M. El vampiro de Düsseldorf (M, Fritz Lang, 1931)

Si se puede contar algo importante en diez minutos, mejor no hacerlo en treinta. Ésta podría ser una máxima que atribuir a Fritz Lang, un director que no se anda con rodeos y desde el primer minuto introduce al espectador plenamente en la acción de sus películas, tal y como sucede en ésta. En M. El vampiro de Düsseldorf se lleva a cabo un inicio de film sobrecogedor en el que vemos el secuestro de una niña, sin verlo, pues ahí reside el verdadero horror de la secuencia, mucho más impactante así. Todo está realizado con un montaje encadenado de diversos planos, pero con la característica que Lang no nos muestra unos planos demasiado cortos o demasiado largos, en ningún caso es así. Todos y cada uno de los que componen esta secuencia inicial están calculados de forma que muestren lo justo y necesario que el espectador necesita ver para entender qué está sucediendo y cómo.

En dicha secuencia los primeros planos son los de una niña jugando con unas amigas y cantando una canción premonitora de lo que va a ocurrir, a continuación se nos intercalan planos de ella y su pelota con los de su madre esperándola en casa, y en seguida se nos muestra uno con un cartel informativo sobre el asesino de niñas. En este instante y sin haber mostrado nada más, Lang ya nos ha dado muchísima información, de hecho nos ha metido de lleno en la trama de la película, sin necesidad de prólogo o breve introducción. Y lo que sigue lo perfecciona: el plano de la sombra del asesino sobre el cartel anterior, éste se encadena con momentos de la madre, seguidamente con instantes del asesino y la niña comprando un globo. Siguiendo con esta dinámica en menos de dos minutos Lang trabaja un fuera de campo excelente: la pelota abandonada en la hierba, el globo atrapado en las redes eléctricas. En pocas ocasiones una secuencia de secuestro de una niña ha sobrecogido tanto, sin mostrarlo.

Después de dicho inicio de ritmo rápido en el que el espectador se siente atraído intensamente por la historia, la película opta por un ritmo más pausado para poder tratar la investigación policial y seguidamente las diferencias entre ella y el gremio de delincuentes –casi como una crónica o reportaje–. Es en dicha parte donde detectamos otro de los elementos que ayudan a completar correctamente el film: el sonido. Fritz Lang trabaja el sonido dándole muchísimo protagonismo, incluso cuando no hay sonido. Los silencios de M. El vampiro de Düsseldorf son geniales, todos ellos cuentan algo, por ejemplo la redada y persecución policial a posibles sospechosos de los asesinatos; ese silencio convierte la secuencia en algo extraño, violento, deshumanizado y pesimista, como la Alemania en crisis de la República de Weimar que el metraje está reflejando en todo momento. Y en cuanto al montaje, hay un recurso que resulta muy interesante y es aquél en el que Lang encadena diversos planos a partir de las líneas de diálogo: cuando los agentes de policía recrean los hechos acontecidos del asesinato, dicho discurso pasa a convertirse en una voz en off y se le va mostrando al espectador los diferentes escenarios de los que se habla. Pensemos que se trata de los años 30 y luego volvamos a ver dicho montaje: es claramente muy novedoso. Y remite a lo que decíamos al principio: cómo Lang ahorra mucho tiempo a la hora de contar una historia, y consigue contarla mejor.

Pero tampoco olvidemos qué es lo que cuenta Lang: temas muy importantes para la época, como la realidad de una Alemania desorientada y perdida en el seno de su sociedad, así como un reflejo de ese pueblo alemán que se conoce demasiado bien y mal a sí mismo (reflejado por la intervención de los vagabundos en la trama). Sin embargo, lo mejor seguramente es ese juicio final en el que el debate va más allá de encierro o muerte, centrándose en cosas tan actuales como qué es la culpabilidad y qué tipos de culpabilidad pueden haber. Una visión pesimista para un film pesimista, que a la vez es una maravillosa obra maestra.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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