Leatherface (Alexandre Bustillo, Julien Maury, 2017)

Sólo por el hecho de que Leatherface ha sido la última producción del recién fallecido Tobe Hooper, merece la pena darle una oportunidad. Los directores, Alexandre Bustillo y Julien Maury, que ya sorprendieron en 2007 con la maravillosa À l’intérieur en el Festival de Sitges –ganando el premio a Mejor Maquillaje- vuelven al mismo con la ardua decisión de reiniciar la franquicia de La matanza de Texas –renunciando, por supuesto, al largometraje de 2006 dirigido por Jonathan Liebesman que ya intentó darle un origen a toda la familia de caracuero- centrándose única y exclusivamente en hablarnos sobre los primeros pasos de uno de los asesinos en serie más simbólicos de la historia del cine moderno. Lo cual resulta de lo más atractivo teniendo en cuenta la larga trayectoria que lleva el personaje. Pero, igual que le pasó a Rob Zombie con sus orígenes de la Halloween de John Carpenter, Bustillo y Maury caen en la tentativa de querer explicar más de la cuenta y de un modo demasiado ordinario. No es nada nuevo que un asesino empiece sus carnicerías debido a algún trauma infantil que se arrastró hasta la pubertad y fue madurando hasta convertirle en un psicópata. Sendos films sucumben ante el mismo error. Y es que, a priori, siempre se teme a aquello que no se conoce, por lo que uno de los puntos que hacían crecer ese miedo incontrolable cada vez que aparecía caracuero en pantalla era desconocer sus inicios, motivaciones o los porqués de sus ansias de matar. Aquí, incluso, la definición que recibe caracuero es algo parecida a la que Jason tuvo en Viernes 13, es decir, que se ve controlado en cierta manera por su madre. Lo que le quita incluso cierta originalidad ante el carnicero de Crystal Lake.

Dejando de lado, entonces, que cualquier origen que se le intente dar a un personaje mítico del género va a hacer que se le pierda su factor más importante, el miedo, Leatherface resulta ser un producto que funciona a medio gas. Esto es, el título que recibe es sólo una excusa para poder situar a unos personajes en un ambiente similar al de La matanza de Texas y culminar su tercer acto con el final típico de toda su saga: con un hombre loco motosierra en mano persiguiendo a la chica guapa de turno para partirla en mil pedazos. Su mayor problema reside en que, al llevar el título que lleva, carga con un legado demasiado pesado para la calidad de film que Bustillo y Maury se traen entre manos. Que no deja de ser un slasher singular con demasiadas semejanzas a otros. Y es normal, puesto que sigue las reglas de dicho subgénero, pero al tratarse del icono más emblemático de la filmografía de Hooper, debería tener pequeños detalles que la desmarcasen de la mayoría.

Entrando en el apartado actoral, los personajes que componen la historia funcionan de manera correcta acorde con los acontecimientos que se narran. A pesar de que el elenco actúa como se espera, el magnetismo de los protagonistas no es lo suficientemente poderoso como para atraparnos en sus redes y hacernos conectar con la historia a través de ellos. Se sabe desde su inicio quién será el primero y el último en caer. Pero hábilmente los directores juegan durante un determinado tiempo con la confusión del espectador para que éste deba descifrar cuál de ellos será el que se convertirá en breves instantes en caracuero. Parece una tarea sencilla una vez vemos los miembros que componen el conjunto de actores principales, pero ambos directores logran crear una atmosfera de misterio de fondo ocultada por un telón de sangre y vísceras que, poco a poco, va dejando migas de pan para que el rompecabezas vaya encajando de cara al plottwist final.

Por otro lado, si bien La matanza de Texas era una proclamación de la cantidad de delitos que se estaban cometiendo y que quedaban impunes en Estados Unidos a causa de que todas las autoridades y fuerzas armadas tenían su ojo fijo en la guerra de Vietnam, en Leatherface se realiza todo lo contrario. Se habla de la brutalidad policial y del abuso de fuerza que queda justificada siempre por la palabra justicia. Un abuso del que, por lo menos en EEUU, nadie parece tomar cartas en el asunto. Aunque esto, claro, viene presentado en clave de venganza por un determinado suceso que acaece al inicio del largometraje y del cual no hablaré para no destripar la trama. Y sin duda, más allá de querer ser algo terrorífico, asienta las bases por las que se moverá la cinta.

Con todo esto no proclamo que sea un mal film, porque, como casi todo, tiene elementos muy recomendables que la hacen altamente entretenida, pero se esperaba mucho más de ella. La etiqueta de La matanza de Texas ha resultado ser un arma de doble filo para Leatherface, que para tratarse de unos orígenes se queda un poco corta. Tanto a Bustillo como a Maury, se les ha hecho un poco cuesta arriba revivir una saga como esta. Ahora, como espectáculo macabro, gore, loco, con una fotografía para quitarse el sombrero y sólo por ver el nombre de Tobe Hooper en pantalla en 2017, merece la pena verla.

Xavi Mogrovejo

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