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