El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016)

hombremil01No hay genialidad per se en el cine, no hay un duende o un hada que lleve hasta el cineasta la inspiración y la capacidad creativa; el cine –y hacer cine– es trabajo, es esfuerzo, es sudor y constancia, es artesanía fundada en las influencias adquiridas, y elevada posteriormente a arte, y dichas influencias o sendero desde el cual se camina son en ocasiones marco, o epicentro o herramientas. Alberto Rodríguez se baña en ese océano de influencias y caminando a hombros de gigantes nos regaló hace dos años una de las mejores películas noir de la historia del cine español: La isla mínima, donde el marco de la excelencia del resultado estaba entretejido por poderosas ascendencias cinematográficas como Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock, John Sturges, 1955), Arde Mississippi (Mississippi Burning, Alan Parker, 1988) y Memories of Murder (Salinui chueok, Bong Joon-ho, 2003). Ahora llega a nuestras pantallas con El hombre de las mil caras, un magistral thriller de intriga y espionaje, pero hilvanado con un estilo y formalidad que bailan a la par entre el guión más trepidante, veloz y terriblemente cínico de Martin Scorsese y el montaje más austero, ameno e impregnado de frescura de Steven Soderbergh.

hombremilAl contar la historia de Luis Roldán y el espía Francisco Paesa, alguien podría tener la impresión de que la solemnidad debería ser lo que predominara por encima de todo en la forma de pincelar la narración. ¿Por qué? ¿Porque se trata de un periodo delicado, clave y terriblemente grave de la historia de un país? Da gusto comprobar cómo la primera decisión de los guionistas de El hombre de las mil caras –Alberto Rodríguez y Rafael Cobos– es la de embriagar todo de un potente cinismo delicadamente magistral en su agudeza, danzando así entre el Scorsese más clásico de Uno de los nuestros o Casino y el éxtasis delicioso de un dios Dionisio salvajemente desatado, que asciende desde la profundidad más abismal del ser humano cuando se adueña de él ese terrible pavor causado por la consternación y estupefacción ante las formas de conocimiento de la apariencia. No se juzga ni se demoniza, no hay una moralidad divina o de Deus Ex Machina que esté por encima de todo, sino que se escoge una clara voz en off, un narrador –Jesús Camoes (fabuloso José Coronado), personaje ficticio creado por Rodríguez y Cobos, basado en varias de las personas que rodearon a Paesa– que no es ni omnisciente ni imparcial, como no lo eran ni Henry Hill en Uno de los nuestros ni Sam Rothstein o Nicky Santoro en Casino. Un narrador que nos adentra en la historia desde su punto de vista –vivimos la trama siempre a través de sus ojos– y nos lleva por los caminos que él recorre en la ficción, distrayéndonos y haciéndonos confundir la verdad con su verdad.

hombremil03El guión, la dirección y el montaje están entrelazados de una forma tan equilibrada y armonizada que la composición final funciona como una sinfonía perfectamente compuesta, en la que primer, segundo y tercer acto se funden en una montaña rusa que no para de subir en cuanto a su ritmo (quizás pausándose un poco justo antes del tercero, pero sin que ello sea un problema o efecto nocivo). Un ritmo hilvanado en combustión con una dirección basada en la danza entre planos fijos y pausados y a la vez movimientos de cámara veloces, en mano, cercanos y caóticos, que se retroalimentan de sí mismos marcando ya en el mismo rodaje la pauta para la sala de montaje posterior. Un montaje que, siguiendo, leyendo y reinterpretando la estela de los ecos de Soderbergh en Traffic y Contagio –e incluso de algunos episodios de la reciente The Knick– finalmente pone la deliciosa y definitiva guinda en el pastel. “El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel” (Alfred Hitchcock).

Y por último, pero no menos importante, el actor que hace de toda esta construcción un castillo de naipes más sólido que cualquier rascacielos fundado en hormigón es Eduard Fernández. El intérprete entiende perfectamente la sintonía de honda a la que Alberto Rodríguez quiere que suene el film, y se adapta a ella excelentemente, llevando al personaje de Francisco Paesa a través de la franqueza, coherencia, cercanía, humanidad, descaro, insolencia y mordacidad. Y lo hace no sólo en las grandes secuencias preparadas para el lucimiento, sino sobre todo en aquellas menos importantes, donde ni siquiera quizás tiene una línea de diálogo; donde la clave de su maestría es la de un gesto, una mirada, un movimiento de cuello en el que vemos al personaje, en el que Paesa está ahí, en la piel de Fernández, embriagando toda la escena, el guión, el montaje y la dirección con el aroma de la prepotencia, de la corrupción, de la intelectualidad sibilina y de la soberbia de unos hombres que ultrajaron, usurparon y ridiculizaron a un gobierno entero y a un país que en esos días de febrero de 1995 empezó a caminar las sendas del principio del fin.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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