The Possession (Ole Bornedal, 2012)

¿Me produciría el mismo efecto El exorcista si se basara en otra religión que no fuera la católica? Precisamente por jugar con los ritos, imágenes y prácticas religiosas que me son culturalmente tan cercanas, siempre he sospechado que la película de Freidkin me transmite ese respeto, casi atávico, tan contundente. Pero, ¿y si en lugar de un capellán con alzacuellos, el señor que realiza el exorcismo de turno llevara unos tirabuzones y se cubriera la cabeza con una kipá? Éste precisamente es el plato fuerte en The Possession (El origen del mal) ya que nos permite plantearnos tales cuestiones. Pero… todas las preguntas se quedan sin respuesta. Ni su director, Ole Bornedal, es William Friedkin (o al menos el Friedkin de 1973), ni la película que nos ocupa es El exorcista. Por ejemplo, la escena en la cual el protagonista entra en contacto con la comunidad ultraortodoxa judía en Nueva York, pensada y filmada para resaltar el hermetismo y el misterio de la misma, despierta nuestro interés, pero al final, la cosa se va por otros derroteros convirtiéndose en un vehículo para el efectismo más funcional. Sin embargo, tampoco nos engañemos, estamos ante una propuesta de entretenimiento y pese a desaprovechar todo el potencial que medianamente se apunta en torno a la cuestión religiosa, como espectáculo de horror la película es correcta y se deja ver.

Ole Bornedal, conocido por ser el artífice de esa pequeña joya titulada El vigilante nocturno (Nattevagten, 1994), es un artesano danés más que competente que parece querer desembarcar en los Estados Unidos desde hace más de una década sin demasiado éxito. Con esta cinta se enfrenta con el trillado subgénero de posesiones infernales de la mano de Sam Raimi, que ejerce de productor y maestro de ceremonias (y se nota). La película nos cuenta la historia de una niña poseída por un dibuk, o demonio sefardí, salido de una misteriosa caja de madera con inscripciones hebreas adquirida por su padre en un mercadillo de jardín. La menor enseguida se siente fascinada por dicha caja hasta el punto de obsesionarse con la misma. Poco a poco su comportamiento se irá volviendo más y más extraño, hasta el punto de hacer sospechar a su padre que está siendo víctima de una posesión demoníaca.

Todo esto se nos muestra con una fotografía fría, una narrativa lineal y con algunas escenas e imágenes potentes que destacaremos más abajo, pero en demasiadas ocasiones la realización resulta repetitiva y carente de personalidad. Los planos cenitales de la casa, que se suceden una y otra vez tras los momentos de espanto, así lo atestiguan. Por otro lado, la correcta pero insulsa interpretación de Jeffrey Dean Morgan como el padre de la niña poseída no ayuda a resaltar el conjunto. Pero, como he mencionado antes, no todo se queda a medias tintas en la película; los escasos personajes que conducen la historia mantienen el interés y están bien definidos y Bornedal consigue algunos momentos verdaderamente logrados, como el ataque con los botes de cristal en la cocina o el esperado exorcismo final. Otro de los aciertos del film, dentro de su vertiente más efectista -atención que ahora viene un mini-spoiler-, es el demonio judío que posee a la niña, no tanto por su diseño sino por el concepto: el mencionado demonio, un pequeño feto horripilante y viscoso, se aloja literalmente en el interior de su huésped, cosa que nos permite verlo físicamente en diversos momentos.

The Possession (el origen del mal) es una película, en definitiva, que no brilla por su originalidad, que nos quieren vender como “basada en una historia real” (estratagema que empieza a cansar) y con una niña poseída por enésima vez. A ratos nos recuerda (de lejos) a la mencionada El exorcista, y a ratos navega entre las pantanosas aguas del cine de fantasmas de los últimos años, con resultados más bien fríos y siempre manteniendo un cierto aire de déjà-vu que no aporta nada nuevo al producto.

Dani Morell 

 

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