Universal Monsters: De la depresión a la guerra fría (4) – James Whale, el ‘auteur’ del horror clásico (II): El hombre invisible

Tras el éxito de Frankenstein, Universal quería que James Whale dirigiera cuanto antes una secuela de su gran éxito de crítica y de público. Como ya se expuso en el artículo dedicado a sus dos Frankenstein, Whale era muy reticente a la hora de realizar una secuela de su mayor éxito, a la cual solo accedió tras proponerles la realización de

El hombre invisible (The Invisible Man, 1933) y se pudiera inmiscuir personalmente en el desarrollo del libreto. El hombre invisible era la segunda novela del escritor de ciencia ficción H.G.Wells, publicada en 1897 y cuyo tema central era una metáfora acerca del extraño, del diferente. Aunque Wells consideraba que el arte del siglo XX sería el cine, no le gustaba que sus obras fueran adaptadas al mismo, por lo que insistió que El hombre invisible fuera adaptada de la manera más fiel posible. En cambio, Universal había comprado los derechos de la obra, únicamente por el prestigio del autor, pero no tenía pensado realizar una adaptación fiel de la misma.

El desarrollo del guión adaptado, antes de que llegara a manos del guionista E.C. Sheriff -autor del libreto de la primera obra de teatro de James Whale- fue lo que se llamaba en Hollywood, un development hell, además de no tener nada que ver con el relato original. En concreto, la novela The murderer invisible de Philip Wylie y publicada en 1931, fue comprada por Universal y usada en gran parte para estos primeros desarrollos de la adaptación de la obra de Wells. Flecos de esta novela quedaron en la obra finalmente entregada por Whale, en concreto la megalomanía de Griffith, el protagonista del filme, que en la novela original de Welles no es un mad doctor al uso, salido de la factoría Universal, sino que es un personaje con unos pensamientos e inclinaciones más políticas y sociales, cuyo objetivo es romper el rígido orden social.

Antes de que Claude Rains fuera el elegido para interpretar el papel protagonista, tanto James Whale como Universal pensaron en Boris Karloff o el actor Colin Clive. Saliéndose del relato original y demostrando que la estructura narrativa de estas obras era muy rígida en algunos aspectos, introdujeron un interés amoroso para el doctor Griffith, encarnado por la actriz Gloria Stuart. El gran reto de Rains y que acabó bordando entregando una interpretación de leyenda, era que en gran parte de la cinta su presencia solo era sentida gracias a la voz del intérprete. Rains integró al personaje una característica ambivalencia tonal que consigue pasar, en una misma escena y casi sin inmutarse, de un tono amenazante a uno suplicante.

Pero el gran reclamo de la cinta y uno de los aspectos que sigue sorprendiendo y deslumbrando casi un siglo después, son sus excelsos y originales efectos especiales, máxime conociendo las limitaciones de la época en la que fue rodada. Dichas limitaciones obligaron a Whale a rodar varias veces las escenas en las que éramos testigos de la invisibilidad del protagonista, para luego integrarlo en post-producción. El encargado de esta maravilla técnica fue el especialista en efectos especiales John P. Fulton. Lo que debía aparecer como invisible en el resultado final se tapaba con terciopelo negro y se filmaba contra un fondo negro. Luego estas escenas se combinaban con las llamadas escenas “normales” del largometraje. La escena más compleja desde el punto de vista técnico es en la que nos encontramos a Rains frente al espejo y que obligó a Whale a rodar esa misma escena en cuatro partes separadas.

Aunque los efectos especiales fueron y son un hito en la historia del cine, la dirección de Whale quedó lastrada, perdiendo la potencia y la fuerza expresionista de su Frankenstein, repleta de contrastes entre luces y sombras y arriesgadas decisiones formales. Al contrario, El hombre invisible, fruto de la dependencia de los efectos ópticos, entrega una dirección y una fotografía más plana. El reparto, formado por un triángulo amoroso entre Griffith, su socio Kemp y Flora -esta última como interés amoroso de ambos intérpretes masculinos- trae de nuevo los mismos estereotipos del resto de cintas previas de Universal, sobre todo del Frankenstein de Whale, donde el científico arrogante, como Prometeo, es condenado al intentar ser como los dioses, convirtiéndo su invención en su condena.

Ese destino fatal del personaje de Griffith, nos sirve para demostrar que aunque pueda parecer formalmente una obra por debajo de los aciertos de Frankenstein, deja entrever en los pequeños detalles como Whale había conseguido una considerable libertad en los estudios Universal. En primer lugar, la capacidad que tuvo de entregar un final que se salía de los tópicos del happy ending de su trabajo anterior. O ese montaje dinámico, impropio de unas obras que hasta el momento eran esclavas de una estructura y puesta en escena teatral. Aquí, Whale rompe dicha convención, dotando a la cinta de un estilo cinematográfico, casi precursor dentro de sus modestos resultados de lo que haría Orson Welles en Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). Concretamente, la escena donde el espectador es testigo de las distintas llamadas de informantes a la policía acerca del paradero de el hombre invisible. Sin olvidar el arranque de la obra, donde Whale equilibra y contrasta la presentación de nuestro protagonista bajo la nieve y su acertado uso de unas luces y sombras que refuerzan la carga dramática de la situación, frente al tono distendido y casi satírico de la taberna del pueblo, llena de personajes estrafalarios y over the top. Un contraste cuya máxima expresión es la histriónica dueña del hostal, a la que veremos posteriormente también en La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935) y que llama aún mucho más la atención al ponerla en contraposición con el mustio y melodramático personaje interpretado por Rains.

Es en esos contrastes, en la interpretación de Rains y unos efectos especiales que siguen asombrando a día de hoy, lo que hace que El hombre invisible pueda ser considerado en la actualidad, uno de los títulos emblemáticos de la edad de oro del estudio y por los que mejor ha pasado el tiempo, aunque fuera estrenada en el ya lejano 13 de noviembre de 1933. No se puede decir lo mismo de la infinidad de secuelas y spin-offs con los que inundó Universal la cartelera entre 1940 y 1951, con títulos tan olvidables como El hombre invisible vuelve (The Invisible Man Returns, Joe May, 1940), La mujer invisible (The Invisible Woman, A. Edward Sutherland, 1940), Invisible Agent (Edwin L. Marin, 1942), La venganza de el hombre invisible (The Invisible Man’s Revenge, Ford Beebe, 1944) o la inevitable e inefable Abbot y Costello contra el hombre invisible (Bud Abbott and Lou Costello meets The Invisible Man, Charles Lamont, 1951).

Felipe Rodríguez Torres

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