Especial Joe Dante – 7ª parte: El ejército de los muertos (Homecoming, 2005)

Hablar de géneros a estas alturas es un ejercicio un tanto quimérico. Sin embargo, dentro del cine de terror, existe sin lugar a dudas un subgénero popular que llamamos “películas de zombis”. Más allá de los precedentes obvios, de entre los cuales destaco Yo anduve con un zombi (I Walked Whith a Zombie, Jacques Tourneur, 1943) o La plaga de los zombies (The Plague of the Zombies, John Gilling, 1966) como máximos exponentes del zombi surgido de las religiones afroamericanas (de la que el zombi haitiano seria paradigmático) nos topamos de frente con un nombre decisivo que revolucionó el género y del cual es imposible huir: George A. Romero.

Es indudable que La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968) significó un claro punto y aparte dentro de la temática que nos ocupa. Convirtió al zombi, hasta aquel momento explotado solamente en producciones de escasa calidad y poco interés, en un icono del cine de terror moderno por varios y merecidos motivos. Al contrario que sus predecesores, Romero no quiere explicarnos el origen de su plaga, sencillamente está allí. Sus zombis sin conciencia arrasan con todo, obligan a los hombres a sacar a relucir lo mejor y lo peor de si mismos, a tomar decisiones, luchar, agruparse y reflexionar. En definitiva, los zombis de Romero son una mera excusa para hablarnos sobre nosotros mismos. Ni “buenos” ni “malos”, podemos ser en verdad, algo mucho más terrorífico que un pobre muerto al que se le ha perturbado el descanso eterno… (1)

Joe Dante, estudioso y fetichista confeso del cine fantástico contemporáneo, consciente que el terreno por el que transita ha sido allanado con anterioridad por muchos –tal y como demuestra en los guiños que inserta en las dos escenas del cementerio– (2) acomete su película de zombis desde la perspectiva histórica y la convierte en una sátira social; en lo que siempre han sido más o menos veladamente estas películas: ejercicios de debate sobre nuestra propia sociedad. Los muertos vivientes no son “creaciones de mentes diabólicas”, no vienen del espacio exterior, no son demonios conjurados que ejemplifiquen un “mal” sobrenatural. Somos nosotros mismos haciéndonos daño a nosotros mismos. Al igual que el monstruo de Frankenstein, hecho de partes de cadáveres reanimadas, representan nuestra conciencia que se levanta de la tumba para darnos una patada en las narices. Tal y como comenta el director: “Esta sátira nunca pretendió ser sutil. Se puede cifrar el mensaje social en las películas de terror, eso está muy bien, pero no vas a alcanzar tanto a la audiencia como en una película más abierta. Alguien tiene que comenzar a hacer este tipo de películas, este tipo de declaraciones. Pero las haces y todos se asustan ya que el tema no es comercial y te dicen que la gente se va a trastornar. ¡Bueno, que se trastornen!. ¡Lo raro es que no estén trastornados ya! Cada minuto, alguien muere en esta guerra para nada” (3). En resumen, desde su perspectiva y gracias a la libertad que tuvo desde el principio al embarcarse en este proyecto, el cineasta decide ser explícito y llevar al extremo el género. Esta es una opción que demuestra una evidente línea continuista dentro de lo que podríamos denominar etapa post-Matinee del director, etapa que, pasando por Runnaway Daughters o Small Soldiers ya quedaría totalmente asentada en su interesante telefilme para la HBO, The Second Civil War, y que le ha valido una cierta pero aun tímida reivindicación por parte de núcleos minoritarios de la crítica europea–como demuestra su inclusión en la sección oficial del festival de cine de Sitges (edición 2006) o la ovación de cinco minutos que le dedicó el público a su pase por el festival de Turín (edición 2005)–.

A partir de este momento me veo obligado a advertir al lector que el siguiente análisis contiene numerosos spoilers. 

Retomando el hilo, en esta ocasión el objetivo a satirizar es el gobierno fanático y beligerante de Bush. Tema que al director de Gremlins le va como anillo al dedo para hablar directamente y sin ambages sobre el totalitarismo y la estupidez humana, que no conoce de épocas ni de credos. Por eso los zombis de Homecoming vuelven de la guerra de Irak, como podrían regresar de cualquier otra contienda en la que nuestra mala conciencia estuviera involucrada. No en vano, Dante reconoce que dos de sus fuentes de inspiración fueron J´Acusse (Abel Gance, 1938), en la que las victimas de la Primera Guerra Mundial se levantaban de sus tumbas, y Nightcrawlers, episodio de William Friedkin para The Twilight Zone en el que el director de El exorcista zombificaba a los soldados muertos en Vietnam. (4) Sin embargo, y sin que Dante la haya citado en ningún momento, también podríamos recordar Crimen en la noche (Deathdream, 1974) del casi siempre interesante Bob Clark como claro precedente de “comedia negra con soldado zombi que regresa de la muerte”. En este caso la guerra satirizada fue la de Vietnam.

Así pues, vemos que tres guerras bien diferenciadas en el tiempo funcionan perfectamente como fuente de inspiración a la comprometida alegoría política de Dante. Como reza la frase que abre el interesante documental Working whith a Master: Joe Dante, incluido en el dvd de Homecoming: “Todas las películas de terror son políticas. Si alguna vez queremos conocer por que situación pasaba un país en una determinada época, tan solo tendremos que ver las películas de terror que se estaban haciendo en ese momento”.

Homecoming, el voto o la bala

El episodio, rodado en tan solo diez días por Dante (5), empieza con una rápida presentación de personajes. David Murch, un joven empleado de la administración Bush interpretado por Jon Tenney (6), conduce de noche por una carretera solitaria. Le acompaña Jane Cleaver, una arrogante, ambiciosa y severa escritora reaccionaria a la que da vida la actriz Thea Gill.

A los pocos minutos de metraje aparece el primer zombi en pantalla, se trata de un soldado herido que avanza penosamente con muletas. El protagonista vacila, no está seguro que sea uno de ellos, pero Jane Cleaver coge las riendas del volante y lo atropella sin contemplaciones, provocando, de paso, el aterrizaje del vehículo en la cuneta. Una vez repuestos, y ya fuera del coche, aparece en la lejanía un camión militar. La primera reacción de la pareja es pedir ayuda, pero Cleaver enseguida se percata de la situación y ni corta ni perezosa, se pone a disparar a grito de “¡zombis disidentes!” con la escopeta recortada que llevan en el maletero. De golpe, la cámara, centra su atención en David que ha decidido empuñar también un arma, pero no para defenderse de los zombis, como nos pudiera parecer en un primer momento, sino para disparar directamente contra Jane mientras murmura pidiendo perdón y asegurando que todo es culpa suya…

El episodio da comienzo con esta potente escena nocturna en la carretera que servirá al director para abrir fuego antes de proseguir con el largo flashback sobre el cual está construido la practica totalidad de la película. Como anécdota, la matricula del coche de la protagonista esconde la primera y evidente broma de la fiesta: en la placa encontramos la inscripción BSH BABE, a la que solamente le falta una letra para convertirse en BUSH BABE.

Por primera vez desde It’s a Good Life, el episodio que dirigiera Dante para la película En los Límites de la Realidad (Twilight Zone: The Movie, 1983) el protagonista más destacado de la historia forma parte del bando de los poderosos. David Murch, es un joven y ambicioso consultor de la administración republicana estadounidense capaz de engañar y manipular al público en interés del partido al que representa. Su trabajo atañe a la redacción de los discursos presidenciales, es por tanto un ideólogo. Como hemos visto a lo largo de su obra, lo habitual es que el realizador se decante por otorgar el protagonismo al bando de los débiles, los marginados y los desfavorecidos. Cuando esto no es así, como en el caso de Murch, (o en el del niño protagonista de It’s a Good Life) nos encontramos con un personaje muy contradictorio que evolucionará a lo largo del episodio y al que sus dudas llegarán a atormentar hasta límites insospechados.

Eso no quita que a Dante siempre le hayan interesado los personajes que ostentan el poder, aunque siempre enfocados como los villanos de la función. Como he apuntado hace un momento, a lo largo de su carrera encontramos muchos de estos individuos, pero en contadas ocasiones ejercen de protagonistas. Los personajes poderosos, sea cual sea la forma de poder que ostentan, siempre reciben un castigo proporcional a sus actos en las fábulas del director, o cuanto menos, rectifican su posición tras cierta introspección personal. Por otro lado, el realizador no puede evitar resaltar continuamente que Homecoming contempla dos bloques protagonistas bien diferenciados, y uno de ellos, sin lugar a dudas es el ejército zombi, al que, como veremos más adelante, el director trata con indisimulado cariño.

Esta breve presentación en el coche nos sitúa, a partir de numerosos detalles, (la chapa que en la solapa la actriz reza “Four more years”, la manera familiar de nombrar a los muertos ambulantes “es uno de ellos” o el hecho que lleven una escopeta recortada en el maletero) en un futuro muy próximo en el que los zombis han tomado las calles de Estados Unidos mientras el gobierno se ve incapaz de controlar la situación. Gracias al flashback que he comentado antes, descubrimos poco a poco como ha llegado a producirse esa situación y cuales son las pretensiones de los cadáveres andantes.

“Recuerdo la noche en la que el mundo se volvió un infierno, fue la noche en la que conocí a Jane”. Tras los créditos iniciales, la voz en of del narrador, evidentemente David Murch, nos sitúa lleno en el flashback. Tan solo cuatro semanas antes empezó todo. David y Jean se conocieron en un programa de televisión, un late night llamado Marty Clark live! (parodia del conocido show televisivo norteamericano conducido por Larry King). La escritora se encuentra allí para promocionar su nuevo libro “Subversión: Como la izquierda radical asumió el control de las noticias por cable” y David para enfrentarse en directo con la madre de un soldado muerto en Irak. (No es casualidad que las experiencias que cuenta la madre en cuestión sean una extrapolación de las vivencias de Cindy Sheenan, mujer que se ha convertido en todo un símbolo dentro del movimiento pacifista estadounidense). En respuesta a los comentarios acusadores de la madre del soldado caído, David se saca de la manga una frase, unas pocas líneas que desencadenarán todo el asunto: “Si pudiera pedir un solo deseo, desearía que su hijo regresase, porque se que el nos diría a todos la importancia que tiene esta lucha para la seguridad de todos los norteamericanos”. David se siente legitimado para actuar así ya que como afirma durante el programa, y en multitud de ocasiones durante el episodio, tenía un hermano que murió en la guerra de Vietnam.

Poco después, esa misma noche, Kurt Rand, el asesor del presidente interpretado por Robert Picardo, (sobre el que nos extenderemos más adelante) le comentará al protagonista que su magnífica frase ha calado hondo en las altas esferas y será utilizada textualmente por el presidente en el próximo e importante discurso de campaña.

Por supuesto, el deseo se convertirá en realidad en el mundo ligeramente alternativo que nos presenta el equipo de Masters of Horror. Tema que nos confronta directamente con uno de los aspectos centrales de los cuentos y fábulas populares, del que también se hizo sobradamente eco la mítica serie Twilight Zone, nos referimos al viejo “Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad”. Es revelador que este fuera también el tema sobre el cual giraba el anteriormente mencionado It’s a good life episodio que dirigió Dante para Twilight Zone: The Movie, en el que un niño con poder ilimitado ejercía una particular tiranía sobre sus allegados.

Tan solo con esta escena, el director nos explica el motivo de la aparición de sus zombis, una vez más, al igual que los de Romero, estos cadáveres no necesitan ninguna explicación científica para salir de sus tumbas. Simplemente están ahí (aunque los mandamases no quieran verlos ni en pintura). También durante esta escena se muestran dos rasgos de personalidad interesantes. Mientras David es capaz de sosegarse y mostrar cierta introspección personal (más adelante asegurará haberse sentido mal al escuchar a la madre del soldado y entenderemos sus motivos) Jane es fría y dura como el mármol y no duda en calificar a los manifestantes pacifistas que aparecen en las imágenes de archivo de los monitores del programa de esta guisa: “jóvenes llenos de acné y mujeres llenas de pelos, son feos, estúpidos y no tienen nada más que odio por nuestro país”. Es significativo que Dante haya tenido que escuchar críticas similares durante este año, (sobretodo acusaciones de antiamericanismo) en los medios y los blogs de Internet más conservadores (7)

Posteriormente llega la brillante y arriesgada escena en la que para nuestra sorpresa, y la de un joven recluta, vemos claramente a los zombis por primera vez saliendo de sus ataúdes envueltos en las banderas norteamericanas que los cubren. Realmente se trata de una escena memorable que evoca directamente las ya conocidas y duras imágenes televisivas con las largas filas de ataúdes regresados de la guerra de Irak que la administración Bush intentó ocultar en un principio. Sobre este particular, Dante comenta “Cuando vemos la imagen de esos ataúdes, hay que decir que es una imagen que generalmente se retiene, notamos una gran gravedad en ella. Por eso, aun cuando se trata de una comedia, sobresale algo básicamente tan serio y que presiona tanto sobre el tema de fondo que la sátira no lo consigue suavizar en absoluto” (8)

A medida que el episodio avanza seguimos asistiendo con naturalidad a los estereotipados pero verosímiles debates del Larry Clark Live. Dentro de un producto de ciencia ficción o terror, esta operación obedece a la voluntad de imprimir un toque de realismo a la historia, por encima del elemento fantástico. Las cámaras de cine de Homecoming se confunden con las del programa de televisión repetidamente, al igual que hiciera Robert Wise con las escenas de los noticiarios de Ultimátum a la Tierra o Paul Verhoeven con Robocop y Starship Troopers.

En esta ocasión las tintas se cargan contra la iglesia. Un tal Reverendo Luther Poole, presidente de un movimiento ultra-conservador denominado con cierta sorna Tradicional Family Values Inc. y la misma Jane Cleaver en un primer momento de confusión se dedican a cantar alabanzas ante el milagro que Dios le ha otorgado a América cumpliendo con el sueño del discurso del presidente. Pero a partir de este momento, no tardaremos en descubrir los verdaderos motivos de los zombis. Seremos testigos que los no muertos de Dante no quieren matar a la gente ni comer cerebros, sino simplemente votar contra la guerra y contra cualquier opción que la represente. Como demostración uno de estos incombustibles soldados cae fulminado al suelo tras ejercer su voto.

Dante aprovecha este descubrimiento para, de nuevo a través del programa de Larry Clark, trazar una parábola reveladora. Las fuerzas vivas antes mencionadas cierran filas en torno al gobierno. Ahora los muertos regresados ya no son un regalo de Dios sino una abominación del diablo que hay que exterminar. Ya no tienen ningún derecho. Olvidémonos por lo tanto del sufragio. Los políticos no piensan claudicar y la suerte ya está echada.

Para confrontar al poder con el pueblo, instantes después, se nos regala una de las escenas más emotivas y bien filmadas de Homecoming. Aunque pueda parecer paradójico, la entrañable escena contempla a un zombi como eje central de la misma. Como siempre en el cine de Dante, el extraño y el outsider son motivo de abierto homenaje. Un zombi que avanza lastimeramente bajo la lluvia encuentra alojamiento en una cafetería regentada por una familia afroamericana que también tiene un hijo en la guerra “Nosotros no le culpamos…sabemos que fue alguien que lo llamó” le comenta el padre de familia al zombi resumiendo todo el episodio en esta acusadora frase. Por otro lado, el hecho de que la familia sea de raza negra, mientras el soldado representa al típico caucáseo no es gratuito e incorpora un elemento de hermanamiento clave en un drama que afecta en primer lugar a los segmentos más desfavorecidos de los Estados Unidos.

Ya hemos hablado por encima de Kurt Rand. Encarnando a este personaje nos encontramos otro gran secundario y habitual colaborador de Dante, Robert Picardo. Su papel de fiel consejero es casi un alter ego del presidente. Picardo nos dibuja un hombre absolutamente ruin, despojado de cualquier sentimiento que no sea el egoísmo. Todo esto queda patentemente demostrado cuando, en un determinado momento, Kart exclama, desesperado y en voz alta, “¡Malditos sean! ¿Por qué no hacen cualquier cosa? Comer un cerebro o arrancarle la garganta a alguien… ¡Al menos tendríamos una excusa para hacerlos desaparecer!” Esta afirmación, una de las más duras atribuidas a un representante del poder en el episodio, ejemplifica perfectamente la perversión que radica en la pretensión de socializar del miedo entre la población como excusa para el libre ejercicio de la violencia institucional por parte del gobierno (9). Por lo tanto Kurt es un vampiro del poder, el típico personaje sádico que disfruta entre las bambalinas del mismo. Pese a que ya nos ha sido brevemente presentado casi al inicio del episodio (durante la llamada que le hace al protagonista) Dante le reserva una de las mejores escenas del insólito capítulo, la escena que acontece en los laboratorios biomédicos del ejército.

Durante la secuencia en cuestión, que nos retrotrae directamente hasta El día de los Muertos de George A. Romero, en la que también entraban en confrontación el ejercito y la sociedad mientras este experimentaba de forma cruel con los no muertos, conocemos a Bobby Earl Bieller, uno de los zombis con los que están experimentando en el mencionado laboratorio, creado ex profeso para eso. El consejero del presidente habla sobre el mutilado soldado sin una pizca de respeto y bromea sobre la extirpación de sus cuerdas vocales, como comenta, practicada literalmente para que el cadáver cerrara la boca. Por último, y sin inmutarse lo más mínimo dispara a bocajarro contra el soldado, para demostrar una vez más que no existe forma humana de callarlos por la fuerza. En su imposibilidad de pensar en otros términos, su cerrazón y su absoluto desprecio por la vida, el personaje interpretado por Picardo exclama, al final de la escena, que esos soldados incombustibles funcionarían de perlas como fuerza de choque para el ejército norteamericano.

También se reserva a Kurt el dudoso honor de protagonizar una de las artimañas más viles del capitulo, cuando intenta convencer a un zombi para que hable públicamente a favor de la guerra. Para más inri, el cadáver es escogido de entre muchos en un campo de concentración en el que, tras las alambradas, los no muertos visten monos color naranja. La evocadora imagen de la base norteamericana de Guantánamo golpea con más fuerza, si cabe, que la de los ataúdes citados más arriba. Como era de esperar dentro de la fábula del director, la maniobra de Kurt tiene su castigo.

Más adelante, cuando el gobierno descubre que los regresados están influyendo definitivamente en la población y los resultados electorales ya no les serán favorables, decide actuar fraudulentamente, estableciendo a gran escala un claro paralelismo con las artimañas de Kurt y su forma de pensar. Esta última y perversa opción, negación radical de la democracia tras la que se escudan, desencadenará un clímax-moraleja apoteósica en el que todos los muertos de las guerras norteamericanas se levantaran de sus tumbas para clamar justicia. Los muertos llaman a los muertos. Sin embargo la voz en of de David todavía lo explicará mejor: “Ellos hicieron lo que los soldados siempre hacen: Pedir refuerzos”.

Hacia el final del episodio todo se desencadena. Dante riza el rizo e inserta un “flashback dentro del flashback”. Jugando con los tópicos, en ocasiones tan necesarios en un producto de corta duración como el que tenemos entre manos, esta vez es en blanco y negro. En el mismo, descubrimos que el hermano supuestamente muerto en Vietnam, regresó de la contienda ileso a nivel físico, pero psicológicamente destrozado y con tendencias suicidas, las cuales hubiera llevado hasta sus últimas consecuencias de no ser porque, en realidad, murió tiroteado accidentalmente a manos de su jovencísimo hermano David. Esta vuelta de tuerca no podía resultar más redonda. No solo le niega toda posible legitimidad al discurso de David, que había desarrollado una amnesia traumática, sino que sirve como hiriente crítica a la perversa proliferación libre de armas en Estados Unidos, apoyada mayoritariamente por el sector conservador, cerrando de forma magistral el discurso político abierto por el director.

David, continuando su evolución lógica, se pasará radicalmente al bando de los zombis a manos, de su hermano, que efectivamente es uno de los regresados. Este doble castigo, parcialmente voluntario y en clave de redención cierra el trayecto del personaje de forma más que acertada. Aun y así, todavía se nos reserva un jugoso epílogo en esta función en el que los zombis tomarán el control de los Estados Unidos, obligando al gobierno actual a retirarse hacia el exilio.

Este ácrata colofón, justificado por el fraude electoral y que tan solo conocemos a través de la voz en off de David, mientras le vemos desfilando zombificado ante la bandera de su país, es una gamberrada nada sutil del director, que evidencia el deseo expresado por él mismo, y comentado más arriba, de no codificar más el mensaje en sus películas. Joe Dante demuestra no haber cambiado en absoluto en todos estos años. De nuevo sus “Gremlins”, sus “Pirañas” y sus jóvenes excluidos le ganan la partida al poder. Pero esta vez no sucede de forma tan velada. Otra vez como sucediera en el clásico de ciencia ficción Ultimátum a la Tierra, los campos de cruces se nos muestran en todo su funesto esplendor, para remarcarnos el sinsentido de la guerra. Los largos encadenados entre planos con cadáveres andantes, que miran directamente a cámara, nos desafían. Si nuestras conciencias todavía no estaban suficientemente alteradas, ahí tenemos la verdadera faz de la injusticia: la cara más horrible de la guerra ya no se puede esconder. Ahora se pasea literalmente por la ciudad, mirándonos a todos directamente a los ojos.

Notas:

(1) Aprovecho para copiar la descripción que hace Simon Pegg, el actor y guionista de la divertida Zombies Party (Shaun of the Dead, Edgar Wright, 2004) del tema zombi. Creo que Pegg, en el epílogo de la segunda parte del interesante y recomendable comic de Robert Kirkman Los Muertos Vivientes, da con la descripción definitiva del fenómeno: “Mientras otros monstruos reclaman la atención con capas, garras y vendas, el zombi se ha incrustado en nuestra conciencia con poco más que un andar tambaleante y un gemido. Metafóricamente, esta criatura clásica personifica algunos de nuestros mayores miedos. El más obvio es nuestra muerte personificada. La manifestación física de la cosa que más tememos. Más sutilmente, el zombi representa algunas de nuestras más profundas inseguridades. El miedo de que en el fondo seamos poco más que animales, preocupados solo de nuestro propio apetito. Los zombis también pueden representar la amenaza del colectivismo contra el individualismo. La idea de que podríamos ser engullidos y olvidados, nuestra forma de ser especial, devorada por la multitud”.

(2) Fiel a su línea, Joe Dante aprovecha su trabajo para deslizar unos cuantas perlas a modo de homenaje hacia sus predecesores. Por lo tanto, en Homecoming, el festival de guiños y referencias es constante, aunque mucho más contenido que en cintas anteriores. Como plato principal nos encontramos con el habitual saludo de respeto hacia ese cine perdido que tanto atesora el director. En la escena en la que David, junto a su madre, visita la tumba de su hermano en el cementerio, la cual nos traslada inmediatamente a los primeros minutos de La Noche de los Muertos Vivientes de Romero, vemos que las lapidas llevan inscritos diferentes nombres de directores de cine relacionados con películas de zombis. Es curioso comprobar que el primer nombre que se nos muestra, de forma más o menos disimulada pero con evidente protagonismo en diferentes planos, es el de Gordon Douglas, conocido por dirigir, entre muchas otras, la pieza de culto La humanidad en peligro (Them, 1954) pero que a todas luces ha sido incluido aquí por haber realizado Zombies on Brodway de 1945, comedia terrorífica que cuenta con Bela Lugosi como actor y que está considerada como una secuela no confesa del clásico imperecedero I walked with a Zombie (1943) de Jacques Tourneur. No es casual que Dante, a sabiendas que también está rodando una comedia, decida mostrarnos el nombre de Gordon Douglas en primer lugar y de forma repetida.

Hacia el final del episodio y volviendo a Tourneur, es a él a quién el autor sitúa justamente en lo más alto del podio. Precisamente escribe su nombre en la lápida que capitaliza la primera y única “escena del muerto que sale de su tumba”, ese esperado y metafórico renacer desgarrador, en el que el cadáver se abre paso con sus manos desnudas a través de la tierra en la que ha sido enterrado y de la que La plaga de los zombis película que dirigiera John Gilling en 1966 fue un claro precedente. De hecho, el nombre del director de la Hammer es otro de los que más claramente podemos observar en esta escena final, durante la cual también se destacan algunos otros. A saber, el del italiano Lucio Fulci, responsable de las imprescindibles Nueva York bajo el terror del zombi (Zombi 2, 1979) o Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (Paura nella città dei morti viventi, 1980); el de Jean Yarbrough responsable de King of the Zombies otra “comedia con zombis de las antillas” dirigida en 1941 durante el primer aluvión hollywoodiense de este tipo de cintas; o el de Victor Halperin que firmó White Zombie (1932) con Bela Lugosi de protagonista y Revolt of the Zombies (1936).

Otro de los nombres que ilustran las lápidas es el de Edward L. Cahn, artesano de la serie Z que, a la sombra de la AIP (American International Pictures) perpetró, entre otras, bastantes cintas con zombis, tales como Creature with the Atom Brain (1955), Voodoo Woman (1957) o Zombies of Mora Tau (1957). Curiosamente Cahn también rodó en 1956 Runnaway Daughters para la mítica productora. Bastantes años más tarde, Dante firmaría un remake muy superior en forma de telefilme y del cual ya se ha hablado en el artículo.

Pero no se acaba aquí la lista, por último, también hay sitio para Del Tenney, uno de los mayores reyes de la caspa, que tiene en su haber la película Zombies (1964). Como anécdota, cabe comentar que la olvidable producción se quedó varios años sin estrenar hasta que Jerry Gross la compró para acompañar su producción propia I Drink Your Blood para el habitual doble feature de la época, motivo por el cual le cambiaron el título por el de I Eat your Skin, por el que se la conoce actualmente.

(3) i (8) Extraído del articulo de Dennis Lim Dante’s Inferno. A horror movie brings out the zombie vote to protest Bush’s war, publicado en www.villagevoice.com (La traducción es mía, lo siento).

(4) Extraído y prácticamente copiado del imprescindible artículo Los apóstoles del terror catódico de José Ramón García Chillerón para www.contrapicado.net

(5) El realizador comenta que los imperativos de producción para rodar Homecoming en diez días no le supusieron un precio muy elevado a cambio de contar con la libertad de la que realmente dispuso. Por otro lado, las limitaciones temporales son algo a lo que ya esta acostumbrado, pues Roger Corman le concedió el mismo plazo para terminar Piraña, su primera película en solitario.

(6) A parte del actor fetiche, Robert Picardo, Tenney es el único actor que podemos relacionar con Dante, pues trabajó en la muy fallida The Phantom (Simon Wincer, 1996) de la que este último fue productor ejecutivo.

(7) En la entrevista realizada por Peter Brown Exclusive Interview: Joe Dante enjoys his homecoming, publicada en www.ifmagazine.com

(9) Teoría seguida por algunos sectores de la sociedad civil estadounidense, expresada de forma definitiva en el interesante documental de Michael Moore Bowling for Columbine (2002) y en el no menos interesante La doctrina del shock (The Shock Doctrine, 2009) de Mat Whitecross y Michael Winterbottom.

Otras fuentes consultadas:

Entre la autopsia y la resurrección, artículo inédito de Toni Junyent.

Dante’s Inferno: The Necessary Satire of Homecoming entrevista realizada por Mark Peranson para la Web www.cinema-scope.com

Joe Dante and John Landis take on a new challenge as two of Showtime\’s spooky Masters of Horror entrevista doble realizada por Kathie Huddleston para www.scifi.com

Dani Morell

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