Una chica vuelve a casa sola de noche

Me gusta mucho poder hablar de films como Una chica vuelve a casa sola de noche. Esas propuestas a las que les gusta remover los cimientos habituales del género, mezclando cine de terror con ideas del cine indie americano, una fotografía en blanco y negro, diálogos en persa a pesar de estar producida en USA… En resumen, una de esas películas que, más allá de su resultado final, al menos intentan tener una personalidad propia y ya solo por ello hay que darles cierto reconocimiento. Que además ganase en un festival esencial para el fantástico como es Sitges el premio del jurado joven y el de directora revelación ya solo es la guinda del pastel.

Viendo el film, y solo el film, uno podría pensar que está ante una alegoría, ante una obra sobre la droga que habla de una vampiresa que recorre solitaria las calles de Bad City como una encarnación de la muerte por sobredosis. Dos de las tres únicas muertes que vemos en la pantalla son provocadas por eso, y la tercera es de un vagabundo tirado en el suelo que perfectamente se podría entender de este modo con una visión muy sesgada y aporófoba. También, contamos con que la vampiresa se le aparece al protagonista precisamente en la noche en la que se queda muy mal por culpa de una pastilla. Todo cuadraría, y el viaje final en el coche no sería más que la aceptación de la dependencia de la droga para superar la muerte paterna. Incluso el hecho de que se le vea cierta pretensión moralista asustando a un niño para que sea bueno y ayudando a una prostituta que también es adicta, haría esta teoría algo perfecto. Además, la convertiría en una buena revisión sobre el género, donde aunque ya se jugase con vampiros y adicciones en films como The Addiction o El Ansia, esta sería una aproximación totalmente diferente.

El problema para esa teoría es que no debemos hablar solo de la obra cinematográfica. Si bien esta es el buque insignia, la propia Ana Lily Amirpour había hecho antes un cortometraje difícil de ver hoy en día y escrito un par de cómics en los que se nos muestra mucho más sobre el interior de la vampiresa, planteando mucho de su código moral sobre la muerte pero sin llegar a explicitar qué quiere decir. Con todo, sí deja claro que la pretensión está lejos de buscar un carácter alegórico y que el hecho de que las muertes del film sean las de esos personajes sólo se debe a la perspectiva moral de la chica. Queda, no obstante, definir a cuento de qué viene la muerte del vagabundo… de quien no sabemos nada, por lo que solo podemos suponer que es malo. Porque que la vampiresa mate por justicia está bien, pero lo mejor narrativamente es que esa justicia parece caótica y carente de unos valores morales evidentes y firmes. Esto, que puede ser favorable si Amirpour lo hizo conscientemente, también podría ser un error que denota falta de trabajo en las motivaciones del personaje. De todos modos, como no queda claro, acaba repercutiendo en favor de la obra, que es lo que importa.

Disquisiciones aparte sobre quién es la vampiresa, que no parecen ser parte de la intención de la autora, pesa mucho, tanto en el film como en el cómic, la estética. Ambos juegan con un blanco y negro crudo, primando en el film un gusto exquisito por el ritmo pausado y el empleo de un no-espacio que lo emparenta con en cine de Jarmusch, que se manifiesta en la composición de algunos planos, la presencia del coche o la selección de la música. Por el contrario, en el cómic la influencia principal evidente está en el Sin City de Miller, especialmente si nos paramos a revisar toda la cuestión estética. Revisado esto, toda la impresión de novedad que planteaba la cinta queda un poco desenfocada en cuanto rascamos, quedándose en el terreno cómodo de moverse dentro del indie pero eso sí, sabiendo introducir elementos de cultura iraní que la autora, nacida en Londres y ahora californiana de adopción, podía recuperar de sus recuerdos y de los relatos familiares.

Esta mezcla de géneros, esta conjunción de muchas cosas que atraen, son las que dan un buen resultado. Al vacío existencial jarmuschiano le sumamos una cierta apariencia estética post-punk, una banda sonora new wave -que también se emparenta con el post-punk-, el trasfondo de la drogadicción como leitmotiv de la trama y, sobre todo, la consecución de una imagen icónica con esa vampiresa ataviada con un hijab negro en medio de la calle o empleando un monopatín como medio de transporte. Todo eso hace que al menos haya un nivel de personalidad única en la obra; algo que realmente llame la atención y haga de ella una película interesante aunque al analizar la trama quede demasiado supeditada a la cuestión estética. La narración por encima de lo narrado y la forma por encima del fondo. Esto lo podemos aplicar tanto a la película como al cómic, en el que apenas se nos muestra una pequeña precuela haciendo ver que la vampiresa intenta impartir justicia cuando mata porque es algo que no le gusta, y que Bad City es una ciudad condenada. Esto último la emparenta con lo que ya hacía desde un comienzo ese referente estético que es Sin City.

Con todo, gracias al aura que consigue proyectar, por el preciosismo de sus movimientos de cámara y por la introducción de una vampiresa romántica en un espacio dominado por personajes límite, la película es recomendable. No tanto el cómic, que apenas nos cuenta nada en sus 50 páginas distribuidas en dos números. Es curioso e interesante desde una perspectiva completista, sí. Pero solo eso.

 

Lois E. Froiz

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