Winchester (Michael Spierig, Peter Spierig, 2018)

Los hermanos Spierig, que vienen de rodar la octava parte de Saw, realizan ahora un film sobre las maldiciones que cargan, o deberían cargar, aquellos que crean las armas de fuego. Que en cierto modo son igual o más responsables que los que aprietan el gatillo y se llevan la vida de una persona. Y resulta interesante porque precisamente su anterior largometraje representaba todo lo contrario. La saga Saw (que inicio James Wan allá en 2004) se ha caracterizado siempre por su agresiva violencia dentro del subgénero del torture porn. Los Spierig se dieron a conocer, grosso modo, con un film que abrazaba a las armas, la violencia y el gore como si se tratase de un legado a perpetuar y un modo divertido de castigar a los que no aprovechan cada pequeño instante de la vida. Claro que, como era de esperar, Saw VIII (conocida aquí como Jigsaw) no tuvo un acogimiento muy agradable. Ni sus seguidores más acérrimos le perdonaron a los Spierig que levantasen de la tumba una franquicia que ya quedó más que enterrada con su séptima entrega en 3D.

Winchester, su nuevo film, funciona para los Spierig como una especie de carta de redención. Si bien en su anterior película los directores pretendían cultivar su éxito (y su entrada por la puerta grande al cine maisntream de Hollywood) por el excesivo uso gratuito de las armas con el aliciente del morbo que genera en el espectador el hecho de ver vísceras a diestro y siniestro en pantalla, con Winchester se disculpan para compensar sus equivocados primeros pasos. Hacen de ella un producto similar al de los films de James Wan, Expediente Warren (James Wan, 2013) e Insidious ( James Wan, 2010) sobre todo, para que no vuelva a suceder la misma hecatombe que con Saw VIII. Dotan al film de una estética gótica cuidada al milímetro formada por una puesta en escena oscura e iluminada bajo mínimos por las pocas luces distribuidas por la inmensa mansión Winchester, transformándola en una especie de castillo donde podría habitar el mismo Drácula. Incluso está habitada por muertos, aunque sea de un modo espiritual. Pero al llevar a cabo ese minucioso trabajo en lo estético, y preocuparse por situarse en el lado contrario del tablero (en lo que respecta a su visión de la muerte respecto a Jigsaw) para condenar a toda persona que se gana la vida a partir de fomentar la violencia, se olvidan de tratar con el mismo mimo el contenido que abarca el largometraje. No obstante, y por suerte para ellos, eso no quita que la apuesta que realizan sea sumamente atractiva, puesto que lo hacen sin renunciar a las pautas de un film de terror; aunque sus ingredientes rezuman ciertos cambios.

Aquí los verdaderos protagonistas no son los actores de carne y hueso (pese a que se les plantee a ellos como tales). No es su historia de la que se habla o la que, en teoría, debe ser el eje sobre el que gire el argumento. Esta solo sirve de hilo conductor para que el espectador pueda conocer en mayor profundidad a los abatidos por el rifle Winchester que da nombre al film. Los fantasmas, así como en El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), son los que toman el control de la escena. Puede que no sean los que pasen más tiempo ante la cámara y que su figura sea utilizada con el único propósito de generar jumpscares y aumentar la tensión del espectáculo, pero son ellos los que realmente tienen algo que contarnos. Como, por ejemplo, la razón por la que fueron asesinados o el simple motivo por el que todavía permanecen en la siniestra mansión de la señora Winchester (Helen Mirren) –a pesar de que el film pida a gritos que sea Lin Shaye la encargada de encarnar ese papel-. Y ya muriesen porque se desarrollaba una guerra, por estar en el momento y lugar inadecuado o por daños colaterales, todo se reduce a que si la familia Winchester no hubiera creado su rifle, sus muertes puede –solamente puede- que no hubieran sido en aquel momento.

Empero, como de costumbre, los espíritus son planteados como los malignos y, los buenos, las personas acosadas por los incesantes ataques de esos entes de ultratumba. El film muestra la poderosa mansión Winchester en diversas ocasiones con planos cenitales para que, como espectadores, podamos quedar prendados de su grandeza. Por el contrario, se lanza la idea de que es una casa maldita porque se ha construido gracias a que su fortuna se ha labrado por la fabricación de esos ya nombrados artefactos para matar. Subsistencia que se sostiene, por supuesto, gracias a que existen compradores, empresas y particulares, que pagan verdaderas cantidades ingentes de dinero por conseguir esos artilugios que, para ellos, es poder materializado que les sirve para imponer su ley o, simplemente, demostrar quién es el más fuerte a base de pistoletazos. Una regla de supervivencia que lleva impuesta en Estados Unidos prácticamente desde el nacimiento de lo que conocemos por western, y que el film establece como nexo de unión entre su ficción y nuestra realidad para sacar a la luz que los monstruos con los que convivimos, somos nosotros mismos. Un parecido similar al que establecía el cine de género slasher de los setenta, que en plena guerra de Vietnam construía a asesinos en serie que habitan en las profundidades de los Estados Unidos y aniquilaban a la población mientras que el gobierno, por su parte, solo se centraba en intentar acabar con el Viet Cong.

Se puede entender, llegados a este punto, que el largometraje no quiere ocultar para nada que los fabricantes tienen la misma culpa que los que empuñan las armas, pero esa pequeña crítica que los Spierig construyen con disimulo y que queda lapidada bajo un montón de elementos de género que toman prestados de otros filmes, se difumina por el hecho de querer casi obligar al espectador a tener que empatizar con Mirren y no con los que verdaderamente tienen los motivos suficientes como para querer atormentar a los responsables de su muerte. Otros cineastas como Terence Fisher sí que lograban justamente lo contrario y hacían que fueran sus monstruos los que realmente empatizaban con el espectador. Algo que Winchester deja, prácticamente, solo a suscepción del espectador.

Es un discurso interior que juega a favor de los muertos y que hay que atrapar y no dejar escapar durante todo el metraje. Uno de los pocos films actuales, de hecho, que plantea la posibilidad –a merced de la sugestión- de poder aferrarse más a lo que hasta ahora casi siempre se había presentado como el bando maligno del horror. El espectador puede aquí realizar un esfuerzo y situarse, si quiere, en una posición contraria y recuperar así ese ejercicio de empatía que tanto conseguía Fisher para ver las cosas desde una perspectiva distinta. Puede que la correcta.

¿O sentir más empatía por un monstruo te convierte en uno?

Winchester es una apuesta tan atrevida que no es consciente del asunto que tiene entre manos. Esos hechos reales en los que dice se basa su argumento puede que solo sean las terribles cargas de conciencia de Sarah Winchester por llegar a ser lúcida y darse cuenta de que el lugar al que ella llamó hogar solo fuera una construcción bañada en sangre por los traumas de su pasado.

Xavi Mogrovejo

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