Saw VIII (Jigsaw, Michael Spierig, Peter Spierig, 2017)

Si segundas partes nunca fueron buenas, puede que sea mejor ni nombrar las octavas. Saw fue, y es, una de las sagas del cine de terror más querida por los fanáticos del género por ofrecer unas tramas oscuras propias del thriller policíaco, pero con unos plot twist totalmente desorbitados vestidos con una representación macabra del espectáculo gore, torture porn, que una pantalla grande del siglo XXI podía ofrecer en una sala de cine convencional para todo tipo de público. Jigsaw es el intento de resucitar aquella saga que tantos seguidores ganó en tan poco tiempo para que ésta no deje de crecer y siga generando ingresos a mansalva. Aunque el efecto ha sido justo lo contrario. Dirigida por Michael y Peter Spierig, esta octava parte de la franquicia resulta ser un producto fallido que, aun teniendo elementos disfrutables a su favor, se queda demasiado corta en casi todos sus aspectos. Saw nunca se ha caracterizado por poseer un argumento verosímil capaz de hacernos creer aquello que estábamos viendo. En ese sentido siempre ha optado más por la ficción. Pero, a pesar de ello, sus fórmulas y su importante construcción de personajes conseguían que, como espectadores, pudiéramos llegar a empatizar con cualquiera de los componentes del film. Tanto protagonistas como los que servían de comparsa para ayudar a construir el arco principal de la trama. Cada uno de ellos tenía una función determinada que, antes o después, sería relevante en el avance de la historia. Pero aquí, en Jigsaw, esa construcción de personajes ha desaparecido por completo. La cinta se asemeja más a un episodio de CSI subido de tono que a una secuela de Saw per sé. Para los Spierig, los personajes que aparecen no importan lo más mínimo. Solo son meras marionetas dentro de un juego sangriento que se utilizan como puente para mostrar una violencia extrema sin sentido.

E inclusive, en ese ámbito, Jigsaw tampoco levanta cabeza. La violencia y las pruebas tan enfermizas que recreaba la franquicia ya no están presentes en esta octava entrega. Son simples recortes que se han reciclado de otras películas de la misma saga para justificar, de algún modo, el imposible plot twist que plantea el largometraje como detonante del principio de una nueva serie de secuelas que quieren seguir exprimiendo un jugo que ya fue exprimido al máximo años atrás. Ya no hay lugar para las pruebas originales con dosis altas de gore, sino que hay cierta violencia explícita que no llega al nivel de lo esperado. Teniendo en cuenta, por supuesto, que debería seguir el mismo tono que sus predecesoras en lo que a sangre y vísceras se refiere si lo que pretende es pertenecer a una franquicia cuya etiqueta principal es la del gore.

El único punto a su favor que podría extraerse de la esencia del largometraje es ese ambiente de granja y matadero que, unificado con la presencia simbólica del cerdo como atributo principal del personaje de Tobin Bell, le sirve como homenaje indirecto a La matanza de Texas de Tobe Hooper. Obviamente, si esto sucediera en otro tipo de film podría pasarse por alto, pero teniendo una película de género entre manos, son pequeños detalles que hay que tener en cuenta.

Jigsaw, en términos objetivos, es una secuela fallida. No consigue reengancharse con la trama que quedó completamente cerrada en la séptima entrega y no llega a los estándares mínimos de sangre, gore o violencia que le ha dado nombre a Saw. Ahora, como largometraje puramente de entretenimiento para los más fans del género, puede servir para salvar alguna tarde muerta.

Xavi Mogrovejo

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