Matar o morir (Peppermint, Pierre Morel, 2018)

Después de que Eli Roth trajera de vuelta la esencia de Charles Bronson con su remake de El justiciero, Pierre Morel, director que inauguró la trilogía de Venganza en 2008 con Liam Neeson, ha rescatado del mismo modo el subgénero de justicieros urbanos que tanto destacaron en los setenta y ochenta, pero utilizando su largometraje como simbolismo de empoderamiento femenino en pleno auge del feminismo. Jennifer Garner es la encargada de protagonizar el film de Morel. Un film lleno de tópicos que ya hemos podido ver en tantas otras películas con las que comparte temática: una banda de criminales destruyen el núcleo familiar de una persona y ésta, en vista de que la ley no opera como debería, decide tomarse la justicia por su mano e ir en busca de aquellos que le arrebataron lo que más quería.

Morel, además de convertir al justiciero en justiciera, parece haberse marcado el objetivo de que su film sea tan o más violento que el remake de Roth. Teniendo en cuenta que el segundo es conocido, sobre todo, por sus trabajos dentro del cine de género –como Infierno verde o Hostel– su largometraje, con Bruce Willis a la cabeza, estaba dotado de altas dosis de una violencia bastante explícita que enmascaraba la furia de su justiciero masculino bajo una capa de planos oscuros que jugaban, a veces, con el fuera de campo y la imaginería del espectador. Y Morel pretende que todo atisbo de violencia quede captado por la retina del espectador en su película. Pone toda la carne en el asador para que Garner protagonice unas escenas gore donde, prácticamente, vemos absolutamente todo lo que ocurre; ya sean navajazos, disparos a la cabeza o desmembramientos. Matar o morir, en ese sentido, le da mil vueltas a otras películas de su mismo subgénero por la capacidad que tiene el director para rodar escenas de acción muy vistosas que no se autocensuran. Podríamos estar ante un nuevo bloque de films de justicieros contemporáneos que pretenden llenar su guion a base de sangre y vísceras.

Morel sabe que navega en aguas de un subgénero ya explotado hasta la saciedad y que poco más tiene que ofrecer. Es por ello por lo que toma la decisión de convertir su puesta en escena en un verdadero teatrillo visceral donde Garner luce igual que lo hizo en Elektra (Rob Bowman, 2005), ese infravalorado spin-off de la no tan brillante Daredevil (Mark Steven Johnson, 2003) protagonizada por Ben Affleck. Vacía de significado –o llena de un significado conocido ya por cualquier persona que frecuente medianamente un cine-  Matar o morir no tiene nada que envidiar a otros filmes de justicieros cargados de testosterona. Juega con los mismos conceptos y no sale de los estándares delimitados, pero poder ver a Garner absolutamente desenfrenada cargándose a diestro y siniestro a todo el que se le cruza por delante, es una gozada. Lo que debería convertirla ipso facto en eso llamado guilty pleasure –placer culpable-, pero lo cierto es que Morel sabe que con lo que más disfruta el gran público es con un buen espectáculo violento. Un espectáculo que, por supuesto, no les afecte y sepan que están seguros en sus butacas. Algo que se lleva haciendo desde que los romanos ocupaban su tiempo de ocio para ir a ver gladiadores matándose en la arena.

Tras dar la turra con las películas de Venganza –casualmente estrenada hace diez años-, Pierre Morel demuestra una vez más que él también puede ponerse violento, si quiere, y que está aquí para contentar a las masas saciando sus necesidades básicas primarias.

Xavi Mogrovejo

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