Hagazussa

Hagazussa (Lukas Feigelfeld, 2017) es uno de esos filmes que lleva la belleza hasta en el título. Hagazussa, que es una palabra que no me veo capaz de de dejar de pronunciar mentalmente, es la que se empleaba en la etapa medieval del Sacro Imperio Romano Germánico para describir a las brujas y a los demonios femeninos en general.
El film nos transporta a ese tiempo, a ese lugar: en los Alpes en pleno siglo XV, primero a la vivienda de una mujer que vive sola con su hija, alejada de los pobladores cercanos y después a 15 años más tarde, cuando su hija se ve obligada a criar a su bebé, otra niña cuyo nombre es un homenaje a su madre y de la que no acaba de estar claro quién es el padre.

Si hay algo que Lukas Feigelfeld persigue en este impresionante debut que es Hagazussa (voy a repetir mucho el título, porque de verdad que es que me parece una palabra preciosa), es la ambientación. La narrativa se disuelve entre planos de las montañas, un gusto exquisito por la centralidad y la geometría de los planos y una calma que nos permite disfrutar da cada una de las imágenes leyéndolas, digiriéndolas y manteniéndolas el tiempo justo. Casi no hay diálogos y la historia contada es muy pequeña. De hecho, si pretendiese hacer una sinopsis creo que en tres frases haría spoiler de todo lo narrado. Pero no importaría, porque Hagazussa basa su importancia en la forma, en cómo se narra, en transmitir sensaciones antes que acciones. Lo mejor de todo es que lo logra de un modo abrumador.

Gran parte del mérito en este juego ambiental y poético está en la fotografía de Mariel Baqueiro apoyándose en una localización que quita el aliento. También la música, de la mano del proyecto griego de drone MMMD, supone un apoyo a que entremos en lo que nos propone el film. Llevo mucho tiempo defendiendo el drone como género a nivel de transmisión de sensaciones y aquí queda demostrado cómo funciona al usarlo como banda sonora en historias oscuras. Soy consciente de que con esto no estoy descubriendo la rueda, pero es agradable ver que no soy el único con esta opinión. Lo que logra Feigelfeld con esta selección es dotar de un terror absoluto las imágenes preciosistas que nos brinda, de un aire desasosegante en el que el horror llega a través de lo fantástico, de lo feérico. Tal y como debe ser en una historia que retoma elementos oscuros del folklore centroeuropeo.

Con todo, precisamente por su trabajo puramente ambiental dividido en 4 actos, no estamos ante un film sencillo. Es una obra que necesita reflexión, una digestión de varias horas repensando lo visto e incluso más de un visionado, porque Hagazussa se sale de los márgenes de la realidad para encontrarse con lo onírico y lo simbólico, dando importancia a la metáfora y la poesía visual en detrimento de la prosa narrativa audiovisual convencional. Aun así, con un primer visionado es imposible no darse cuenta de que es una obra única, personal y que, como mínimo, tiene la capacidad de llevarnos al mundo fantástico y atosigante al que nos quiere llevar. A ese mundo de supersticiones del folklore europeo en el que la naturaleza, la desconfianza humana y la muerte son parte indisoluble del día a día de las personas.

Querría destacar un par de momentos: Uno es la visita de nuestra protagonista, Albrun (Aleksandra Cwen), a la iglesia. Una iglesia que parece parte del paisaje, como una roca más en la escarpada montaña, y que en su interior alberga paredes hechas de huesos y calaveras que parecen sacadas de las catacumbas parisinas o del osario de Brno. Una iglesia que resume, como set, los tres puntos que destacábamos un poco más arriba: superstición, desconfianza (que es lo que transmite el cura) y muerte. Además, esta secuencia se sitúa en el punto central de la película, recogiendo una enorme importancia a nivel de poética.

El otro momento a destacar es el tercer acto: Sangre. La película tiene un ritmo pausado en el que se detiene a gustarse en todos y cada uno de los planos, pero aquí lo eleva a una cota superior. Si bien durante el resto de Hagazussa el tiempo transcurre con calma, aquí se para. Esto, pese a que a priori no debería hacerlo, termina por jugar en su contra, ya que sirve en gran medida de final, y la acción que sí ocurre se pospone excesivamente, resultando más pesada que las partes anteriores. Además, se abraza a una narrativa más simbolista, necesitando efectos de postproducción y perdiendo parte de esa magia narrativa que desarrollaba en toda la construcción hasta este clímax. No quiero decir que estropee el conjunto, pero sí que pega un bajón de calidad en un momento en el que parece pesar más.

Con todo, Hagazussa es una magnífica ópera prima, que recuerda a la The Vvitch que Robert Eggers nos brindaba en 2015 por la cuestión ambiental y narrativa, además de la evidencia temática y del hecho de ser ópera prima. La diferencia es que aquí se prescinde de la necesidad de profundizar en el conflicto religioso para primar lo humano. A tal punto que habla de cómo la vida se puede destrozar a través de tantos caminos, dejando ese poso simbólico que aglutinan todas las leyendas folklóricas.

 

Lois E.Froiz

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