The Ritual (David Bruckner, 2017)

Bosques con aroma a crisis treintañera

Los largometrajes de la 50 edición del Festival de Sitges empezaron su recorrido en formato doméstico vía Netflix. The Ritual, adaptación de la novela homónima de Adam Nevill, fue una de las más queridas para los que pudimos verla en pantalla grande en dicho festival en su momento. Es de las pocas que ofrece un consumo de terror y fantástico al uso sin muchas más pretensiones que las de querer complacer a los fans del género. Y es un ejemplo de que las películas de bosques embrujados siguen dando juego en el cine. Una fórmula que parece no agotarse y que se empezó a explotar de manera bárbara tras la llegada de The Blair Witch Project (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999). De hecho, el debut en solitario en el largometraje de David Bruckner–que ya participó en V/H/S (Adam Wingard, Glenn McQuaid, Radio Silence, Joe Swanberg, Ti West, 2012) y Southbound(Roxanne Benjamin, Patrick Horvath, Radio Silence) aportando un par de episodios- parece una secuela directa de aquella. Algo parecido a lo que debió ser Blair Witch (Adam Wingard, 2016) en lo que a atmosfera y mal rollo se refiere. Blair Witch –que también pasó por Sitges en 2016 pero sin demasiado éxito- pecaba de querer enseñar más de la cuenta los secretos que componían su leyenda, rompiendo así con la tradición y el misterio que aún corría por la imaginación de los que quedaron prendados de su predecesora. El film de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez marcó un antes y un después en lo que se refiere al subgénero del found footage –que, a su vez, también le debe parte de su triunfo a Holocausto Caníbal (Ruggero Deodoato, 1980)- puesto que, aparte de engañar al espectador creando una historia que bien podía ser verdad –dentro de la ficción- también podía tratarse de una paranoia de la protagonista generada por sus compañeros para volverla loca. Es decir, el éxito de una se basaba en la gracia que tenía por generar una tensión incontrolable en el espectador por sugerir la posible existencia de un espíritu maligno. Mientras que, la otra, perdía toda esa tradición por pasarse de la raya y traspasar los límites de la sugestión y dar forma corpórea a ese espíritu. Un hecho que, para muchos, supuso un insulto para The Blair Witch Project.

La cosa, con el tiempo, ha desembocado en un debate sinfín sobrelas pautas que los largometrajes de género deben adoptar para provocar esa sensación de miedo. Una sensación innata que el ser humano lleva integrado en su disco duro como mecanismo de defensa. Por lo que incontables films de género modernos han sido cuestionados por su abusivo contenido de monstruos en su trama o por su facilidad por destruir legados con secuelas o remakes innecesarios o por, simplemente, querer imitar o participar de los que son considerados padres de determinados subgéneros. Me refiero a esos films que en vez de sugerir el terror, lo muestran. Eliminando cualquier atisbo de suspense y cargándose gran parte de la magia del género, que es dar rienda suelta y estimular la imaginación.

Bruckner, en The Ritual, sabe que no está expuesto a eso porque, a pesar de que su film bebe en cantidades ingentes de aquella The Blair Witch Project y de su legado, no es ningún argumento anexo al suyo y, lo más importante, no pretende que su film sea algo especial. Por lo que, aquí, puede robar su estética tanto como quiera y deformar su historia como le venga en gana. Puede mostrar monstruos, fantasmas o todo lo que se le pase por la cabeza sin miedo a que su película sea rechazada por los fanáticos. Simplemente por el hecho de que respeta las bases de las que nace su largometraje y su intención no es la de alterarlas.

The Ritual cuenta la historia de un grupo de amigos que emprenden un viaje de senderismo, por las montañas de Suecia, para rendir homenaje a un recién fallecido componente de su panda de colegas universitarios. Pero, claro, al entrar en un bosque, una presencia maligna empieza a amenazarles. Bien, partiendo de la base de que estamos ante la misma historia de siempre –o muy parecida- The Ritual se cura en salud e introduce como justificante de todo ese horror que están viviendo los protagonistas una serie crisis personales que cada uno de ellos sufre. Ya sea por ser treinta añeros, por el trauma de haber vivido la muerte de un amigo o la paranoia que se crean en su cabeza de ver espectros donde no los hay –o sí-.

Es una película sincera, que no pretende engañar a nadie ni querer plantearse a sí misma como algo novedoso o distinto a lo que se ha visto hasta ahora en el género. En ese sentido, Bruckner es muy honesto. Y es algo que hay tener en cuenta y apreciarlo. Es consciente de que no va a reinventar ni revolucionar nada, por tanto, puede permitirse el lujo de adjuntar a su largometraje los elementos que él crea que son necesarios para dar vida a un film de terror con ese único propósito de hacer pasar un mal/buen rato a sus espectadores.Gracias a ello, The Ritual transmite ese encanto magnético que te atrae involuntariamente. Hace que te intereses por sus protagonistas –aunque uno sepa cómo van a acabar- y por sus historias personales. Funcionan como un bloque que va diseccionándose a medida que se internan en ese bosque maldito que, a priori, parece precioso por la maravillosa fotografía de Andrew Shulkind. Un elemento destacable si se tiene en cuenta que, tanto Bruckner como Shulkind, convierten un lugar precioso en un entorno hostil lleno de mal.

Además, guarda un puñado de escenas en su interior que son de lo más creepy. Empezando por una escalofriante secuencia que incluye tormenta, símbolos extraños grabados en árboles y una casa abandonada en medio del bosque. Tópicos clásicos del género, pero ejecutados por Bruckner de un modo impecable que los hace absolutamente terroríficos y difíciles de olvidar una vez termina el metraje. Es realmente a partir de esa secuencia con la cual, The Ritual, se convierte en un tren de la bruja imparable que te conduce por unos estrechos senderos llenos de traumas universales.

Y momentos como ese, tan terrenales, pasan al plano onírico propio del cine fantástico cuando este hace acto de presencia y coge las riendas, hacia el final del film, con el típico plot twist que cambia por completo las ideas generadas en la cabeza del espectador. Un acto que debe ser abrazado igual de bien que el resto del largometraje para captar la esencia del contenido que Bruckner envía una y otra vez al público mediante el uso de pesadillas convertidas aquí en metáforas sobre las crisis existenciales de los hombres protagonistas. No estamos ante un grupo de adolescentes histéricos que no saben qué hacer y que se les puede tratar fácilmente de ineptos por la poca experiencia adquirida en la vida para escapar de situaciones de riesgo. Aquí, un grupo de adultos, alguno de ellos padre, es el que encabeza esta locura. Por lo que se deduce cierto grado de madurez y conocimiento e invita al público a confiar más en ellos y en sus decisiones.

No es muy difícil entrar en su atmosfera, pero es extremadamente sencillo salir de ella si no se aceptan los clichés–y trampas- que el director va dejando como migas de pan a lo largo de la película. Si bien en Sitges ya fue una de las más queridas, sin duda, es uno de los primeros bombazos del cine de terror en este recién llegado 2018.

Xavi Mogrovejo

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