El estigma del mal (The Quiet Ones, John Pogue, 2014)

 

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La nueva Hammer Films continúa buscando  una identidad propia a sus producciones a la par que busca vias de rentabilidad. Después de su prometedor inicio, con el ejemplar aunque relativamente innnecesario remake Let Me In, y la prometedora Wake Wood, que aunque no era una película redonda si que tenía detalles muy interesantes tanto en forma como en fondo, dieron un pase atrás con la muy deficiente La víctima perfecta, que sin embargo a niveles de posible rentabilidad tenía todo el sentido del mundo al ser su primera producción “al servicio de una estrella”, Hillary Swank. Finalmente parece haber dado con la fórmula mágica que busca cualquier productora de género (esto es, la explotación de una franquicia) con la desigual La mujer de negro, película que combinaba momentos de horror y suspense muy imaginativos y estimulantes con otros que parecían salidos de la más vulgar producción de serie C. No obstante, con su ambientación gótica y sus presencias fantasmales parecen haber logrado la aceptación del público y la imagen de dicha franquicia puede asociarse bien con la “marca” Hammer tal y como la querría gran parte de sus más antiguos seguidores, y durante este año podremos ver su secuela.

La otra producción Hammer de este 2014 era la muy esperada The Quiet Ones, cuyo fracaso en taquilla y pobre aceptación crítica parece haberla condenado al ostracismo casi recién nacida. La fórmula era prometedora: por un lado pertenecía al más puro cine de explotación, en este caso siguiendo la senda de Expediente: Warren: una historia inspirada (aunque sea tan solo el mínimo concepto) en hechos reales y ambientada en los años 70, look de moda en el cine actual. Por otro pretendía seguir la senda del horror gótico británico más clásico,  con sus casas abandonadas habitadas por presencias fantasmales, y su “seria” línea de investigación en la onda de The Haunting o del clásico guión televisivo de Nigel Kneale The Stone Tape. Todo ello con grandes dosis de “grabación en vivo” que es lo que parece entusiasmar a las plateas juveniles desde los días del primer Paranormal Activity. Pero las fórmulas en la producción cinematográfica necesitan de buenas dosis de talento para funcionar…

En 1972, el Dr. A.R.G. Owen, financiado a través de la Toronto Society for Psychical Research (TSPR), dirigió a un equipo de 10 personas en el llamado “Phillip Experiment”. El fin de dicho experimento era demostrar que toda aparición “sobrenatural” procedía del interior de la mente humana. Es decir, primero se manifestaban los miedos internos de cada sujeto, después se envolvía a dichos miedos con una personalidad ficticia. Para ello, crearon la identidad de Phillip Aylesford, nacido en 1624 y fallecido por un suicidio pasional. Es decir, la idea era actuar como una especie de retrocazafantasmas, demostrar que inicialmente el poltergeist procede del ser humano y las razones para superarlo psicológicas, y que por lo tanto el espíritu era una creación inconsciente de la víctima del mismo. Los resultados de dicho experimento fueron recogidos en el libro Conjuring Up Phillip: An Adventure in Psychokinesis (1976), que gozó de una cierta popularidad en su día, en pleno auge de los libros de parapsicología.

Para la película, el Dr. Owen se transforma en el Profesor Coupeland (Jared Harris), de Oxford, y aunque sus creencias son parecidas a las de su pariente real, sus métodos (poco ortodoxos) y su sujeto de investigación son totalmente diferentes. Conjuring Up Phillip podría dar de si un interesantísimo documental pero difícilmente una película de terror, con lo que el fantasma para a ser “Evey”, que parece estar asolando a la joven Jane Harper (Olivia Cooke). Cuando la universidad de Oxford deje de financiar la investigación de Coupeland, este llevará a su reducido equipo a una casa en las afueras para seguir con sus investigaciones de modo independiente. Aislados del mundanal ruido, serán conocidos como The Quiet Ones debido a su secretismo, y empezarán a desvelar la verdad sobre la identidad de Evey y su relación con un culto satánico, en especial el cámara del grupo, Brian (Sam Claflin), el cual se siente fuertemente atraído por la joven. Pero Coupeland esconde un oscuro secreto y cada vez se irá comportando de modo más fanático… Como pueden ver, sin ninguna relación con la verdadera investigación del pobre Dr. Owen, siendo uno de estos casos en el cual el matiz inspirado más que basado en hechos reales cobra vital importancia.

El resultado final es una película irregular. La ambientación setentera en este caso queda como algo muy superficial, casi como una excusa para poner a Slade y T.Rex en la banda sonora ya que visualmente la película no tiene apenas entidad. Las dos primeras partes del guión se siguen con interés pero poco a poco va cayendo en los tópicos del cine de terror actual menos estimulante, hasta caer en verdaderas patilladas como proyecciones de videos conseguidos se supone por el fantasma malvado deus ex machina –y que además parece tener el don de seleccionar fragmentos de dicho video-, como si hubiera prisa en llegar al final cueste lo que cueste, o un epílogo especialmente horrible. Y no es excesivamente sólida, le falta fuerza en las escenas de terror, aunque si están rodadas con menos estridencias que de costumbre. Sin embargo, y pesar de (todos) los pesares, tampoco es el espantoso desastre que se está dejando caer por ahí. Su principal hándicap es que se disfrace de propuesta “seria” y luego quiera correr a convertirse en un título de terror de feria tipo Insidious, cuando vestía mucho mejor de lo primero y carece de la gracia para lo segundo. Pero el reparto es adecuado (aunque sobresale con facilidad el estupendo Jared Harris, que le pone garra a todas y cada una de sus escenas), hace un buen uso de su banda sonora y efectos de sonido, y aunque su tono decepcione con su cambio, hay que reconocer que no llegar a aburrir en ningún momento.

Con todo, si para hablar en su defensa hay que señalar previamente montones de peros, ya pueden imaginarse que no estamos hablando de una de las sensaciones del año en lo que a cine de terror respecta precisamente. A estas nuevas producciones Hammer les falta saber a quienes quieren dirigirse, o si acaso pretenden hacer pastiches entre lo viejo y lo nuevo, trabajar mucho más en encontrar la forma adecuada para no terminar haciendo películas que terminan semejando un puzle repleto de piezas que no terminan de encajar.

Javier J. Valencia

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