El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Yorgos Lanthimos, 2017)

¿Cuál es el precio de jugar a ser Dios?: Que un día llegará uno de verdad y te pasará cuentas.

Según el folklore japonés los ciervos de Nara (en los templos de Kasuga y Kōfuku-ji) se consideraban sagrados. Matar a uno de estos ciervos era una ofensa capital castigada con la muerte hasta el siglo XVII.

No sabemos si Lanthimos se refiere a estos animales en el título de su última película, El sacrificio de un ciervo sagrado. Como en muchas otras cosas, aquí sólo podemos especular. Y ese es uno de los encantos de su cine, las enormes posibilidades que abre, el desafío que nos propone más allá de otros directores que sólo son capaces de lanzar fuegos artificiales para, inmediatamente después, ponerse a explicar la razón de su elección de colores. No, el griego nos plantea un reto y nos anima a resolverlo sin que nos de miedo equivocarnos.

Si nos gusta jugar, lo vamos a disfrutar. O no.

Hay un posible error en la traducción del título de The Killing of a Sacred Deer al español. To kill se puede traducir por asesinar o matar, o incluso por cazar (cuando se refiere a animales), pero casi nunca por sacrificar (un uso definido en los diccionarios como “poco habitual”). El error, por otra parte, es comprensible si uno sabe de qué va la película: Steven (Colin Farrell) es un famoso cirujano casado con Anna (Nicole Kidman), una respetada oftalmóloga, con la que tiene dos hijos. Su relación se basa en la frialdad, en la convención social y en la mentira. Pero todo se quiebra con la llegada de Martin (un estupendo Barry Keoghan) y los sentimientos (buenos y malos) brotan como un manantial cuando éste les pide un sacrificio.

Sin embargo, el sacrificio del que habla la película no es el del ciervo sagrado, sino otro más retorcido. Matar al ciervo (aun accidentalmente) trae una maldición de la que sólo a través de un martirio supremo se puede escapar.

Yorgos Lanthimos ya no sólo se propone diseccionar (o demoler) el concepto de Familia (Canino, 2009) o de Amor (Langosta, 2015), sino que da otro paso, quizás suicida y ampuloso, y decide juzgar a la sociedad en su conjunto. Si sus anteriores películas abrazaban la metáfora desde un principio, aquí, como muestra de madurez, lo fantástico tarda en llegar, lo simbólico se cocina a fuego lento, primero mostrando un mundo reconocible (despojado de sentimientos), para, poco a poco, dejar entrever la llegada de la Magia y, con ella, el dolor y el sufrimiento.

La película se abre con un corazón palpitante, un cuerpo abierto y por encima de él un grupo de seres (médicos y enfermeros) llegando lo más lejos que nosotros, como raza, hemos sido capaces de alcanzar. El más maravilloso de los mundos. La ciencia y nuestro orgullo. Y allí se introduce, como un virus, Martin. Y allí, ante todos, pide un sacrificio. La llegada de lo arcano a una sociedad moderna rompe la familia y nos lleva a cuestionar los límites del amor. Ahí está la obsesión de los personajes por el vello corporal, como símbolo de ese retroceso, de esa vuelta a los orígenes.

Steven cree que puede redimir su pecado, el asesinato del ciervo, a través de regalos y de ofrendas (el reloj) al hijo de su víctima, un dios tembloroso que los acepta, pero que quiere otra cosa, quiere que el Universo recupere el orden.

Porque no, no es una venganza. El hecho de que Martin lo primero que intente sea reconstruir su familia, y obligar para ello al médico a amar a su madre (Alicia Silverstone), demuestra que no es el rencor lo que le mueve. Es la justicia. Es la ley más antigua, el ojo por ojo. Martin quiere ordenar el mundo a través de lo simbólico. Y la familia de Steven tiene que entenderlo. Poco a poco los personajes se van librando de sus falsos ropajes, de sus mentiras y convenciones. Poco a poco, luchando por sus vidas, se les puede reconocer como seres humanos.

El corazón sigue ahí, latiendo, primitivo. Y ese es el abismo al que la cámara nos lanza. La tragedia que contemplamos no es una tragedia clásica, es algo más brutal y antiguo. Algo que nos lleva al Japón medieval, a la tradición bíblica o al mundo de los héroes mesopotámicos. Antes de la llegada de la razón y del mundo moderno. Y esa verdad antigua, la del código de Hammurabi, la de lo simbólico como parte de lo real, va contaminando el mundo de esa familia gélida y de ese universo pálido y triste.

Un corazón late. Y no es ciencia. Es magia.

Esto claro, como ya hemos dicho antes, es sólo una interpretación. Siempre queda la duda de si en vez de darnos un juguete, lo que hace el director griego es jugar con nosotros. Su retorcido sentido del humor está ahí, también bárbaro.

Se ha acusado a Lanthimos y a su película de frialdad. Sin embargo, desde aquí opinamos lo contrario. Si de algo trata El sacrificio del ciervo sagrado es de sentimientos. De cómo los hemos eliminado hasta el punto de manipular un corazón palpitante como si fuera una máquina, y de cómo siguen ahí, debajo de nuestra piel, esperando a que un ciervo sagrado venga a despertarlos.

Daniel Lasmarías

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