Over your Dead Body (Takashi Miike, 2014)

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Desde hace algún tiempo, Takashi Miike nos regala dos piezas al año, una totalmente chiflada, y otra seria y contenida (pienso, por ejemplo, en Zebraman 2 y 13 Asesinos en 2010, y Hara-kiri, y Nintama Rantarô en 2011, luego hablaré de ellas). Pero para llegar a entender esa tendencia bipolar y, sobre todo, para apreciar en todo su valor esa contención y serenidad que en ocasiones muestra el autor, me gustaría primero definir lo que ha sido su obra hasta lo que en mi opinión fue el punto de inflexión en su carrera: el estreno de 13 Asesinos. Antes de dicha película, perversión desvergonzada de los 7 Samuráis, la predisposición que tenía el espectador occidental delante de todas las películas de Miike era la de dejarse atrapar (o no) en el peligroso juego del tira y afloja entre lo sublime y lo vergonzoso. Su estajanovista práctica de la dirección permitía (y todavía lo hace) todo tipo de extremos, pero la mayoría de las veces sus cintas se movían de un cabo al otro sin ningún pudor. Por eso dependía de la paciencia del espectador lo poco o mucho que se llegaban a admirar sus historias. Porque el japonés llevaba cualquier principio argumental, o norma sobre la que sustentar el arte cinematográfico, hasta límites que parecían inalcazables. Muchas veces, mucho más allá de lo aceptable.

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Y es que el cine de Miike se recreaba en su propia variedad, se enterraba entre conceptos comunes, y cuando ya estaba bien situado, los dinamitaba desde dentro. Sin piedad. Sin orden. Jugaba. Se peleaba con ellos. Los desgarraba y la mayoría de veces se podía afirmar que salía victorioso…en su labor de destrucción de géneros, claro. En películas inclasificables en un único género como Full Metal Gokudo (1997), la trilogía Dead or Alive (1999-2001), Ichi the Killer (2001), Bizita Q (2001), o Gozu (2003) y en otras que son aún más difíciles de clasificar como Izo (2004) o A Big Bang Love: Juvenile A (2006), lo más horrible y lo más bello se turnaba y se entremezclaba al pasar por el holgado tamiz surrealista de su perversa mente. Tan grande era su revolución, que terminaba por sobrepasar los géneros en los que arrancaban su historias, y al final se desligaba por completo de ellos. Así su verdadera aportación se perdía entre carcajadas y situaciones salvajes. Desde ese punto de vista, esperar una contribución sólida y duradera al Cine de una obra de Takashi Miike podía llegar a ser algo frustrante.

La marca estaba establecida y, aún así, se podría decir que se fueron sucediendo varios intentos por contenerse, si podemos llamar contenidas a cosas como Crows Zero (2007) o Sukiyaki Western Django (2007). El torrente era a todas luces, incontenible.

Pero entonces llega la sólida y nada autoparódica (que no quiere decir que no tenga un punto de ironía bastante salvaje) 13 Asesinos (2010). Allí, Miike sorprendía más allá del tópico de lo que se esperaba de él con una película completamente clásica. Tanto que tenía la vista puesta en Los 7 Samuráis (1954) de Akira Kurosawa, pero además se mantenía fiel a ella hasta el extremo. Simplemente se preocupaba de modernizar la historia y poco más. Resultando sosegada, muy planificada y madura, sólo se permitía puntuales destellos de su locura habitual, pero que no desentonaban para nada con el resto de la historia. En todo caso brillaba la figura del bribón descastado que se une a los samuráis, más por insistencia que por habilidad, tal y como ya representó Mifune en el clásico del cine japonés. La diferencia era que aquí Miike lo utilizaba como válvula de escape para su pulso nervioso habitual.

Pero ojo, el director no había cambiado tanto: ese mismo año, presentaba la totalmente psicotrónica Zebraman 2 (2010).

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Lo que podía ser flor de un día, queda establecido como norma al año siguiente cuando volvía a sorprender a toda la crítica con un ejemplo de esquizofrenia todavía más marcado: El mismo año en el que se sacaba de la manga una versión de imagen real del clásico del anime infantil Nintama Rantarô (2011), presentaba la todavía más clásica Hara-kiri (2011), una película formal hasta la radicalidad, pero tanto que era imposible encontrar indicios de autoría. Lo único que señalaba al director japonés en su puesta en escena eran los puntos de extremo dramatismo que alcanzaba este melodrama estático y sosegado de excelente factura. Pero no había rastros de la esperable extrema violencia. Por eso encajaba tan bien en la tradición folletinesca y repetitiva tan propia del cine clásico japonés, pero quedaba muy lejos de los destellos de genialidad que tenía 13 Asesinos. Quizá el punto más discordante era que en aquella sí que había pinceladas de cine moderno, y en Hara-kiri la modernidad no asomaba por ningún lado. Ni siquiera en el 3D, que no ayudaba para nada. Si lo habitual es que la estereoscopia sea una técnica inútil a nivel cinematográfico, en Hara-kiri lo era también a niveles expresivos: como cine clásico, estático y teatral que pretendía ser, sus sets no estaban correctamente iluminados para un rodaje en tres dimensiones (es decir, no se preocupaban por marcar los contrastes entre capas, y no remarcaban los perfiles de los personajes para crear profundidad), con lo que ponerse las gafas polarizadas en los cines sólo provocaba oscurecer de manera terrible la película y, en los planos de interiores, este hecho llegaba a límites ridículos. Por todo eso, la película en sí era poco más que correcta, pero era un buen puñetazo en la mesa de Miike contra aquellos que le seguían señalando como una simple excentricidad dentro de la industria.

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Desde ese 2011, Miike ha intentado seguir con esa costumbre bipolar, y se han sucedido las películas alocadas y las serenas con resultados irregulares en todas ellas (como acaba siendo habitual en su filmografía general, no nos vayamos a engañar); en 2012 Ace Attorney y For Love’s Sake. En 2013, Lesson of Evil y Shield of Straw. Y a pesar de las buenas intenciones, los resultados seguían siendo poco consistentes porque las tesis que suele manejar el director en sus películas serias (el “sí o no a la pena de muerte popular” en Shield of Straw, por ejemplo) son a veces demasiado chifladas como para poder tomarse en serio.

Pero, en el presente Festival de Sitges, he sido espectador sorprendido de Over your Dead Body (2014), que se inscribiría en la corriente seria, tanto por temática como por estilo.Y es aquí donde quizá se llega a una nueva cumbre en la obra de Takashi Miike, porque consigue conjugar muchos de los rasgos que le han hecho célebre, y lo hace en una de esas obras que pueden ser valoradas en occidente sin cortapisas. Además, lo hace con una historia de terror tradicional, sin rastro de los excesos de Llamada Perdida (2004), y con una total ausencia de humor que evita que se confundan las verdaderas intenciones del autor. Porque Miike exprime aquí lo que ha ido aprendiendo de los intentos anteriores por forjar un clásico duradero: madurez, modernidad, estatismo, teatralidad, profundidad, y violencia contenida.

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De una forma muy serena, Over your Dead Body relata los ensayos de una compañía teatral de lo que será una nueva versión del drama de horror clásico japonés Tōkaidō Yotsuya Kaidan, uno de los cuentos de fantasmas más famosos de la cultura nipona, y que se ha llevado infinidad de veces al cine. La tradición cultural de Japón acepta y celebra siempre esa revisitación de sus propias obras, y Miike aprovecha ese tendencia natural para lucirse al mostrar una maestría endiablada en modernizar conceptos y llevarlos mucho más lejos. Porque la historia de fantasmas vengativos no se queda en la obra teatral, si no que va infectando la vida de los actores (excepcional cómo son capaces de mostrar contención y histrionismo según el plano de la historia en el que se muevan), hasta que las dos historias se solapan y las fantasmagorías hacen de puente para que nuestra curiosidad como espectador occidental deambule entre los dos mundos que se han convertido en reales a través del sentimiento tempestuoso de los personajes.

Es un triunfo sencillo: el director hace cosas que se esperan de él (como pervertir conceptos, o mostrar brotes de violencia irracional y absurda), pero mantiene el pulso equilibrado al presentar un estudio completo de un tema tan universal y complejo como los celos y la venganza. Y, a su vez, mostrando los entresijos del propio juego metacinematográfico en el que convierte la escenografía teatral en contenido y forma de la obra total. Tanto de las dos capas de la propia historia, como de las otras dos capas restantes película/espectador.

Sencillo. Una película magnífica.

Por cierto, en el momento en que escribo estas líneas aún no se ha estrenado la película tronada de Takeshi Miike del presente año. Pero está a punto. O al menos eso parece por el extraño teaser trailer de As the Gods Will. Ya veremos.

Iván Valle

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