Resolución (Resolution, Justin Benson y Aaron Moorhead, 2012)

  1. El soñador perturbado

Fantasmas, monstruos, criminales, descarriados, representan el melodrama y la debilidad.  El único horror del que estamos rodeados es el propio horror del soñador al aislamiento. Ésta es la pesadilla del siglo. (Thomas Pynchon, V)

Dos jóvenes que, en algún momento, aspiraron a convertirse en artistas y llegaron a ser buenos amigos. Michael (Peter Ciella) tiene pareja, un trabajo como diseñador gráfico, una mínima estabilidad vital. Va a ser padre. Sin embargo, un elemento tenebroso se introduce en su rutina: una grabación en vídeo en la que aparece Chris (Vinny Curran) en un estado de absoluto descontrol; drogado, afectado por manía persecutoria, disparando al aire, farfullando frases sin sentido. Impulsado por una determinación tan quijotesca y generosa como, probablemente, absurda, acude a la ruinosa cabaña en la que subsiste Chris. Lo halla enajenado, consumido por su adicción a las metanfetaminas. Así que decide esposarle para evitar que vuelva a drogarse y quedarse el tiempo necesario para que pase el síndrome de abstinencia.

Sin embargo, quizás la idea de permanecer en aquel paraje solitario tal vez no sea una buena idea: Michael empieza a encontrarse con individuos inquietantes –miembros de una enigmática secta, un par de yonquis con cuentas pendientes con Chris, un grupo de nativos americanos procedentes de una cercana reserva que reclaman la propiedad de la cabaña- y con objetos aún más inquietantes –más grabaciones, el diario de unos estudiantes franceses que estuvieron investigando las leyendas locales y desaparecieron sin rastro, etc-. Empieza a sospechar que alguien los vigila y espía; nota cómo la paranoia de su amigo lo infecta.

Cuando se estrenó Resolution en 2012, una película paradigmáticamente indie, realizada con medios precarios y actores desconocidos, la opera prima de los jóvenes Justin Benson (1983) y Aaron Moorhead (1987), recibió un puñado de críticas positivas de medios especializados que supieron apreciar la mezcla de horror cósmico y angustia existencial que destilaba y la absoluta incomprensión de la mayor parte del público, incapaz de conectar con una cinta atmosférica, llena de preguntas y parca con las respuestas, cuyos referentes más claros incluían excentricidades de autor como La Posesión (Andrzej Zulawski, 1981), Carretera perdida (David Lynch, 1997) o Anticristo (Lars von Trier, 2009). Sólo ahora, tras la excelente recepción de El Infinito (The Endless, 2017), en la que retomaban uno de los hilos narrativos de Resolution, con un presupuesto, aunque modesto, más elevado y un potente acabado visual, ha empezado a ser revalorizada y, quizás, comprendida. Entre ambas, Benson y Moorhead han rodado varios cortos y la interesante fantasía gótico-romántica Spring (2014), que demuestra el amor de sus autores por el cine clásico de monstruos de la Universal y la Hammer.

  1. El que acecha en las sombras

Dios es la máxima creación de la literatura fantástica. Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología. La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es realmente sublime. (Jorge Luis Borges, en una entrevista.)

En el siglo II y III, en la plenitud de la época imperial romana, en las escuelas de filosofía de Alejandría y Atenas, surgió una doctrina que combinaba las enseñanzas de una reciente religión oriental –el cristianismo- con el platonismo clásico. El triunfo del primero implicó que fuera olvidada durante más de un milenio. Bautizada como gnosticismo, una de sus claves era tratar de explicar el misterio de mal: ¿cómo se explica que exista un dios creador y bondadoso, cuando la existencia humana está cercada por el horror, la degradación y la muerte? Los gnósticos creían que, entre el mundo espiritual y nosotros, acechaba una figura intermedia, e inevitablemente maligna, que llamaron el demiurgo, que nos manipula y controla y pretende impedir que la chispa divina que yace en nuestras almas salga a la luz y nos eleve por encima de nuestras circunstancias materiales.

De este modo, la tierra que habitamos día a día es, sin que apenas nos demos cuenta, el reino del Demiurgo: el infierno, el lugar más alejado del auténtico Dios. El filósofo rumano Emil Cioran, un gnóstico contemporáneo, lo resumía así: Es difícil, es imposible creer que el dios bueno, el “Padre”, se haya involucrado en el escándalo de la creación. Todo hace pensar que no ha tomado en ella parte alguna, que es obra de un dios sin escrúpulos, de un dios tarado. La bondad no crea: le falta imaginación; pero hay que tenerla para fabricar un mundo, por chapucero que sea. Es, en último extremo, de la mezcla de bondad y maldad de la que puede surgir un acto o una obra. O un universo. Partiendo del nuestro, es en cualquier caso mucho más fácil remontarse a un dios sospechoso que a un dios honorable.

En Resolution, de una forma sutil, con la forma de un puzle alucinado, nos están relatando el viaje de sus dos protagonistas hacia un cierto tipo de verdad. De algún modo, las experiencias de Chris con las drogas, y su estancia en un lugar en el que, al parecer, las barreras entre mundos (o quizás, las apariencias ficticias que nos engañan acerca de la verdadera naturaleza de nuestro mundo) son más tenues, hace que ambos avancen, sin percatarse de ello, hasta una revelación que no podemos sino calificar como gnóstica: de repente, los dos viejos amigos descubren que no son más que títeres con los que juega una fuerza desconocida, para la que su amistad, sus sueños frustrados y futuras aspiraciones, no vale nada. Es difícil imaginar una conclusión más terrorífica.

José Martínez Ros

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