Terrormolins 2017 – Crónica de la 36ª edición del Festival de Cine de Terror de Molins de Rei

Como no podía ser otra forma, pero muy apenado de nuevo porque la maratón coincide con la del Festival de Cotxeres de Sants –el más gamberro y divertido que existe-, acudí un año más a la cita de los amigos de Molins de Rei, siempre atentos y detallistas, siempre apasionados por el cine de terror.

Es una semana algo movida al tener que compaginarlo con el trabajo y yendo y viniendo de Barcelona cada día, pero sarna con gusto no pica, y la selección de películas va a más cada año –en cantidad y en calidad-.

Voy a comentar todo lo que pude ver, y sirva como cine guía a los amantes del género, que se pierden entre tantísimos títulos que se realizan al año, aunque muchos no lleguen nunca a nuestras pantallas.

Framed, de Marc Martínez Jordán.

Brutal y directa ópera prima –o al menos es su primer largo en solitario- de este joven director, que sorprende con una apuesta clara y contundente. Framed es una evidente crítica satírica al sensacionalismo y morbosidad de los medios de comunicación, y también a la normalización de la violencia que consumimos a través de nuestros dispositivos móviles. Pero el tono no es el de Black Mirror, como podría parecer por su mensaje. El tratamiento es jocoso, festivo e hiperbólico. Una juerga gore –por cierto, con fx artesanos de primer nivel-, de aquellas que tanto nos alucinaban en los tempranos años noventa.
El film tiene discurso, sí, pero diría que es solo una herramienta para dar rienda suelta a su violencia. En esa apuesta deliberadamente kitsch y de personajes estrafalarios y exagerados, se pierde casi toda la parte crítica, si es que realmente se quería que trascendiera. Es inverosímil incluso estéticamente, de modo que la forma correcta de afrontarla me pareció la de comedia gore. Y en esos parámetros, cumple. En la comedia a ratos, pero en el gore, sobresaliente. Pero más allá de gustos y apreciaciones más o menos subjetivas, es admirable que hayan levantado una película así de la nada, que sea arriesgada y que tenga un empaque internacional. Una ausencia incomprensible en el Festival de cine de Sitges, en el que tendría que haber estado. La peli puede caerte mal o no hacerte gracia, pero algo así y siendo de aquí, merece todo el apoyo.

68 Kill, de Trent Haaga.

Siguiendo con la comedia gore, subimos un peldaño en el “más difícil todavía”, y de la mano del guionista de la notable y sorprendente Cheap Thrills (E.L. Katz, 2013), nos vamos a 68 Kill, una suerte de road movie loca con viaje interior de personaje incluido. Un calzonazos empedernido que tendrá que aprender a no dejarse manipular por su novia, una bella psicópata que lo mete en un lío tremendo que desemboca en una espiral de violencia. Diálogos ingeniosos, mucho ritmo, tópicos bien jugados, violencia in-crescendo con buenas dosis gore, pero con un tono final muy entrañable y simpático. Divertida –algún gag antológico- y muy bien llevada. Ideal para maratón de pelis con amigos/as.

Downrange, de Ryuhei Kitamura.

Conocí a este director en el año 2.000 gracia a su frenética Versus, que no daba respiro con su mezcla de cine de zombies y artes marciales bien coregrafiadas, en la que la cámara se movía con una soltura inusitada desde el primer Peter Jackson. Desde entonces, ha ido alternando unas películas mejores que otras, pero siempre dejaba alguna joyita: Azumi (2003), Lovedeath (2006), No one lives (2012). En este caso, Downrange estaría en su zona media. Buena premisa, -aunque vista de varias formas (y mejores) anteriormente; Última llamada (Joel Schumacher, 2002), Tower Block (James Moran, 2012), entre otras-, y un desarrollo bastante entretenido. Pero a toda ella la sobrevuela un halo de incredulidad, parte culpa de los actores –la mayoría mediocres- y del devenir del guion. De alguna forma, no entras a tope en ningún momento, y sí, se deja ver, pasas un buen rato, pero esos noventa minutos no están bien sostenidos todo el tiempo.

Hounds of Love, de Ben Young.

Sencillamente una de las mejores películas del año. Cruda e inmensamente incómoda sin ser para nada explícita. La historia de un secuestro sexual que descubre a su vez las entrañas de sus protagonistas, especialmente los secuestradores; una pareja heterosexual de mediana edad, víctimas a su vez de sus traumas y de sus débiles personalidades.
Un triángulo de manipulaciones y relaciones enfermizas e interesadas, rodadas con muchísima elegancia y verdad, en las que los actores están sobresalientes y el tono es coherente en todo momento. Pasé un buenísimo mal rato.

Black Hollow Cage, de Sadrac González-Perellón.

Interesantísima propuesta de ci-fi que no pone todas las cartas sobre la mesa y va dosificando el relato con ritmo pausado y bastante adecuado. Digo “bastante” porque en algunas secuencias el contenido y el acting no soportan ese buscado ritmo reflexivo. Ese es quizás su mayor lastre, que el director ve una verdad en sus actores que luego no traspasa la pantalla. Arriesga tanto con la dirección a los niños, que se le va un tanto de las manos. Hizo un buen trabajo, pero sobrepasó el límite de los jóvenes aspirantes a actores.
Por otro lado, la elección de la localización, la excelente fotografía y ese tono que no siempre funciona, le dan una presencia más que digna. Muy interesante y bonita de ver.

Super Dark Times, de Kevin Phillips.

Otra opera prima que ha entrado pegando fuerte. Quizás por esa moda de lo retro que nos invade desde hace unos años y que se ha acentuado con el éxito de Stranger Things, y quizás también por méritos propios. Desde luego, este film es contundente y difícilmente dejará indiferente a nadie. En su primera mitad es una típica película juvenil y funciona muy bien porque está bien escrita e interpretada, además de estupendamente ambientada. Pero cuando ocurre el trágico conflicto y toma otros derroteros, lo siento, pero no se lo compro. De alguna forma, y aun considerándola una buena obra, no me creo el desarrollo, por tanto, cuando llega el desenlace, estoy bastante fuera. Evitando hacer spoilers, creo que esto viene dado porque la transición de ese personaje que va del bien al mal no está lo suficientemente bien dibujada. Se me antoja muy abrupta, y me resultó muy repentina y forzada toda esa explosión de odio. Sí, hay un desgraciado accidente que traumatizaría a cualquiera, pero de ahí a dónde llega el relato, no me lo creo –al menos no sin quince minutos más de arco de ese personaje-. Pese a todo, merece la pena.

Trauma, de Lucio A. Rojas.

Para que nos entendamos, estableceré un paralelismo rápidamente: Trauma es el A Serbian Film chileno. No trata de lo mismo en absoluto, pero a la vez ambas tienen presentes cicatrices políticas y no censuran nada su forma de dejarlas al descubierto.
Este tipo de películas, más allá de si son buenas, malas o regulares, se prestan al debate de si sus maneras explícitas son o no necesarias. De si son mera provocación, vaya. Si bien es cierto que cuando pasas ciertos límites, es muy fácil que hablen de ti –para bien o para mal-, también es un hecho que es muy probable que tu película pase a la historia solo por esa o esas secuencias concretas y por nada más. Ese es un riesgo que tiene que asumir el director, y Lucio A. Rojas, lo asume sin complejos. Trauma tiene sexo lésbico con desnudos integrales, abusos sexuales, violencia y alguna atrocidad que prefiero no citar, así que la polémica está servida. Para los que estamos curados de espanto, está muy por encima de la media, para los aficionados es una película extrema, y para las personas sensibles “no te acerques”. Pese a que su apuesta salvaje está por encima de su guion, sus interpretaciones y todo lo demás, al menos consigue ser interesante y plantear temas que se prestan a reflexión.

Mom and Dad, de Brian Taylor.

Satírica comedia negra que habla de la pérdida de identidad y autonomía que se tienen al ser padre o madre. Los años pasan rápido, y de ser un joven seductor que se quiere comer el mundo, se pasa a ser un oficinista esclavizado por la hipoteca y dos pre-adolescentes a los que alimentar y pagar los caprichos. Pero Mom and Dad, es sobre todo un cachondeo, y lo que la delata es poner a Nicolas Cage como padre protagonista. El director se sirve conscientemente de la sobreactuación habitual de Cage, y no solo no lo contiene, sino que juega con él y le permite dar rienda suelta. Es decir, Cage casi se parodia a sí mismo. Eso, sumado a que el guion funciona y está bien rodada, hace que Taylor nos ofrezca un entretenimiento notable. Como película será anecdótica, pero siempre se recordará con una sonrisa en los labios.

Les affamés, de Robin Aubert.

Aunque parece que el mercado de cine de zombies o infectados está saturado, siempre aparece alguna propuesta lo suficientemente original y coherente para reconciliarnos con este subgénero. Les affamés es una de ellas. Mezcla el suspense con el drama y añade toques de comedia de una forma muy eficaz, todo ello interpretado por un casting muy acertado. Aubert rueda con temple y tiene muy presente el diseño de sonido y el tempo de montaje para lograr inquietar y atrapar. Gracias a eso, consigue dar unos sustos muy simpáticos –ya entenderéis por qué-. Un film notable que aporta algo de universo propio al mundo de los infectados y qué aun siendo densa e intensa, nunca abandona el sentido del humor, incluso ni al final de los créditos.

Revenge, de Coralie Fargeat.

No sé dónde leí o escuché que la directora no pretendía hacer un rape and revenge, pero le ha salido uno en toda regla. De hecho, enseguida me recordó a otra película vista en Terrormolins; Savaged (Michael S. Ojeda, 2013), y las dos compiten al premio por la mayor inverosimilitud. No es que con este subgénero haya que ponerse exquisito, pero el cómo sobreviven –reviven- estás dos protagonistas, necesita de un acto de fe muy grande por parte del espectador. Pero vaya, superado eso, ya solo queda disfrutar. En este sentido, en el del más puro entretenimiento y goce de la merecida venganza, Savaged era más divertida que la opera prima que nos ocupa, especialmente por lo excesivamente dilatado del tercer acto de esta. Pero por lo demás, son películas hermanas. Muy correctas si sabes a lo que vas.

The Lodgers, Brian O’Malley.

Cinta de terror gótico tan refinada y estilísticamente perfecta como anodina. Desde que Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001) tuviera tanto éxito –el espectador medio no sabía que le debía todo o casi todo a The Innocents (Jack Clyton, 1961), claro-, la fórmula empezó a repetirse y agotarse; Mansión lúgubre, fotografía fría, fantasmas, y a poder ser, niños involucrados. A este cocktail, O’Malley no arriesga ni aporta nada. Seguramente hará las delicias de los aficionados a esta especie de subgénero, y de hecho, se deja ver con agrado, pero los más especialistas en terror dudo que salgan convencidos. De todos modos, seguiremos con un ojo puesto en este director, ya que su anterior Let Us Prey (2014), vista también en Terrormolins, tenía una primera hora muy potente.

Compulsión, de Ángel González.

A los pocos minutos de metraje queda patente que se trata de un proyecto muy pequeño y consciente de sus limitaciones; tres actores principales, pocas localizaciones y una trama manejable. La duración es corta, cosa que se agradece porque va al grano. Estamos de nuevo ante el primer largometraje de ficción de su director –ha sido un festival plagado de óperas primas, cosa que demuestra que se trata de un festival de oportunidades que valora a los nuevos creadores-, y teniendo en cuenta el contexto, la película aguanta bastante bien el tipo. Un thriller sin aspavientos que intenta cuidar sus interpretaciones –no puede evitar algunas sobreactuaciones- y no irse por las ramas. Acusa un poco su falta de presupuesto y su cinematografía justita, pero se valora la intención y el esfuerzo, y que se consiga levantar un largo con dignidad.

Herederos de la Bestia, de Diego López y David Pizarro.

Certero documental que nos recuerda el punto de inflexión que marcó El día de la Bestia (Álex de la Iglesia, 1995) en el cine español. Un puñetazo en la mesa que llamó la atención de crítica y público y abrió las puertas a una ola de nuevos creadores. Como documental es muy ortodoxo en las formas, no hay ingenios narrativos ni nada que se salga de la norma, pero la calidad y cantidad de entrevistados es su principal fortaleza. Gente que se expresa tan bien y tiene carisma como Álex de la Iglesia, Santiago Segura, Paco Plaza o Nacho Cerdá, dotan a la película de la rigurosidad necesaria para el género y del interés suficiente para el espectador. Muy bien visto por sus directores el hacer el merecido homenaje a, quizás hoy, la mejor película de Álex, y sobre todo, a lo que significó, que todos los habíamos olvidado.

Phoenix Forgotten, de Justin Barber.

Otro primer largo para la lista, ahora en formato found footage, que tan de moda se puso a causa de bombazo de The Blair Witch Project (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999). Se puso de moda y nunca dejó de estarlo, pues cada año hay un buen puñado de cintas de este subgénero, y muchas muy mediocres, pero en este caso, estamos ante una de las propuestas más frescas en mucho tiempo. Aquí Barber trata el fenómeno ovni en un híbrido de reportaje, documental, intriga y terror. El terror solo llega en parte con el desenlace, después de un in crescendo muy logrado y muy intenso. Lo cierto es que a poco que seas afín a Cuarto Milenio, capta tu atención desde el primer acto y si entras, te lo pasas en grande. Muy bien llevada, muy inteligente y con un final de traca.

Housewife, de Can Evrenrol.

Segunda película del director turco que dividió al público con Baskin (2015) –yo soy de los del sí-, que vuelve a fijar sus constantes: sectarismo, ritos, mitología, subconsciente, monstruosidad y gore artesano. Todo ello con una atmósfera inquietante y una luz que por momentos quiere emular a Mario Bava y al Dario Argento de Suspiria. El resultado, en este caso, un tanto irregular, pues empieza muy potente y cuando sigue el desarrollo le cuesta un poco volver a alzar el vuelo. Tampoco ayuda que el casting que está al límite de la veracidad y que las ambiciones lovecraftianas les quedan un poco grandes. Pero, en definitiva, aunque menos auténtica y malsana que Baskin, acaba siendo una más que digna película de género a la que se le nota un mimo especial y muchas ganas de provocarnos pesadillas. Seguiremos atentos a la obra de este prometedor autor.

Jackals, Kevin Greutert.

Nada en la carrera del director (finales de la saga Saw y algún film menor) hacía pensar que nos encontraríamos ante algo especial, sino más bien a un producto de consumo rápido. Pero a pesar de situarse dentro de los códigos más comerciales, hay reconocerle cierta contundencia y una mitología interesante. Una familia adinerada pretende recuperar a su hijo adolescente, ahora miembro de una secta ultra-violenta, pero su nueva familia no dejará que eso ocurra y los asediaran al más puro subgénero home-invasion y con pocas concesiones. Muy entretenida y correcta para una maratón de Halloween.

Tragedy Girls, Tyler MacIntyre.

Comedia slasher en la línea de la primera mitad de The Cabin in the Woods (Drew Goddard, 2012), o Final Girls (Todd Strauss-Schulson, 2015), o la mismísima Scream (Wes Craven, 1996), que lo empezó todo en esto del punto paródico, la auto-referencia, el meta-género, etc. Durante todo este año ha habido una tendencia a empoderar a la mujer para limpiar conciencias -pero queda mucho camino por recorrer, amigos de Hollywood-, y esta es una de las películas que se suben a la ola; protagonistas femeninas, con gracia, sarcasmo y sin ser princesitas. Algo que se agradece a priori, pero que al final lo que se valora es el todo, y ahí se resiente algo redundante en su fórmula y simplona en general. Con todo, al fin y al cabo, resulta muy simpática y ese humor negro siempre funciona entre el fandom.

Game of Death, Sebastien Landry y Laurence Morais-Lagace.

Premisa que enseguida recuerda a Beyond the Gates (Jackson Stewart, 2016) pero que enseguida comprobamos que va por otros derroteros, menos retro y más dramáticos. Tu vida o la de otro. Un juego macabro al que los protagonistas se ven obligados a jugar, pues una vez empiezas, o terminas o mueres, y de una forma dolorosa y desagradable hasta que te explota la cabeza –en esto, en el dilema y en lo juvenil, recuerda muchísimo a la obra maestra de Kinji Fukasaku, Battle Royale (2000), salvando las distancias, claro. Pero en todo caso, por planteamiento, acting, selección musical, y tipos de plano, resulta un film con personalidad propia y cierta garra. Un tanto dispersa en su desenlace, pero muy a tener en cuenta de todo lo visto en 2017. Se aprecia esa corta duración y su concisión –excepto al final, que pierde un poco el oremus-.

The Heretics, de Chad Archibald.

A Chad lo conocimos, también en Molins, con sus asquerosidades en Bite (2015), y nos gustó. Es un poco cerdote, pero nos gusta. –Tan formal toda la crónica y aquí desvariando ya-. En The Heretics no pierde su gusto por ver supurar líquidos espesos y viscosos de la piel de su protagonista, pero arma su película con un guion mucho más ambicioso y trabajado. No es solo una descomposición a lo Tanatomorphose (Éric Falardeau, 2012) –ay Terrormolins, que cosicas nos haces ver (gracias)-, es un film de secta, de cultos ocultistas y ceremonias al albor de la luna. Y lo mejor todo es su mitología, su simbolismo. En este aspecto, la dirección artística se luce muchísimo y hace subir un peldaño al nivel general del film. Su giro de guion es un poco porque le viene bien y todo lo demás da igual, pero si aceptas y sigues adelante, la trama se ve reforzada y se sigue con interés. Una serie B bien hecha y con evidente devoción por el género.

The Crazies, de George A. Romero (1973).

Esta fue la película sorpresa de la maratón, homenaje al recientemente fallecido George A. Romero, cuya aportación al cine de terror es impagable. En este caso, por las necesidades del argumento, era imposible disimular la falta de presupuesto como la disimuló en sus tres anteriores películas, y se resiente mucho de ese look tan pobre que no va en concordancia con el despliegue de medios que necesita. Aun así, verla en cine, en pantalla grande, gana mucho respecto al DVD –al VHS ya ni os lo cuento, aunque al menos tenía encanto-. Y por algún extraño motivo, además de la pantalla grande, The Crazies me funcionó como nunca. Y sería más fácil citar defectos que virtudes, pero tiene algo de verdad en toda esa locura desatada por la infección. De algún modo, el gran Romero, casi sin cimientos, volvió a hacer una buena película.

Y con estas veinte películas reseñadas, termina mi paso por Terrormolins, una de las mejores cosas que le pueden pasar en el año a un fanático del cine de miedo.

Os dejo con el palmarés.

Premios Largometrajes:

Mejor película: The Lodgers

Mejor Director: Bryan Taylor (Mom & Dad)

Mejor Actor: Owen Campbell (Super Dark Times)

Mejor Actriz: Emma Booth (Hounds Of love)

Mejores FXs: 68 Kill

Mejor Guión: Ben young (Hounds of love)

Mención especial del jurado para el guión de “Super Dark Times” (Ben Collins)

Premio del Público Sección Oficial: Hounds Of Love

Premio del Público Being Different: Tragedy girls

Premio de la Crítica De Oro (otorgado por Blogos de Oro): Super Dark Times

 

Premios Cortometrajes:

Mejor cortometraje: Centrifugado

Mejores FX: Cauchemar Capitonné

Mejor Guión: Nic Alderton (Health, Wealth & Hapiness)

Mejor interpretación: Fernando Albizu (Aprieta pero raramente ahoga)

Melies Argent to Best European Fantastic Short Film: 9 pasos

Premio de la Crítica De Oro (otorgado por Blogos de Oro): Cauchemar Capitonné

Mención especial: We Togheter

 

Oscar Sueiro

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