El desentierro (Nacho Ruipérez, 2018)

La ópera prima es la carta de presentación más importante que va a realizar un director o directora de cara al público y a la industria. Es donde se va a poder ver su estilo, su talento y sus futuras aspiraciones. Donde sus estilemas van a empezar a florecer. Donde van a quedar al aire sus intereses –o, por lo menos, algunos de ellos- universales y cómo los plasma de un modo cinematográfico. Puede ser la carta que le permita permanecer en el mundo del cine de forma irrefutable y ganarse un merecido puesto en esa piscina de tiburones. Empero, también cabe la posibilidad de que ese director o directora en cuestión no consiga definir un estilo propio y su producto quede sumergido en un mar de referencias cinéfilas sin una identidad propia lo suficientemente definida como para ser destacable dentro de los estrenos anuales. Aunque eso no solo pasa en las óperas primas. También se extiende a los blockbusters americanos recientes debido a la prefabricación que ejercen las productoras sobre los largometrajes. Dejando muy poco espacio para que directores que están al frente de los proyectos puedan dejar su propio sello. Pero ese es otro cantar.

En su debut cinematográfico como director, Nacho Ruipérez crea un thriller ordinario que podría servir de desglose para entender cómo debe funcionar un film común dentro del género sobre el que se mueve. El desentierro cuenta con drogas, alcohol, prostitución, violencia –subida de tono cuando es debido, casi haciendo homenaje en una escena de tortura a la Reservoir Dogs de Tarantino- y el misterio suficiente como para poder generar la sensación de suspense a lo largo de sus actos. Un suspense que, por otro lado, se mantiene en auge hasta el clímax de la cinta gracias al montaje que Ruipérez lleva a cabo. Desenredando la trama a base de flashbacks a medida que los personajes que componen la historia entrelazan sus hilos argumentales y tejen, entre todos, la globalidad de El desentierro. Pero en sí, el film se construye en base a esos tópicos que oscilan en torno al thriller y que forman parte de las convenciones del mismo. Ruipérez demuestra haber estudiado el género y conocer hasta los más ínfimos detalles que lo conforman. Aplica el noir en clave de gótico sureño para poder ofrecer unos planos cálidos y secos que se contraponen con el tramo final del largometraje que parece salido de Frío en julio (Jim Mickle, 2014) por la estética húmeda y fría que despliega. No obstante, a pesar de ello, no hace demasiado esfuerzo en intentar romper con esos esquemas preestablecidos en lo que a guion y concepto general del film se refiere. El desentierro sufre uno de los peores males que puede padecer un largometraje: que se olvide al poco tiempo de terminar su visionado. Y es debido a que, aunque el director deje a la vista una solvencia técnica correctísima y un dominio considerable del género que tiene entre manos, el film no deja de ser un ejercicio de estilo.

Nacho Ruipérez despega su carrera con más turbulencias de las que le gustaría. El desentierro es una obra funcional en lo que a thriller generalista se refiere, pero peca de no arriesgar en demasía en querer romper con algunas convenciones –o jugar con ellas- para intentar aportar algo con su ópera prima.

Xavi Mogrovejo

Esta entrada fue publicada en Cine Thriller y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.