Argo (Ben Affleck, 2012)

Podemos decirlo, ahora sí, con The Town (2010) aún podíamos tener que afirmarlo en voz baja, evitando que mucha gente nos escuchase, pero ya no: Ben Affleck se consolida con su nuevo film Argo como un muy buen director, una garantía de calidad a la hora de ir al cine. Es un sólido realizador, pues más que dejarse llevar por la pirotecnia podemos observar que su labor sigue el guión al pie de la letra, Affleck es un “artesano” del guión (el de esta película lo firma Chris Terrio); es un cineasta que sigue el camino de ese clasicismo cinematográfico norteamericano que ha encarnado Clint Eastwood en los últimos años. Affleck no ha llegado a igualarse a Eastwood obviamente, pero ahí esta, en un camino de madurez y consabida mejora en su dirección. Gone baby gone (2007) y The Town (2010) fueron films muy emocionantes y novedosos, con soberbia realización en muchos instantes y que despertaban la curiosidad por la dirección de Affleck. Sin embargo ahora Argo es una gran película en mayúsculas, una que consolida al cineasta y que deja de ser una cinta que únicamente insinúe gran capacidad del director. Este nuevo film de Affleck se convierte sin ninguna duda en una clara confirmación de que Hollywood tiene a un nuevo director que nos va a ofrecer seguro muchas cosas interesantes en estos próximos años.

La trama se centra en la revolución de 1979 en la Teherán del líder religioso Jomeini. Dicha revuelta provocó la invasión de la embajada estadounidense y el secuestro de numerosos ciudadanos americanos. No obstante, un grupo de diplomáticos pudo esconderse en la embajada de Canadá. La CIA puso entonces en marcha un plan desesperado para sacarlos del país a partir de una idea del agente Tony Mendez (Ben Affleck). El film se centra pues en los hechos verídicos de esa misión: la de hacer creer a las tropas revolucionarias de Teherán que Hollywood estaba buscando allí localizaciones para rodar un film de ciencia ficción y que esos diplomáticos escondidos eran miembros del equipo de la película, la cual tenía como título “Argo”.

Argo es pues cine dentro del propio cine: un guión que debe prepararse, un proceso de crear storyboards, una trama de ciencia ficción que se muestra al espectador, la locura de pensar localizaciones, etc. Motivo por el cual es también obviamente una película que funciona como retrato del mundo interno de Hollywood. Un retrato llevado a cabo de forma crítica, irónica e incluso paródica en algunos momentos. En este caso hacer mención especial al personaje del gran John Chambers, maquillador importantísimo en el cine de Hollywood que pasó a la historia por ser el creador del maquillaje de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), interpretado por un magnánimo y excelente John Goodman.

Pero Argo es también un thriller que respira ese aire de películas de los 70 de Alan J. Pakula (El último testigo, 1974; Todos los hombres del presidente, 1976) y Sidney Lumet (Serpico, 1973). La sobriedad de Affleck es la clave, sin dejarse llevar por derroteros de efectismo facilón ni trucos consabidos, el director rueda una historia de forma seria, casi como si de un retrato en su tono de crónica se tratara: el inicio del film es abrumadoramente hipnótico y dramático, te atrapa desde el primer minuto en la revolucionaria Teherán del 79 de Jomeini. Y a continuación Affleck demuestra una maestría a la hora de entremezclar ese tono seriamente austero y de crónica con la sorna y sátira de la California hollywoodiense.

Si hay que destacar claramente algo de la película eso debe ser los últimos 20 minutos del film: un espectáculo de cómo provocar una locura de adrenalina en el espectador sin tener que renunciar a la sobriedad y austeridad tan bien hilvanadas durante todo el metraje. A veces la sencillez y pulcritud son muchísima mejor opción que una montaña rusa de trucos melodramáticamente efectistas y pordioseros.

En resumidas cuentas, Argo es equilibrio. Equilibrio en todas las capas del film: es una crónica de ese acontecimiento histórico sin ser ningún planfeto exageradamente americanizado, al mismo tiempo es una sátira y un retrato cínico del Hollywood de la época (no muy diferente del de hoy en día) y ello sumado a que también es un drama intimo familiar del personaje protagonista que acaba por no ser en absoluto melodramático ni innecesario, sino que de una forma absolutamente bella acaba por envolver con notable eficacia un metraje que respira celuloide y cinefilia por todas partes. ¿Lo peor de este film? Que te deja con muchas ganas de más y más y más aún.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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