Musa (Muse, Jaume Balagueró, 2017)

Después de la muerte de su novia, Samuel Solomon, un profesor de literatura retirado, empieza a sufrir unas horribles pesadillas. En ellas, una mujer es brutalmente asesinada mediante un ritual extraño. Hasta que un día, la misma mujer del sueño aparece muerta tal y como él lo había imaginado. Es entonces cuando conoce a Rachel, otra mujer que dice haber soñado lo mismo. Juntos, deberán hallar las claves de la verdad para escapar de tal terrible pesadilla…

Musa es Jaume Balagueró en estado puro, la esencia de sus primeros films, lejos de la saga de infectados de [REC] (2007) y de los psicópatas de Para entrar a vivir (2006) o Mientras Duermes (2011). Es un escaparate que exhibe sus inquietudes alrededordel cine fantástico en todas sus vertientes. Estudia las diversas mutaciones que este puede sufrir para expandir sus raíces a otros géneros y campos que, en un principio, no deberían estar incluidos en él. Pero su bagaje le permite moverse sin miedo por el thriller, el drama o inclusive el romanticismo para adornar el motivo de terror que teje en primer plano. El argumento de Musa, sin embargo, es algo complicado de hilar. Aunque guarde dentro de sí un significado que cambia por completo las reglas de la poesía tal y como la entendemos, Balagueró hace demasiado enrevesados sus plot twist. Que, al fin y al cabo, solo exageran con mayor ímpetu los pequeños descubrimientos que realizan los personajes a medida que avanzan los actos. Y en el fondo son situaciones que para cualquier veterano en su cine, son fáciles de resolver. Lo bueno, en contraposición, es que la estética y la puesta en escena de Musa son todo un lujazo. Tanto las labores de vestuario, maquillaje o escenografía son brillantes. Facilitan que el espectador pueda sumergirse en su cinta y goce de unas buenas clases de literatura mientras, al mismo tiempo, es aterrorizado por las musas, de las que aquí cambia la visión acerca de ellas arrastrándolas hacia algo oscuro y negativo que lleva atemorizando a los grandes escritores desde que el hombre plantó una pluma con tinta sobre papel. Un concepto ambicioso a la par que potente que no es nada fácil de exprimir. Y es justo en esa ambición donde reside el arma de doble filo que afecta al film de Balagueró. Al inspirarse en una novela, en este caso de José Carlos Somoza, La dama número 13, se ve obligado a recortar información y hacer criba de lo que él considere que no es necesario para contar la historia y pensar nuevas maneras de resolver la cinta, la cual no acaba de funcionar del todo por sus ansias de querer abarcar mucho en tan poco espacio.

Pero dejando de lado temas de guión, Musa es un pequeño diamante en bruto. A pesar de que hay algún que otro jumpscare, en general, no hay un abuso de ellos. El director español acerca la cámara a la violencia que ensalza los arcos dramáticos por los que atraviesan los protagonistas, pero también sabe cuándo aplicar el fuera de campo para que nuestra mente sea la que construya algunas macabras secuencias que él se ahorra mostrar. Sabe provocar tensión sin necesidad de golpes de sonido o ambientes creepy –que también los hay, pero no son el plato principal-. La genera a partir de la cosecha de imágenes enfermizas que van bombardeando la mente del espectador.

Por otro lado, en el apartado del reparto, el protagonista de la historia, Samuel, interpretado por Elliot Cowan, deja mucho que desear. No transmite ninguna sensación de empatía en los momentos clave y su figura se ve frustrada por Ana Ularu, su compañera co-protagonista, cada vez que ambos comparten escena, que es más que a menudo. Aunque no cabe la menor duda que el que se lleva todos los aplausos es el queridísimo Christopher Lloyd, puesto que, aún teniendo un papel menor, las secuencias en las que aparece son las más atractivas y las que más horror rebosan. Las demás actrices del conjunto de musas que componen la historia pasan bastante desapercibidas, porque como su existencia es algo misterioso, no se les saca mucho partido. Además, no importa cuál es cuál, sino lo espeluznante que pueda llegar a ser su presencia.

Musa, en el fondo, se merece el mismo foco de atención que tuvo la Verónica de Paco Plaza en su momento. Supone la vuelta del director a ese cine más propio de autor de género que tanto le caracteriza para dejar de lado el mainstream de terror que contenta a la gran parte de público, pero que también requiere el sacrificio de algunos aspectos característicos de su modo de hacer cine. Y en esta ocasión, Balagueró ha apostado por echar la mirada hacia atrás y recuperarse a sí mismo. Y sigue estando en plena forma.

Xavi Mogrovejo

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