La noche de Halloween (Halloween, David Gordon Green, 2018)

Tampoco se esperaba la reinvención del género con una secuela tardía que llega cuarenta años después, respecto a la película que la precede, anulando todas las secuelas que la franquicia de John Carpenter ha tenido a lo largo de este tiempo. ‘La noche de Halloween’ de 1978 marcó un antes y un después dentro del cine de terror. Siendo, junto a ‘La matanza de Texas’ (Tobe Hooper, 1974), la precursora del subgénero slasher y la que dejo establecidas las pautas sobre las que dicho tipo de films se regirían. Después de varias secuelas y un reboot por parte de Rob Zombie, David Gordon Green pone un punto y aparte en la saga ‘Halloween’ para hacer lo que muchas no habían conseguido anteriormente: devolver la esencia de Michael Myers a la saga.

‘La noche de Halloween’ de Green es consciente de que el público al que se dirige es al que ya conoce la historia. No pretende hacer demasiadas presentaciones –que, para despejar dudas a los nuevos en la saga, las hay en la medida de lo posible- y va directo al meollo del asunto; a cómo Michael Myers se fuga del psiquiátrico donde estaba y regresa a Haddonfield para sembrar el pánico una vez más entre sus habitantes la noche del treinta y uno de octubre. Mismo planteamiento que la original, mismo escenario y mismos personajes. Pero lo que no es lo mismo es la violencia con la que Green trae de vuelta a uno de los villanos enmascarados más importantes de la historia del cine de género. El Myers de Carpenter, en lo que respecta a las exigencias del público actual, no cumple los estándares mínimos requeridos por el patio de butacas adicto a la sangre. A sabiendas de ello, Green deja claro desde el primer asesinato que el regreso de Michael solo puede ser comparable con la secuela de Zombie, ‘Halloween 2’ (2009) en lo que a visceralidad se refiere. ‘La noche de Halloween’ (2018) no busca profundizar en su historia. Ahí es donde quizá el dúo de películas de Zombieganan terreno al funcionar como una reinterpretación del serial killer ficticio de Carpenter. En cómo el director de ‘La casa de los mil cadáveres’ ahonda en la mente del asesino para ver qué hay más allá de sus crueles actos y qué es lo que puede condicionar ese comportamiento. Ideas que resuelve, o resuelve parcialmente, con la primera entrega: ‘Halloween: el origen’ (2007), donde se mete de lleno en la infancia de Myers y la exploración de su entorno familiar hostil.

Green, por el contrario, prefiere dejar el misterio donde lo dejó Carpenter y centrarse en generar escenas con violencia explícita que impacten al espectador. Se limita a, podríamos decir, seguir las pautas que Carpenter estableció con la primera secuela de su ‘Halloween’, ‘Halloween II: ¡Sanguinario!’ (1981, Rick Rosenthal), que se encargó de co-escribir junto a Debra Hill. En ella, se seguía la trama justo donde terminaba el film de 1978, y la diferencia más destacable entre una y otra era la cantidad de muertes violentas que ‘¡Sanguinario!’ traía consigo. Carpenter explotó en esa secuela la violencia que no pudo exprimir en su obra original. Green hace lo mismo aquí. A pesar de que rueda parte de la carnicería con el fuera de campo para jugar con la imaginación del espectador y hacerlo partícipe de esa matanza.

Lo que sí explora Green es la expansión maligna que genera la existencia de Myers. Estudia al asesino como un pilar al que muchos seguirán para entender la mecánica de la mente de un monstruo que mata por placer. Haz el mal y no mires a quién, diría si tuviera voz el carnicero de Haddonfield.

No hay que pedirle demasiado a esta secuela de David Gordon Green. Ni quiere, ni pretende ser una reinvención de nada. Así como tampoco quiere ser la mejor entrega de la franquicia. Pero las cartas que pone sobre la mesa son sólidas. No flaquea y tampoco se pierde en relaciones entre personajes que hubieran perjudicado al film en sí.

Xavi Mogrovejo

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