Mil gritos tiene la noche (Pieces, Juan Piquer Simón, 1982)

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Como voy a afrontar el artículo de esta película de forma cómica, quiero matizar antes mi cariño por este director. Más allá de su calidad cinematográfica, admiro su pasión y su constancia para con el cine fantástico. También el derroche de creatividad con el que ha solventado su escasez de presupuesto. Juan Piquer Simón tenía unas normas auto-impuestas: que todos sus films fuesen rentables, no recurrir nunca a la subvenciones del estado y preservar siempre su personalidad e independencia. –Esto es admirable aquí, y en la Conchinchina.

Ahora es ya un director de culto, pero no lo sería sin espectadores como nosotros –si estás leyendo esto es que muy probablemente eres como yo, adorabas las portadas de cine de terror en el videoclub, ya desde los cinco o seis años-. Hemos conseguido que este señor y su filmografía, trasciendan porque tenemos algo en común: la antedicha pasión.

A pesar de todo, la balanza entre ilusión y calidad estaba desequilibrada; el presupuesto suele ser un hándicap en producciones de género. Sus actores acostumbraban a ser flojos, la dirección de fotografía se basaba en poner luz más que iluminar, los guiones eran muy ingenuos, y los efectos especiales, aunque muy ingeniosos, resultaban poco creíbles. Aquí debo matizar las dos excepciones: Slugs y La Grieta, con las que ganó el Goya a los mejores FX. También en su defensa diré que no es lo mismo verlas ahora que cuando se realizaron. -Espero que no se ofenda ningún fundamentalista-. Respeto mucho a este hombre y me despierta mucho cariño, pero defender esta película como slasher contundente, no sería fiel a la realidad.

Para mí, Mil gritos tiene la noche es una fiesta. Es ideal para juntar amigos afines al freakismo, comprar unas latas de cerveza y canturrear la pegadiza banda sonora. Así que hablemos de la película de una vez por todas. Y por cierto, hay spoilers a mansalva, pero no me vengáis con leches, que se estrenó en el 82 y ya la tendríais que haber visto. De hecho, os la voy a contar casi toda hasta el final.

Esto empieza con la mejor intro de la historia del cine. Así de claro.

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Bostón, 1942, un niño está en su habitación montando un puzle de una mujer desnuda, entonces entra su madre y le mete una bulla muy loca, muy desmedida, con guantazo incluido. La señora vuelca todo el odio que tenía por su marido en el pobre querubín. Pero al angelito se le va cabeza y vuelve al momento con un hacha, la mata y luego la descuartiza –típica trifulca de materno-filial-. Todo ello aderezado con el tema principal de la banda sonora, que será el leit motiv musical de todo el film. O bien lo aborreces para siempre, o bien lo cantas como si estuvieras en un estadio de futbol. –Yo soy de la segunda opción: lelolé, le-le-lo, lelolé…

Entonces llegan dos agentes de policía con una señora que es quién les alerta de que algo extraño estaba ocurriendo. No es que se sorprendan mucho al ver la cabeza decapitada de la mujer –tipos duros-, pero lo que más me gusta es cuando enfatizan lo evidente, cuando los guionistas nos tratan como a retardeds. Un agente dice: “Quién quiera que haya hecho esto, está completamente loco“. -¿¡No me digas!?-

Elipsis de cuarenta años, un personaje misterioso vestido de negro y con guantes de piel saca una cajita de un cajón y empieza a montar el puzle. ¡Es él! Pero lo que me fascina de esta secuencia es que el actor es quien se mueve a cámara lenta. No es que haya un efecto en postproducción. No, no. ¡El actor sobreactúa con las manos!  Por otro lado, creo que ninguna cámara lenta puede ir tan despacio como él. Un artista.

Desde momento empieza el juego de las sospechas. ¿Quién será el misterioso asesino en serie? ¿El bedel (Paul Smith)? ¿El profesor sospechosamente solitario y gayer (Jack Taylor –habitual del fanta-terror español)? ¿o Kendal, el joven estudiante –conocido en la escalera de su casa- ?

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Las técnicas de dirección para hacerlos parecer sospechosos son un tanto burdas, pero entramos en el juego de todas formas. A Paul Smith, que aquí se parece mucho a Bud Spencer, se le presenta moto-sierra en mano –muy sutil no es-, del estudiante dicen que donó a la universidad la calavera de una chica de unos 16 años -¿nadie se preguntó hasta ese momento de dónde había salido?-, y de Jack Taylor, todo es sospechoso –miradas ambiguas todo el tiempo-. También con el montaje: secuencia de asesinato y justo después, sale un personaje de no se sabe dónde.

Una de las primeras secuencias homicidas, no sé si casualmente, recuerda a Cat people, de Jacques Tourneur, 1942. La chica en la piscina, la presentación del villano del que solo vemos su sombra al más puro estilo cine noir, y la sensación de acecho. –Aquí hay que salvar muy mucho las distancias, pero me hacía ilusión relacionar a Torneur con Pique Simón, así por la cara, como hacen los críticos de cine que cobran por ello-.

Presentan un nuevo personaje, Mary (Linda Day) una mujer policía que se infiltra en la universidad como profesora de tenis. Entretanto, se van alternando secuencias de pies del malo siguiendo a alguna víctima. En la primera ocasión en la que persigue a la bailarina de aerobic, nos la mete doblada con su arte para el suspense. Parece que la vaya a matar, pero no. Sustaco fail. ¡Chúpate esa Hitchcock!  Más adelante recibirá su merecido suculentamente gore. Esta vez un agente de la ley vomita al ver el cuerpo desmembrado –los de 1942 eran más duros-. Me encanta que saquen a la joven en una camilla tapada como si fuera un cadáver, que le hayan cortado los dos brazos y el teniente (Cristopher George) pregunte: ¿Cómo está la chica? –Por lo menos se preocupa el hombre…

¡Ojo! ¡Alerta! Momento muy loco a la vista. El profesor de kung-fu. Nuestra infiltrada va caminando por la calle, sale un oriental en chándal de la nada, y empieza a golpearla. Ella lo deja k.o. con una patada en la entrepierna, y cuando recupera el conocimiento dice: -Estaba haciendo footing y de pronto me atacaron. Pero veo que no ha sido nada. Buenas noches- y se va sonriente. Conclusión: Juan Piquer Simón quería meter a toda costa una secuencia de artes marciales. Con calzador es poco decir.

La siguiente muerte es una de las mejores, sino la mejor. Apuñalamiento en una cama de agua a la periodista entrometida. Muchas puñaladas. Muchas. Y la última, el golpe de gracia, la mejor: el cuchillo entra por la parte posterior de la cabeza y sale por la boca. –Estos detalles se agradecen-.

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Después de ese gran clímax, el director nos la vuelve a jugar con su dominio del suspense. Parece que el siguiente sacrificado vaya a ser Kendal, pero no, lo que parecía ser el maníaco, es su amigo con una careta de un monstruo. Sustaco fail 2.

En medio de toda esta orgía de asedio y muerte, se van alternando secuencias del perturbado montando su puzle de la infancia, reconstruyendo el cuerpo desnudo de la mujer –luego comprobaremos que esto no es tan gratuito como parece-. Además, de cada víctima, se lleva un miembro.

Recta final, le toca a la joven que entrena sola a tenis. A fin de cuentas, ¿qué es este guión sino una excusa para encadenar asesinatos truculentos? Aquí nuestro psicópata se queda a gusto, la parte por la mitad con su moto-sierra, hecho atroz que propicia la hiperactuación de Mary, la policía infiltrada, que exclama: “¡Bestiaaaa, Beeeestiiiaaaa!” –No recibió ningún galardón de la Academia por esta secuencia-.

Hay un tercer susto fail, pero este es un sustico y no vale la pena reparar en él. Ahora la cosa se pone seria (con matices chorra). El desenlace.

La infiltrada va a ver el decano, ya sabemos que él es niño traumado del puzle. Sí, ese que nadie sospechaba porque muy hábilmente casi no sale en toda la película. –Viejos trucos del suspense de andar por casa-.

El caso es que toda la secuencia final funciona muy bien. De verdad. El loco le sirve café con una droga paralizante a Mary. Ella puede ver y oír, pero no se puede mover. Esto está montado en paralelo con los policías y Kendal, que ya han descubierto todo y van hacia allí. El lunático, repentinamente, enloquece mucho, coge sus guantes, un plástico y un cuchillo de carnicero mientras ella lo observa aterrada. Los policías llegan, la puerta está cerrada, pero abren el pomo con tres balazos de fogueo con los que el pomo ni se inmuta (matiz chorra), cuando entran, Mary está sentada en el sofá, inmóvil. Al agresor no le ha dado tiempo a cometer el crimen, pero está escondido y ellos piensan que ha huido porque ella no puede hablar. Se queda sola con Kendal y el trastornado sale de detrás de una cortina y empieza una lucha encarnizada –sorprendentemente bien rodada, por cierto- en la que el teniente, que ha vuelto con sus hombres, salva la situación con un disparo certero.

Pero cuando parece que todo ha terminado… zas! De detrás de un armario estantería, sale un cuerpo inerte hecho con las piezas de todas las víctimas. ¿Por qué? Pues porque la película se titula Pieces (Piezas), y no Mil gritos tiene la noche. ¡Todo tiene sentido, señores! Años después (2002) aplaudimos a Lucky Mckee por lo mismo en May, pero Juan Piquer Simón ya era el doctor Frankenstein de la era moderna.

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Pieces, ¡peliculón! Y el sustaco final a lo Viernes 13 (Sean Cuningham, 1980) pero más loco, ya es de traca. Aparece la mano de “eso” y le araña el paquete muy fuerte al pobre chaval, Kendal. Quizás hubo intención de secuela, pero no tuvimos esa suerte.

A pesar de toda la coña, y habiéndola revisado seriamente, creo que es un film con alma y entiendo que pueda gustar como peli de terror. Se percibe esa pasión por el género, pero como decía al principio de todo; con un guion ingenuo, hace falta poco para que entre actores flojos y técnicos poco talentosos, se la carguen. Por un lado, la falta de medios nunca le hizo justicia a Juan Piquer Simón, pero por otro, gracias es eso su obra tiene tantísimo encanto. Gracias por todo, J.P., allá donde estés

Óscar Sueiro “Dr. West”

Artículo publicado originalmente en “La Mansión del Terror” en Febrero de 2014.

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