El legado de Bourne (Tony Gilroy, 2012)

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No puedo negar que he disfrutado con esta reentrada al universo de Jason Bourne; con las habituales conspiraciones en torno a la creación de una nueva especie de super-espías; con sus señores y señoras –casi siempre interpretados por veteranos de enorme clase y talento, que le otorgan un apreciable aire de “calidad” al asunto- muy bien vestidos, en enormes salas llenas de pantallas, intentando controlar lo incontrolable, intentando deshacer un plan que se les ha ido de las manos y les puede “sacar del juego” de poder en el que están instalados desde muchísimo antes de que empezara la primera película. He disfrutado también con el agente secreto de turno, capaz de echarlos de sus poltronas de oro, perseguido hasta la saciedad por otros como él, pero con bastante menos empatía por el prójimo. He gozado con las carreras mochila a cuestas (¿No es acaso Bourne, un poco, el “Bond mochilero”? ¿No es Franka Potente, la “chica Bourne” por excelencia, la actriz “mochilera” más representativa? ¿No intenta esta serie tener un aire más “joven” que la de Bond, distanciándose de la misma, mostrando los callejones más oscuros de las ciudades más cool del momento? ¿No intenta acaso huir como de la peste de cualquier atisbo del aire horterón tan clásico en su serie “rival”? (1)), por aire, por mar, en vehículo motorizado… La “marca Bourne”, con cuatro películas en su haber, ya sabe qué dinámica tiene que mantener y qué es lo que el espectador espera de ella, y actúa en consecuencia.

Sin embargo, y no quiero que esto se considere un ataque concreto contra la saga, también deja la sensación de que a la franquicia se le empieza a ver un poco el plumero. Vuelvo a repetir que he disfrutado con el visionado del filme, considero que el dinero invertido me dio a cambio dos horas de un guión apañado y bien hilvanado y un par de trepidantes escenas de acción. Acción en su punto justo, aunque por otro lado, alejada de las virtudes que acompañaron a la saga cuando Paul Greengrass se hizo cargo de ella. Cabe recordar, en especial, la increíble y terriblemente tensa escena en la cual el agente renegado intentaba guiar los pasos del periodista interpretado por Paddy Considine para salvar su vida en El Últimatum de Bourne, la cual son palabras mayores. Pero volviendo al tema que nos ocupa, se que la repetición de la fórmula es casi una condición ineludible en toda franquicia, pero creo que en estos últimos tiempos la cosa empieza a ser un poco exagerada (personalmente cada vez uso más el término franquicia que el de película, sobre todo en agosto).

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En este caso, la fórmula está bastante clara, y la historia vuelve a repetirse, aunque ahora con otros protagonistas. Aaron Cross (Jeremy Renner, nacido para interpretar películas de acción) es de nuevo un soldado sometido a un experimento por parte de una compañía privada al servicio de turbios líderes de la Inteligencia estadounidense (no todos, que alguno bueno hay, aunque en esta se dejan ver menos) que le ha otorgado habilidades sobrehumanas, tanto físicas como mentales. Pero cuando los eventos de El últimatum de Bourne –la cual sucede en paralelo a la presente, no antes, y la película te va guiando con mucha gracia para saber en que momento de Últimatum se va encontrando Legado– empiezan a destapar el pastel del proyecto Treadstone, los miembros de Outcom, la compañía de Cross, se ponen un tanto nerviosos y deciden eliminar a todos los agentes de su iniciativa. A todos menos a Cross, claro, que logra sobrevivir gracias a una mezcla de habilidad y suerte, y de algún as en la manga que se guarda el malo de la función, Eric Byer (Edwart Norton), para darle mucha vidilla a los minutos finales. Aunque todo esto sea a costa de un justito deus ex machina (la aparición del asesino implacable interpretado  por Louis Ozawa Changchien en la parte final cuela, sobre todo, por que como espectadores ansiosos de acción tras un buen rato de tensa calma chicha, estamos deseando que pase algo así). Cross, para salvar su vida y después de salvar la suya, se aliará con la Dra. Martha Shearing (Rachel Weisz, señora de Bond en la vida real), la cual conoce el modo de que Cross pueda de dejar de tomar la medicación que le otorga super-habilidades y pasen a formar parte de su organismo de manera permanente.

La mejor virtud de El legado de Bourne es que es un entretenido y satisfactorio complemento a la saga. Su peor defecto es que no termina de parecer imprescindible (las referencias a Bourne tienen mucha gracia, pero al final acabas deseando que el personaje de Damon haga como mínimo un cameo). En general deja la sensación de que lo importante está pasando en Últimatum y que lo que estamos viendo es solo una trama B. En ocasiones es un tanto reiterativa. Nada nuevo bajo el sol, ninguna revelación sorprendente, ningún giro espectacular. En definitiva, recorremos un camino que conocemos casi a la perfección. Eso si, deja con ganas de más, lo cual dice mucho de la calidad del producto, por muy prefabricado que sea, pero deseando que vuelva su protagonista original –aunque sea una última vez, compartiendo hazañas con Cross y Shearing- y la serie vuelva a contar una historia principal.

(1)

Estoy convencido de que la aparición de Jason Bourne fue totalmente decisiva a la hora de lavar la cara al agente británico creado por Ian Fleming, colocar a Daniel Craig en lugar de Pierce Brosnan (cuyo contrato había expirado pero se ofreció a interpretar Casino Royale si la dirigía Quentin Tarantino), cuyos pasos finales en la serie empezaban a tener el aspecto de las aventuras más kitsch que protagonizara Roger Moore a finales de los setenta y primero ochenta, y dotar de un aspecto mucho más “serio” a la franquicia. En su momento la idea pareció un tanto radical y generó mucha controversia, algo lógico si tenemos en cuenta que probablemente haya demostrado una y otra vez lo enormemente conservadora que había resultado la serie desde sus inicios.

Javier J. Valencia.

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