La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015)

thewitchCAPAdvierto antes de nada que este texto contendrá spoilers, no es una crítica al uso. He esperado lo suficiente para que casi todos la hayáis visto y ha sido una espera consciente. Me interesa casi tanto la reacción de crítica y público como la película en sí misma. Yo tuve la suerte de verla en octubre del año pasado en el Festival de cine fantástico de Sitges y estaba deseando que el resto pudiera verla.

Los elogios de la crítica han ido casi al unísono, la mayoría con mucho entusiasmo y algunos otros un poco más moderados, pero generalmente, muy a favor –siempre con alguna rancia excepción que tiende a polarizar extremadamente su parecer, ya casi como un sello de identidad-. Es en el público donde encontramos mayor división de opiniones –nada nuevo-. Lo más curioso del caso es que se ha puesto en duda el género -¿es The Witch una película de terror o no?-

Creo que parte de la crítica ha confundido el hecho de que “es más que solamente una película de terror” con “no es una película de terror”, pero es que hubo un día en el que el género era mucho más un guión endeble con el único objetivo de ser el hilo conductor de una serie de sobresaltos a golpe de volumen. Sí, La Bruja es un drama familiar –especialmente si atendemos solo al texto-, contiene largas secuencias exentas de terror y cierto subtexto alegórico, aunque siempre con esa pesadumbre en la atmósfera, en la línea de El Exorcista (William Friedkin, 1973), El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) o La Profecía (Richard Donner, 1976). La de Kubrick es la que guarda más paralelismos con el film que nos ocupa: el mal, la locura, la histeria, irrumpen en una familia, también aislada, y la destruye. Ambas son dramas con elementos sobrenaturales que no dan miedo todo tiempo pero sí rezuman tensión de principio a fin y siempre yendo a más.

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Parece que la crítica esté excusando a la ópera prima de Eggers por su ritmo pausado, por su apuesta interpretativa, por su simbología y por su falta de estímulos sonoros constantes, es decir, por sus virtudes. Si alguien no pasa miedo con ella es, generalmente, porque no ha entrado a fondo; no está acostumbrado a narrativas más densas y se ha rendido antes de que empiece a dar miedo, esperaba otra cosa, la ha visto doblada, en una pantalla de ordenador y sin aislarse del ruido ambiente, rodeado de gente que se aburría, o simplemente no le ha interesado -también es cierto que algunos estamos muy curtidos-. Yo tampoco siento empatía por unos fanáticos religiosos del siglo XVII –y Eggers tampoco lo pretende-, pero sí me importa cómo les afecta el Mal, cómo resquebraja sus creencias y como los arrolla. Sobre todo, su rigor y mitología me trasladan a esos miedos de infancia y siento toda su intensidad aunque solo sea en dos o tres secuencias.

La experiencia de un espectador con una película es algo que no podemos cambiar, y supongo que tampoco juzgar, pero por qué no, analizar. Los cinéfilos solemos ser defensores fundamentalistas de las obras que nos gustan, casi intentando obligar a que agraden a otros y pensando que no están a la altura como espectadores. La soberbia del crítico –algo de lo que pecamos casi todos-. Yo, ahora haciendo un esfuerzo por entender por qué no ha gustado The Witch a un sector del público, busco el culpable en el entorno y el contexto, nunca en el film, porque ya he decidido que es una obra mayor. Nadie me convencerá de lo contrario, del mismo modo en que no voy a convencer a aquel que se aburrió. Es una batalla perdida. Lo que ya es ridículo es pretender negarle valores objetivos como la fotografía, las interpretaciones, etc. Aquí algunos críticos hacen directamente el ridículo. – Recuerdo risas en la sala con la proyección del director’s cut de El Exorcista, también cuando la crítica defenestraba La Cosa, de John Carpenter, y ahora nadie les tose-.

Ahora os invito a seguir leyendo para desgranar el film detenidamente.

Deconstruyendo The Witch:

Esto consiste en contaros la peli que ya habéis visto, sí, pero apuntando ciertos detalles, casi como si la estuviéramos comentando en el bar aunque ordenadamente. Soy consciente de que es muy descriptivo pero se trata de revivir la experiencia. Servíos una cerveza.

Los personajes y el bosque como un personaje más.

Empezamos con un primer plano de Thomasin que la establece como protagonista y eje sobre el que pivota todo el relato. Están expulsando del pueblo a su familia mientras con dos frases define al padre (William), cristiano acérrimo y orgulloso –el fanatismo religioso es uno de los grandes temas del film-. Enseguida resuelve la secuencia y los vemos partir en carro mientras oímos el crujir de la madera y un in crescendo de estridentes violines a medida que se adentran en el bosque. Ese bosque tiene un leit motiv musical que advierte del Mal, el bosque como un personaje más –magnífico trabajo de composición de Mark Korven-.

La familia, arrodillada en el suelo, reza sus oraciones. En segundo término el bosque, vemos un gesto de la madre (Katherine) que determina un casting muy físico, una mirada devota, fanática, sectaria, y un travelling in enfatizado también con un suave zoom in que los supera por encima para dejar clara la amenaza, de nuevo remarcada por esas cuerdas disonantes y unos coros que recuerdan a la excelsa partitura de Jerry Goldsmith para la anteriormente citada La Profecía. Esas notas, esa tensión sostenida nos dan también una pista sobre los derroteros narrativos a los que recurre Eggers. Hasta aquí, en poco más de cuatro minutos, una introducción sobria y soberbia.

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El Mal entrará por cualquier grieta que tenga su fe, pero todavía no saben hasta qué punto.

Thomasin confiesa en voz alta varios pecados y pide misericordia. Esto es una de las claves del film, que también veremos en su hermano Caleb y en sus padres; el miedo al castigo divino, la constante mirada del que todo lo ve y todo lo sabe, el temor a pecar, a caer en la tentación. El Mal entrará por cualquier grieta que tenga su fe, pero todavía no saben hasta qué punto. Todos ellos son pecadores. ¿Es quizás La Bruja un castigo de su Dios por sus pecados o es el demonio que acecha esperando cualquier flaqueza? ¿O ambas? ¿No es su fe suficiente para ser merecedora de la salvación?

El espectador toma conciencia de lo abominable.

Aprovechando un juego de Thomasin, la bruja le roba el bebé, la vemos correr entre los árboles ataviada con una capa de un intenso y curioso rojo (dada la desaturación y el look frío que domina siempre los exteriores) con el bebé Samuel en brazos. En paralelo el desconcierto de Thomasin, y pronto, el horror. Ahora si se auto-proclama inconfundiblemente como película de terror: la bruja, en su cueva, tritura al bebé con un mortero y se lo unta por el cuerpo en una especie de ritual horripilante –posiblemente para poder levitar ya que se lo unta también a su escoba, o darle el poder de la juventud y belleza temporal que luego usará para seducir a Caleb, o tener una especie de éxtasis, o simplemente invocar al demonio-. Si tomamos conciencia de lo abominable de este acto, no podemos seguir contemplando el relato con los mismos ojos. No es una bruja que venga a preparar pócimas y dar sustos, es la encarnación del mal, una sierva Lucifer absolutamente carente de compasión.

La tentación, el pecado.

Ahora Caleb, toma el relevo como protagonista y vemos todo desde su punto de vista. La tentación lo llama a través del escote de su hermana, además, en el contexto más inadecuado posible; con una madre llorando de fondo y una familia tocada por la reciente desaparición de un bebé. Katherine, entre sollozos, reza: “no dejes que la serpiente se acerque cuando cambia de apariencia”, que es exactamente lo que ocurrirá más tarde en el bosque. También se muestra temerosa a perder la fe –por culpa del dolor- y le pide señales al Señor de que no la abandona. De nuevo dejando ver esas grietas en la fe que antes comentaba, haciéndolos débiles a ojos del Mal. Lo mismo pasa con Caleb que le pregunta a su padre si Samuel era pecador, no entendiendo ese castigo desmesurado y temiéndolo al mismo tiempo.

William también confiesa su pecado, ha robado la copa de plata de su mujer, y aunque fue por una buena causa, guarda el secreto. Luego, otra secuencia intensa; la caza de la liebre en la que un zoom in que llega hasta el primer plano nos hace intuir que se trata de la bruja o Lucifer en una de sus múltiples formas.

Los inconscientes siervos del mal.

Los hermanos Jonas y Mercy cantan la canción de Black Philip, el macho cabrío del corral, en la que en una frase dicen “we are the servants…”, algo que tiene mucho más sentido y malicia de lo que parece. La inocencia de los niños como herramienta para sembrar la discordia, los inconscientes siervos del Mal. Esa desconfianza ya está haciendo estragos en la unidad familiar: la madre trata severamente a Thomasin, a la que culpa por la pérdida de Samuel, Caleb tiene que mentir para encubrir a su padre, el padre calla. El Mal se frota las manos.

De nuevo una alusión a la tentación de Caleb con el escote de su hermana aunque se resuelve fraternalmente. -Es bueno que el director lo quiera remarcar para que no quede colgado en el guión y ya de paso dejar entrever como guiño histórico que en aquel entonces las relaciones incestuosas eran algo común-.

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La auto-destrucción de la familia.

Ahora Mercy, en tono muy inquietante, juega a ser la bruja del bosque y dice que puede hacer lo que quiera porque se lo ha dicho Black Philip. Por primera vez se da voz (no literalmente, todavía) al macho cabrío, y aunque podría ser cosa de niños, sabemos que el Mal ha recurrido a esa forma en múltiples relatos e intuimos que algo diabólico se cuece. El Mal, como Grima lengua de serpiente, se dedica a malmeter, a tensar, a poner los ingredientes para que la familia se auto-destruya. La dura reacción de Thomasin a esta provocación es tan intensa como ambigua y premonitoria. Aquí el espectador ve por primera vez las sombras de Thomasin – ¿no estará embrujada desde que entró en el bosque? -.

En la secuencia de la cena en familia, -no puedo dejar de citar la excelente fotografía de Jarin Blashke, que domina maravillosamente la luz natural, las velas en este caso-, Eggers insiste en escenificar y verbalizar la decadencia de la familia. El daño ya es irreversible. Y mientras, la liebre que vimos en el bosque está ahora en establo de Black Philip…

¿Abandonados por Dios?

Ya en la alcoba, William hablando con Katherine -¿no he dicho todavía que hacen interpretaciones excelentes con doble el mérito de hacerlo en inglés antiguo, verdad?-, exculpa a Dios de llevarse al bebé Samuel, dice que han sido ingratos con él y que lo ha hecho para darles una lección de humildad. Katherine cree que ha maldecido a la familia. ¿Qué te queda cuando el Dios al que has dedicado la vida y crees tu protector te abandona? ¿No pierde todo el sentido?

Las cosechas están arruinadas, se termina el sustento, los padres hablan de llevar a Thomasin al pueblo para que sirva a otra familia –venderla-, ella lo escucha. Caleb quiere ir al bosque a escondidas pero Thomasin le acompaña. De nuevo la liebre, el perro ladra, Caleb la persigue y se pierde. Consciente de que está solo en el bosque, reza para resistirse al pecado y vencer a satán, pero aparece la bruja ahora con apariencia de mujer atractiva y exuberante, como personificación de la tentación – Katherine ya había advertido como he apuntado antes “no dejes que la serpiente se acerque cuando cambia de apariencia”.

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Empieza el terror.

Es ahora, en el minuto 42 del metraje dónde tenemos el primer susto como tal –el brazo (decrépito) de la bruja que coge a Caleb por la nuca-. Hasta aquí Eggers se ha dedicado a crear atmósfera y adentrarse en la psicología de los personajes. No recuerdo ningún film de terror moderno que se tome tanto tiempo –sí, insisto en que es una película de terror. Lo tiene todo para serlo-. A partir de aquí, hasta un plano picado trasero cortando leña resultará inquietante.

Ahora, ya de lleno en el género, una secuencia en el establo en la que Mercy le dice a Black Philip que Thomasin es una bruja, y esta ordeña sangre de una cabra. Parece que, cómo predecía la madre, están malditos. Katherine ya reconoce su trauma por la pérdida de Samuel y que su fe se ha debilitado –carne de cañón para la Bruja-.

El exorcismo de Caleb.

Podríamos llamar al siguiente acto “el exorcismo de Caleb”. Aquí el simbolismo toma forma; Caleb vomita la manzana podrida (y prohibida) –la tentación de la que hemos estado hablando desde el principio-, alude al pecado, a sus partes bajas, al dolor. Toda la familia está presente, caen acusaciones sobre Thomasin, pero Jonas y Mercy no pueden rezar, están hechizados, repiten lo que dice Caleb mientras se retuercen por el suelo. La situación es emocionalmente frenética. Caleb anuncia que viene el demonio, luego parece que ve a Dios y que se salva –su alma- en una especie de éxtasis casi sexual, pero ¿consigue realmente exorcizarse o se lo lleva el diablo? Es ambiguo. Vosotros mismos. Mi lectura es siempre la más oscura posible.

Familia rota.

Otro nuevo trauma se suma, la familia ya está totalmente destrozada. Después de una discusión entre William y Thomasin y un intercambio de culpas y reproches, el padre la encierra en establo junto a los mellizos y Black Philip. Mientras, entierran a Caleb, y la madre –ya un poco ida- se tumba en el foso abrazada al cadáver –el tratamiento es más drama que terror, pero la imagen evoca literatura gótica-.

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Horror camino al clímax.

Y ahora, cuando ya no hay vuelta atrás, la secuencia más terrorífica del film: el montaje en paralelo de las visiones de la madre –podrían ser obra del hechizo o también una representación alucinada de su locura, si queréis verlo racionalmente-, con lo que ocurre en el establo –aquí no cabe el raciocinio-: Katherine ve a sus difuntos hijos y amamanta a Samuel. Luego vemos que un cuervo le está desgarrando el pecho en una horrible estampa digna de una descripción de Edgar Allan Poe. Sencillamente brutal. Mientras tanto, los niños escuchan una amenaza que golpea el establo, y entre el chirriar de los instrumentos de cuerda, vemos a la bruja ordeñar a la cabra y girarse a cámara riendo –piel de gallina-.

Amanece con el establo arrasado, las cabras destripadas, Thomasin recupera el sentido en el suelo y Black Philip ataca por sorpresa a William en lo que será el segundo y último susto. William muere enterrado en su propio orgullo –la leña que ha talado sin cesar como única labor de escape a la falta de cosecha y de afrontar los problemas-. No sabemos qué ha pasado con Jonas y Mercy; o han terminado como Samuel o, con suerte para ellos, se han ido a servir al Mal de alguna otra forma a algún otro lugar porque habían firmado el libro con Black Philip y también por eso se retuercen durante el exorcismo de Caleb. Katherine, enloquecida, ataca a Thomasin en lo que se convierte en una pelea a muerte que la joven resuelve salvajemente cuando no le queda más remedio.

Ya no queda nada ni nadie. Thomasin, todavía en shock, va a descansar, luego se dirige al establo a hablar con Black Philip que cambia a forma humana y la tienta hasta que firma el pacto, se entrega al Mal. Despojada de su ropa, se adentra en el bosque acompañada del macho cabrío y finaliza levitando junto a sus nuevas compañeras de aquelarre y maldad, su nueva familia. El final de esta película, ayudado de nuevo por sus violines y coros, está muy arriba, te deja suspendido en el aire, junto a las hechiceras.

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Concluyendo.

Aun pudiendo disociar el drama familiar de lo sobrenatural, aun empeñándonos, el relato seguiría siendo terrorífico –ahora que lo pienso… se me ocurre un remontaje eliminando todo lo fantástico y quedaría un drama de misterio igualmente válido, pero hoy por hoy, por todo lo que acabáis de leer, es terror (del bueno)-. Si me apuntan con un revólver en la sien y me obligan a decir algo malo, diría que nadie le hubiera reprochado un par de sustos más y alguna otra secuencia del calibre horrífico del bebé triturado, que marca una línea muy física y cruel a la que apenas vuelve hasta la muerte de Katherine. Pero la intención del debutante Eggers, nacido en Nueva Inglaterra y amante de las leyendas de brujas y su mitología, es en todo caso, hacer un cuento oscuro y siniestro. Cómo él mismo dice en alguna entrevista: “a pre-Disney fairy tale”, lo que le aterrorizaba de niño. Más cerca del Bergman de La hora del lobo (1968) y de Haxan (Benjamin Christensen, 1922), que del género actual. “Quería llevar al cine una arquetípica historia de brujas de Nueva Inglaterra”. Además, supera y convierte en virtudes las dificultades de rodar con niños, animales y en exteriores con luz natural.

The Witch es una película en la que toda la investigación previa y rigurosidad afloran en cada detalle. Los cinco años que tardó en encontrar a un productor que confiase en él y que lo respaldase con un presupuesto digno para llevar a cabo este cuento tal como él lo había imaginado, le valieron para seguir indagando en las viejas escrituras y reforzando el guion. Se aprecia también su experiencia en el diseño de producción y dirección artística en varios cortometrajes –él solo dirigió dos-.

Un filme que todos los amantes del género debemos defender como tal aunque el miedo es muy subjetivo. Una celebración.

Oscar Sueiro

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