La primera purga: La noche de las bestias (The First Purge, Gerard McMurray, 2018)

Si algo caracteriza a La purga, es su capacidad por crear una noche absolutamente demencial en un futuro distópico donde, durante doce horas, cualquier crimen, incluido el asesinato, está permitido. Esa noche viene en esta precuela a modo de experimento. El gobierno quiere testear si es viable dejar que la clase media se apalee de lo lindo mientras ellos se toman un café y observan por las cámaras cómo la sangre llena las calles de sus ciudades. Con el único objetivo de “barrer” la basura de dichas calles. El concepto que tenía Travis Bickle en Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) pero llevado, quizás, al límite por unos gobernantes racistas y sociópatas –aquí más presentes que nunca-. Empero, per sé, el objetivo principal de La purga siempre ha sido saciar la sed de violencia y sexo que, según el film, toda persona lleva dentro de manera innata. Equiparando a EEUU como un gran coliseo romano y convirtiendo a sus ciudadanos en gladiadores, leones y cristianos. Ahora solo falta adivinar quién será cada cosa.

En La primera purga: La noche de las bestias, James DeMonaco, creador de la franquicia, ha optado por quedarse en el banquillo y realizar solo la función de guionista. Dejando la dirección a manos de Gerard McMurray, pero por un motivo de peso. Aprovechando que Trump ha llegado al poder, DeMonaco ha planteado su historia como una batalla entre hombres de raza blanca y negra. Los negros luchan por sobrevivir ante la opresión blanca, cosa que ya se había podido ver en las dos secuelas posteriores de la primera entrega de La purga (2013), pero sin llegar a ser el leitmotiv principal de los respectivos films. Aquí, DeMonaco ha planteado la trama como un combate racial en el que Y’lan Noel, el protagonista gánster que resulta ser el héroe de turno que poco le falta para convertirse en Wesley Snipes, se dedica a eliminar a hombres del Ku Klux Klan y a otros de raza aria disfrazados de soldados-payaso, capitaneados por lo que aparenta ser un mezcla entre general y mad doctor nazi, que se pasean por los bloques barriobajeros de la ciudad exterminando a todo el que pillan. Por ese motivo, DeMonaco ha puesto a McMurray, un director de color, al mando del proyecto, siguiendo en la medida de lo posible, y respetando las distancias, la carrera de Ryan Coogler (Black Panther, Creed) o Jordan Peele (Déjame salir). Un hecho que no hace sino reforzar el fin político del largometraje posicionándose a favor de la resistencia.

Sin embargo, DeMonaco no se ha preocupado por cuidar la estética de su historia para que siga la misma estela creepy que el resto de entregas. El factor terror no puede compensarse solo con unos pocos golpes de sonido y efecto, bastante reglamentarios y formulados, para salvar la carencia de horror explícito que ofrece La primera purga: La noche de las bestias. McMurray y DeMonaco se han centrado demasiado en un fondo que queda poco reforzado por la forma característica de la franquicia de La noche de las bestias. Aunque sí que, por lo menos, el guionista se molesta en convertir a los personajes comparsa que componen el film en una especie de zombis hipnotizados por el establishment para que participen en la purga a cambio de una buena compensación económica. Un concepto que sí que da verdadero terror al demostrar que todos tenemos un precio y que, si por casualidad el gobierno pusiera en marcha un experimento así, hay más de uno que no dudaría en armarse hasta los dientes y convertirse en lo que sería en ese momento para el estado, un ciudadano ejemplar.

La primera purga: La noche de las bestias juega demasiado con los clichés pandilleros haciendo que su argumento parezca simplemente una lucha entre dos bandos en representación del gobierno actual de Estados Unidos. Con el que cada vez más establece una conexión más nítida y veraz. A pesar de que violencia no le falta, cargada con un estilo de videojuego y cómic, lo que verdaderamente asusta, e impacta, es que esa realidad distópica que presenta está más cerca que nunca de hacerse palpable.

Xavi Mogrovejo

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