Universal Monsters: De la depresión a la guerra fría (3) – El romance y la aventura: La Momia de Karl Freund

Durante los años 20, la antigua cultura egipcia se había convertido en algo fascinante para la sociedad de la época.El motivo, el descubrimiento de la tumba de Tutankamón y sus supuestas y múltiples maldiciones. Por lo que tras los éxitos del Drácula de Tod Browning y el Frankenstein de James Whale, este fue el siguiente paso lógico dentro de la construcción de la factoría de monstruos de la Universal, ya establecida como el estudio del terror del Hollywood clásico. El primer guión de lo que sería esta aproximación con aroma pulp  de los mitos del antiguo Egipto, no era ni siquiera en sus orígenes una historia con la cultura egipcia de trasfondo. La guionista Nina Wilcox Putnam había recibido el encargo de redactar un guión pensado para el lucimiento de Boris Karloff, la gran estrella del estudio tras su fastuosa e icónica interpretación de la criatura del doctor Frankenstein. El título de dicho guión era Cagliostro, cuyo nombre provenía de la legendaria figura histórica que decía haber vivido durante siglos.

Una vez el guión fue revisado por John L. Balderston -dramaturgo que había colaborado en los guiones de Drácula y Frankenstein– los mitos egipcios comenzaron a preponderar en esta historia sobre la inmortalidad. No es casual que Balderston hubiera estudiado historia y se hubiera especializado en el antiguo Egipto. Para más inri, en su trabajo como periodista en Londres, recibió el encargo de asistir a la apertura de la tumba de Tutankamón. Balderston, inspirado en la leyenda de dicho faraón, cambió a Cagliostro por este, aunque le cambió el nombre por Imhotep, homenajeando al arquitecto que construyó la primera pirámide y título provisional de la cinta tras el de Cagliostro, volviendo a cambiar posteriormente por el título de El rey de los muertos.

La dirección de la película fue a parar a manos de Karl Freund, director de fotografía del Drácula de Browning, siendo este su primer trabajo como director. Aunque inexperto en labores de dirección, Freund era un maestro de la fotografía. Boris Karloff fue el actor elegido para interpretar a Imhotep, teniendo que sufrir de nuevo ocho horas de maquillaje diario a manos de Jack Pierce, para poder convertirse en la momia que da título al filme y que cimentó aún más si cabe su éxito y su leyenda. Para el doble papel de Helen Grosvenor y Anck-es-en-Amon, la partenaire amorosa y amor aciago de Imhotep, en principio se pensó en la actriz Katharine Hepburn, pero la mala relación de la actriz con Karl Freund, hizo que el personaje cayera en manos de la actriz húngara Zita Johann.

Karl Freund no tenía el estilo expresionista y personal de James Whale y su dirección era mucho más plana y convencional, además de estar lastrada en algunos aspectos por un guión de Balderston que utilizaba sin pudor algunas elementos y estructuras de su trabajo al frente del Drácula de Browning. Pero Freund consigue convertir una obra que intenta equilibrar su obligación de replicar fórmulas pasadas de éxito, con la intención de ir un paso más allá y entregar una obra de mayor envergadura, apoyada en un mayor presupuesto. El resultado, una película técnica y artísticamente brillante, destacando una dirección artística impecable y una fotografía que hace un uso perfecto y atmosférico de las luces y las sombras. Pero es también una cinta con menos personalidad que el Frankenstein de Whale, pero también mucho más efectiva que el Drácula de Browning. El resultado hasta ese momento, una mezcla perfecta de los ingredientes que convirtieron en un éxito la franquicia de monstruos de la Universal y un ejemplo de blockbuster modélico made in los años 30.

Son muchos y variados los elementos para refrendar estas afirmaciones. Narrativamente más dinámica que sus predecesoras, como podemos observar en el montaje paralelo entre la llamada de Imhotep a su amada y la llegada de ella al museo, o en el flashback del pasado de los personajes protagonistas, perfectamente ejecutado y que viene precedido de un plano cenital que aporta un sense of wonder a la propuesta, no existente en las dos cintas previas y que convierte a La momia en un trabajo más mítico, épico y romántico.

Y aunque la película se ve lastrada en algunos momentos por secuencias casi idénticas a las ya vistas en el Drácula de Browning -por ejemplo el arranque de los créditos con la partitura de El lago de los cisnes, o la presencia del actor que interpretaba a Van Helsing, de nuevo como un experto llamado Mueller y con una introducción casi idéntica del personaje a la ya vista en Dracula, sin olvidar la llegada de Imhotep a la casa familiar idéntica a la llegada de Drácula a la mansión Harker y su enfrentamiento verbal con sus némesis humanos- la cinta tiene innumerables elementos que la hacen diferenciarse de sus predecesoras y dar un paso más allá. El personaje de Helen/Anck-es-en-Amon es una figura femenina con presencia, más allá de ser un elemento decorativo como las partenaires de Jonathan Harker o Henry Frankenstein, rebelándose contra el control masculino. Y cuando se convierte en la novia de La momia, su sexualizada transformación, dista mucho de la virginalidad y candor de sus predecesoras. A todo esto ayuda la relación entre Imhotep, Helen y Frank, precursora del amor fatal y predestinado que aparecería muchas décadas después en la versión de Drácula de Francis Ford Coppola, con similitudes más que evidentes, en especial el prólogo de ambos trabajos.

La película se estrenó un 22 de diciembre de 1932, con un éxito sin precedentes para el estudio, dando lugar a cinco secuelas de peor calidad progresivamente, a lo largo de más de dos décadas, comenzando en 1940 con La mano de la momia (The Mummy’s Hand, Christy Cabann, 1940) y finalizando con Abbot y Costello contra la momia (Abbot y Costello Meets The Mummy, Charles Lamont, 1955), dinamitando, desprestigiando y banalizando los aciertos de la obra original.

Felipe Rodríguez Torres

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