Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014)


Antes de empezar a hablar de la película, me gustaría introducir un poco al director, ya que he observado dos corrientes opuestas muy marcadas de followers y haters y aunque es algo que puede parecer muy habitual para cualquier personaje público me llama especialmente la atención.

Los haters nunca se cansan de argumentar que Vigalondo viene protegido por un halo de ciber-amiguismo y seguidores incondicionales que aprueban todo lo que hace independientemente de su calidad. Ojo, que depende de qué espacios frecuentes en la red, puede darse este espejismo. El caso es que esa supuesta masa de followers ciegos de amor nunca ha tenido representación en taquilla, hecho que me lleva a concluir que, o bien no tiene tantos seguidores, o su tipo de seguidor es el que solo ve películas gratis –precisamente por ese carácter internauta-. Flaco favor le hacen.

Aquí los haters van a encontrar carnaza al principio del film, pues hay un papelito para el director –le criticaron mucho por interpretar a un secundario en su ópera prima-, hay cameos de algunos amigos, y menciones a Austin y Sitges, sedes de sus festivales de cine predilectos.

Todo esto debería ser ajeno a la obra del cántabro, que habla por sí sola; 7:35, el cortometraje con el que fue nominado al Oscar, es genial, Los Cronocrímenes es excelente, Extraterrestre, una entrañable comedia romántica con un arranque hilarantemente arrollador, y Open Windows, todo un reto del que paso a hablaros a continuación.

Lo que nadie le puede negar al director es la dificultad que ha asumido con el formato del film, -todo transcurre en la pantalla de un ordenador portátil-, ya no solo por la complejidad tecnológica que entraña la postproducción, sino por el rompecabezas que representa su montaje cinematográfico en esencia, esclavizado a la multipantalla continua, al plano secuencia y al forzoso montaje en paralelo. Y como todo riesgo tiene su peligro, aquí, las necesidades del formato han obligado a articular el guion hasta límites inverosímiles. Es un juego en el que no puedes entrar con el libro en la mano y al que hay que permitirle licencias propias del cine fantástico.

Tal como yo la veo, Open Windows es un ciber-giallo –cómo me gusta el plano de los ojos reflejados en el cuchillo- de ciencia ficción con tintes de serie B, y un alma freak como la mía se sintió muy recompensada, aunque no puedo negar que las inverosimilitudes, concretamente al final del metraje, llegan a un extremo en el que me sacan del relato. Acepto, asiento y sonrío, pero me sacan. Esto es lo más negativo que puedo decir de esta envoltura thriller-suspense con aires a De Palma y Hitchchock pero de cariz más juguetón. Como espectador nunca me he cerrado a sacrificar algunas normas del guion académico en pro del espectáculo, pero aquí además de verle las costuras, le cuelga algún hilo. Nada de lo que no sea totalmente consciente el propio director.

 Espero que los espectadores medios, que solo necesitan entretenimiento, se lo pasen como mínimo tan bien como yo. La película te va atrapando, te mantiene en tensión y no te suelta. Es realmente muy divertida para disfrutar sin prejuicios y además invita a alguna reflexión a lo Black Mirror. -¿Hasta qué punto, como voyeurs, tenemos culpa del quebrantamiento de la intimidad ajena?-

A todos nos pareció mal que publicasen fotos íntimas robadas del teléfono móvil de Scalett Johansson, pero también nos apresuramos a verlas. Esto se puede llevar al terreno de las peleas grabadas –que me niego a ver- y otras atrocidades que pululan por Facebook y whatsapp. Hay una fina línea entre alimentar el morbo y la contribución al delito. Y hablando de morbo, hay una secuencia que evidencia muy bien que la elección de casting de Sasha Grey –anteriormente actriz porno- no es casualidad, y que el director, además de no esconderlo, juega con ello y con el espectador. No haré spoilers, diré solo que es la secuencia de la bata. Ahí, Vigalondo, conjuga muy bien el deseo y la fantasía del espectador, con el humor negro y una pizca de sadismo. Sabes que está mal, pero quieres verlo. Al menos yo, me sentí muy interpelado como espectador casi interactivo.

Otra demostración de la inteligencia del cántabro, y ya casi sello personal, es el dominio del tiempo real versus el tiempo cinematográfico. Ya en Los Cronocrímenes uno se hacía cargo de la dificultad de diferenciar bien las múltiples realidades paralelas que transcurrían en tiempos distintos, pero aquí, lo que se manipula es el tiempo real que presenciamos en todo momento –sin contar alguna que otra trampa…- Desde luego, todo un ejercicio de estilo.

Respecto a los aspectos formales; fotografía, banda sonora, interpretaciones, etc, me parece que está todo más que correcto. Me alegró mucho ver a Jon D. Domínguez en los créditos como director de fotografía, ya que he seguido bastante su excelente labor en el mundo del cortometraje, y aquí consigue un look y unas texturas muy realistas. Sasha Grey, cumple,  Elijah Wood, como siempre, está bien, y Neil Maskell, fenomenal.

En definitiva, un thriller trepidante en el que a pesar de los peros antedichos, merece la pena adentrarse y avanzar con él en cada giro. Pura diversión.

Oscar Sueiro

 

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