Juego de ladrones (Den of Thieves, Christian Gudegast, 2018)

El film de Christian Gudegast quiere ser muchas cosas: quiere ser Los Mercenarios (2010, Sylvester Stallone) por su imperiosa necesidad de tener que crear a un grupo de protagonistas malotes. Con la diferencia de que aquí no son mercenarios, sino supuestos agentes de la ley que tienen más aires de gángsters que de otra cosa. Quiere ser Cien años de perdón (2016, Daniel Calparsoro) o Plan de fuga (2017, Iñaki Dorronsoro) porque necesita realizar atracos a bancos de un modo poco habitual. Y quiere ser Sicario (2015, Denis Villeneuve) porque pocos thrillers han impactado tanto como ella en los últimos años. Den of Thieves –traducida aquí como Juego de ladrones: El atraco perfecto– conseguiría un resultado similar al de aquellas si no fuera porque solo es una cinta sin alma ni sello propio con el único propósito de rellenar cartelera y sacar el beneficio justo en taquilla.

Cabría esperar que la crítica de un film que cuenta con una superestrella como Curtis ’50 Cent’ Jackson girase en torno a su figura y en cómo esta, y la de los personajes públicos famosos que no son actores en general, afecta al trabajo de los actores profesionales. Pero, lo cierto, es que su presencia es tan poco destacable y el argumento del film algo tan visto –a excepción, quizás, de su plot twist final- que ni siquiera eso supone un punto lo suficientemente fuerte como para hacer girar una reflexión alrededor de ella. Ni tan solo la banda sonora de Cliff Martínez es suficiente como para hacer que Cliff Martínez  sea digna de ser recordada. Aunque, por lo menos, puede gozar y presumir de tener unas secuencias de acción bastante dinámicas e inmersivas en las que prácticamente puedes sentir cada disparo.

Claro que su acción se vería increíblemente mejor si no fuera porque el argumento de la cinta no da más de sí. Gudegast alarga la trama como si de un chicle se tratase con toneladas de relleno, que oscilan sobre el personaje de Butler, para casi obligar al espectador a tener que empatizar con él por las desastrosas situaciones personales en las que se ve sometido por sus adicciones. Algo que inevitablemente incita a hacer todo lo contrario y solo encontrar clichés en su personaje.

Lo que sí levanta cierta curiosidad es un dato que comparten Gerard Butler, el protagonista de Den of Thieves, y Russell Crowe en su carrera cinematográfica. Butler ha realizado un papel similar al de Crowe en Dos buenos tipos (2016, Shane Black); se ha convertido en una especie de hombre renegado que actúa para el sistema pero reniega de él y de los criminales que la componen. Es un hombre lastrado por la bebida y las drogas con el único propósito de atrapar a aquellos que se saltan las reglas y que intentan demostrar que son más duros que él. Si bien Crowe marcó su carrera –o, por lo menos, la marcó de cara el público- con su papel de Máximo Décimo Meridio en Gladiator (2000, Ridley Scott), Butler hace algo semejante, puesto que para muchos será el eterno Leónidas de la 300 de Zack Snyder. Ambos, que han dado vida a personajes –reales o ficticios- que han marcado un antes y un después dentro de la historia. Por lo que resulta irónico que ambos hayan pasado de ser guerreros legendarios, uno en las termopilas y el otro en la arena romana, a convertirse en los tipos más duros de Los Ángeles.

Christian Gudegast ha construido un largometraje arquetípico con la misma intención con la que Michael Bay realiza su franquicia de Transformers: para mantener el Ferrari. Den of Thieves sirve como entretenimiento siempre y cuando se la acepte como un film menor con ninguna pretensión de querer nada más que intentar ofrecer un buen rato. A pesar de que lo consigue a duras penas.

Xavi Mogrovejo

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