Heat (Michael Mann, 1995)

Luces y oscuridades del paisaje urbano de Los Angeles… así nos embriaga ya Michael Mann en los primeros compases de Heat, mientras Neil McCauley (Robert de Niro) irrumpe en escena bajándose del tren como el clásico “outlaw” del lejano oeste, llegando a un nuevo destino, un nuevo objetivo, un nuevo plan de robo. Estamos en la caótica ciudad del metal, vidrio e infinitas luces de rascacielos que rodean a los personajes, perdidos en la inmensidad; da igual que pertenezcan al bando criminal o al de los agentes de la ley, estos sujetos son cuerpos solitarios en el vacío frío urbano. Por esa razón la cámara de Mann se centra en ocasiones a lo largo del film en los planos medios, dando relevancia a los rostros y sobretodo a las miradas, poniendo énfasis en hacia dónde miran estos personajes, a quién miran y cómo. Porque si Heat tiene una columna vertebral sin duda ésa es la que se construye a partir del trabajo de personajes llevado a cabo: individuos cargados de profundidad y áurea mítica al más puro estilo del western clásico y también del thriller de acción de los años setenta como The Getaway (Sam Peckinpah, 1972) o The French Connection (William Friedkin, 1971). En este film que narra una vez más la eterna lucha entre policías y ladrones, desde el mismo Neil, pasando por Chris (Val Kilmer) y llegando al detective Vincent (Al Pacino), estos personajes son formalmente mostrados casi como iconos visuales, algo que Michael Mann ya había empezado a forjar en El último Mohicano (1992) y que desarrollaría con mucha más delicada presteza en el futuro con Collateral (2004), Corrupción en Miami (2006) y Enemigos Públicos (2009).

Sin embargo, ¿cómo se consigue presentar a estos individuos envueltos en esa áurea icónica? Si el excelente trabajo de personajes es la columna vertebral de Heat, sin duda el cerebro de la película es el trabajo formal: el montaje por un lado, que imprime un enérgico y equilibrado ritmo a la cinta, por otro, la fotografía, capaz de capturar todo el áureo encanto moderno de la jungla metalizada urbana, y por otro también el trabajo del panorámico y del ágil uso del movimiento de cámara. Ejemplo de ello es la más que famosa secuencia de robo al banco y posterior persecución a pie por la gran avenida plagada de policías. Jamás se había compuesto tan bien una sinfonía como ésta de planos, uso del sonido y movimientos de cámara: una de las mejores secuencias de acción de la historia del cine. Pero algo destacado en ella y que no se acostumbra a señalar es lo que se esconde en el trasfondo de la acción, algo que consigue lograr magistralmente Mann: ¿qué siente exactamente el espectador en ese instante en el que Neil y su banda están a punto de tener éxito en su robo y en el que de repente irrumpen Vincent y los demás agentes haciéndoles fracasar? Se trata de una extraña y ambigua sensación, pues no se desea que Neil fracase, pero tampoco que la constante caza de Vincent acabe en nada… lo que nos damos cuenta en ese momento es que como público vamos a la par de los dos protagonistas, sin discernir entre buenos ni malos a la hora de simpatizar con ellos. Ahí está el alma de Heat, el corazón de esta película lo componen Robert de Niro y Al Pacino.

En un lado de la moneda tenemos a Neil (De Niro), el “outlaw”, el metódico jefe de la banda, sabio y austero, dotado de una dignidad que se ha forjado en el seno de lo indigno; al otro lado tenemos a Vincent (Pacino), el héroe como “outsider”, el héroe no como salvador basado en el burdo e inverosímil maniqueísmo, sino el verdadero héroe, aquél que desciende al fondo del abismo y desde allí nos protege desde las sombras. “Sólo soy lo que persigo” dice Vincent, ésa es su condena, su sacrificio, para él no hay salvación posible, el camino que ha escogido es el de, al igual que el mártir, salvar el resto de vidas dando por perdida la suya. El verdadero héroe es aquél que sacrificándose se ha sumido en las sombras y que en el corrompido mundo de hoy en día es capaz de impregnarse del horror que nos rodea para sublimarlo, convirtiéndolo en un grito de poderosa justicia y así proteger a la sociedad que tan bajo está cayendo.

O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en el villano”, ésta es la sentencia que estructura El Caballero Oscuro (Christopher Nolan, 2008) y al mismo tiempo también es el alma que radica en el trasfondo de ese defensor de la ley en Heat. Vincent conforma una parte importante de la mecánica con la que Christopher Nolan perfila ese sacrificio de Batman como el verdadero héroe: el que no brilla ante los focos, el que no recibe aplausos, el que desde las sombras combate contra el abismo habiendo caído por él. Así el personaje de Pacino se halla sacrificado en el abismal fondo de todas las cosas, y allí es donde se encuentra con su opuesto al otro lado del espectro: Neil (De Niro). Cazador y presa, uno sin el otro no son nada y al mismo tiempo los dos no pueden permanecer mucho tiempo conviviendo en el mismo abismo. De ahí esa secuencia final en la que las dos oscuras miradas de estos seres perdidos se confrontan, y al caer abatido Neil, el oscuro héroe Vincent hace lo único que le queda por hacer: coger la mano de su enemigo y sostenerla con fuerza, en ese lugar donde los dos se unen en uno, ese lugar en el que “bien” y “mal” son simplemente palabras que intentan racionalizar algo inexistente; ese lugar donde intentar dotar de sentido al mundo exige sacrificarlo todo por una espesa, putrefacta y luminosa oscuridad.

Michael Mann dio un verdadero salto cualitativo de altura con esta película, filmando uno de sus mejores trabajos gracias a la equilibrada sinfonía que compuso entre historia narrada, entretejido de personajes expuestos y magnánima formalidad visual. En definitiva, uno de esos clásicos que merece ser revisado continuamente. Por último, si me preguntáis por el más que conocido y cansino rumor de que Al Pacino y Robert de Niro quizás nunca rodaron una sola escena juntos ya que en el film no se les ve claramente a los dos en el mismo plano: bueno, después de todo lo comentado, tras ver la película una vez más y teniendo ante nosotros uno de los mejores films de los últimos treinta años de historia del cine, mi respuesta es: ¿acaso importa?

Xavier Torrents Valdeiglesias

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