La obsesión (The Premature Burial, Roger Corman, 1962)

Cuando Roger Corman se decidió a incluir “El entierro prematuro” dentro de su ciclo dedicado a la obra de Edgar Allan Poe se encontraba en medio de una disputa con American Internacional Pictures y su mandamás Samuel Z. Arkoff, que le llevó a tener dos bajas sensibles dentro del equipo habitual con el cual solía trabajar para este proyecto: el genial escritor y guionista Richard Matheson, junto con el cual había desarrollado los libretos de dos de las películas más célebres del ciclo, La caída de la Casa Usher (House of Usher, 1960) y El péndulo de la muerte (Pit and the Pendulum, 1961), y el actor Vincent Price, para muchos el rostro que más relaciona a Poe con el mundo del cine y que se había mostrado más magistral que nunca en las primeras películas que Corman había dedicado al escritor de Baltimore. Pero aunque la situación no se antojaba muy prometedora, bien es sabido que Corman era capaz de sacar oro de debajo de las piedras, y logró constituir otra magnífica película, en gran parte debido a los dos hombres que sustituyeron a las dos piezas que faltaban: el actor Ray Milland y el guionista Charles Beaumont.

Charles Beaumont había sido un hombre traumatizado por una madre especialmente obsesiva –que le obligaba con frecuencia a vestirse de niña en su infancia y que en una ocasión asesinó a una de sus mascotas como castigo- que comenzó a destacar como escritor de relatos de ciencia ficción y terror a muy temprana edad y fue una de las mentes detrás de la legendaria serie The Twilight Zone, formando un triunvirato mágico con Matheson y Rod Serling, que le propinó algunos de sus episodios más destacables y donde hacía patente su obsesión con la muerte y un gusto por lo macabro que le convertían en la persona más adecuada para escribir el guión de la película. La excelente labor realizada en el presente título lo llevaría un año más tarde a encargarse del guión de La máscara de la Muerte Roja (The Masque of Red Death, 1964). Por desgracia fallecería en 1967, víctima del Alzheimer.

Entre la muy adecuada actuación de Milland y el excelente trabajo de Beaumont se nos presenta a Guy Carroll como un hombre perdido en su propia locura, de la cual se esfuerza en salir, pero al que las circunstancias empujan una y otra vez a tener que verse cara a cara con el profundo temor que siente a la idea de ser enterrado vivo, de padecer catalepsia y no ser capaz de reaccionar mientras su féretro es empujado bajo tierra. Para mostrarnos el progresivo enloquecimiento de Carroll existe una escena, perfectamente adecuada en el momento justo de la película, donde Carroll, mientras pasea por el bosque con su esposa, empieza a escuchar la musiquilla silbada, en la lejanía, por el enterrador que abrió la tumba de su padre meses atrás. El personaje de Milland corre y corre perdido entre los árboles mientras la música se hace más cercana… y en el momento en el que parece dudar de su propia cordura –y al espectador- se le aparece el enterrador, todo un presagio del secreto escondido en la intriga argumental de la historia.

Otro momento donde vemos plasmada la locura de Carroll perfectamente aliñada por el gusto de lo macabro de Corman y Beaumont es en el momento inmediatamente posterior a la escena anteriormente comentada, cuando en una pesadilla –las escenas oníricas parecían ser el leit motiv del ciclo Poe/Corman- sueña que todo el plan que ha diseñado para escapar de la cripta donde iba a ser enterrado sale mal, con las ratas destruyendo las cuerdas que deberían proporcionarle el abrir las puertas secretas de la cripta y un puñado de asquerosos gusanos ocupando el vino que debería beber en el momento de verse atrapado y tener que auto-envenenarse.

Curiosamente, es en la “muerte” donde al protagonista le serán reveladas todas las verdades, como si su fallecimiento y “resurrección”, su catalepsia, incluyeran una especie de epifanía. Será a partir de la terrible escena donde es enterrado vivo y su posterior huida del nicho donde el espectador descubrirá que no todos los personajes que le rodean son lo que parecen, como un aparentemente amable médico con un curioso método de tratar a sus pacientes una vez han fallecido, o la ingeniosa y maquiavélica trama diseñada por uno de sus seres más queridos…

No faltan en este filme todos los elementos que hicieron famosa la saga de Corman, como una cuidadísima dirección artística de Daniel Haller, el ingenioso y habitual método del director por aprovechar decorados y disimular así las carencias presupuestarias o un inteligente gusto por seguir yendo “más allá” en las adaptaciones del escritor, no solo adaptando una obra concreto, sino incluyendo veladas referencias a otras de sus obras, como, en este caso, El gato negro o El tonel de amontillado.

Javier J. Valencia

 

 

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