El almuerzo desnudo – Bienvenidos a la Interzona – 2a parte (Naked Lunch, David Cronenberg, 1991)

CUARTO DISPARO:

ADAPTANDO LO INADAPTABLE.

“Hasta mi reciente recuperación no comprendí lo que significaba exactamente lo que dicen sus palabras ‘ALMUERZO DESNUDO’ un instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores.”

(William Burroughs. Introducción de la novela)

Cronenberg comenzó a interesarse a nivel profesional por la obra de William Burroughs en 1984 durante el Festival de cine de Toronto, donde contacta con el productor Jeremy Thomas y le manifiesta su deseo de adaptar la novela. Meses después, Burroughs y Cronenberg se conocerán en el 70 cumpleaños del escritor en Nueva York.

Un año después, Cronenberg viajará a África para buscar localizaciones para el proyecto frustrado de “Desafío Total” (que finalmente rodaría Paul Verhoeven) y para buscar inspiración para rodar un proyecto tan inclasificable como iba a ser “El almuerzo desnudo”.

De entrada, al espectador ocasional o alejado del cine de Cronenberg, pudiera parecerle que un libro tan anárquico como “El almuerzo desnudo”, en el que la falta de una trama lineal consistente hace que no importe en qué página fije uno la vista para comenzar a leer, sería imposible de adaptar en imagen real, máxime cuando un cineasta tan dotado como Stanley Kubrick (amén de Dennis Hopper o Anthony Balch, que también estuvieron interesados en el proyecto), que sí pudo adaptar la novela homónima de Burgess “La naranja mecánica”, tuvo que desechar la idea de transformar en imágenes la obra de Burroughs al verse incapaz de ello.

Y eso pensaron muchos hasta que vieron, con asombro, perplejidad y regocijo, la maravillosa e insuperable visión que de la obra filmó David Cronenberg; aunque, eso sí, una vez vista la película, uno no puede decir que se trate de una adaptación propiamente dicha, puesto que también se utilizan como base para su guion obras como la mencionada “Yonqui” o “Exterminador”. “El almuerzo desnudo” que nos presenta Cronenberg es mucho más que eso. Es algo nuevo. Un ente casi único. Una experiencia irrepetible difícilmente posible de esperar de otro director. Un tributo a un creador y a su particular universo.

Si analizamos detenidamente los puntos que tienen en común libro y película, no debería extrañarnos esa capacidad de trasladar en instantáneas las desquiciadas palabras del otro, puesto que la obra de Cronenberg siempre ha estado muy ligada, en conceptos y espíritu, a la de William Burroughs (así como a la de Nabokov y J. G. Ballard, por supuesto). La semejanza de conceptos entre Burroughs y Cronenberg es más que evidente, al menos en esa primera parte de la filmografía del canadiense que nos llevaría hasta la, para mí, fallida “ExixtenZ”, película a partir de la cual cambiaría el enfoque de lo que muestra, que no el mensaje de lo mostrado. La iconografía bizarra del director, como sucede en la de Burroughs, está plagada de personajes mutados de sexualidad ambigua pero difícilmente contenida, de aberraciones insectizoides, de mad doctors (el Dr. Benway en este caso que, a diferencia de otros científicos del cine de Cronenberg, consigue salir airoso de sus experimentos) en busca de humanos con los que jugar a ser Dios (cuando no utilizan su propio cuerpo para ello, como es el caso de “La mosca”), lo cual nos lleva a la obsesión que profesan ambos creadores hacia los fármacos y las sustancias que alteran el organismo tanto a nivel físico como mental; presentan intereses comunes también al mostrarnos corporaciones que tratan de alienar y manipular al ciudadano de a pie, así como la irrupción en escena de personajes dotados de poderosos y peligrosos dones telequinéticos y telepáticos (no en vano, Burroguhs era un entusiasta de estas derivas de la parapsicología y pasó una laga temporada tras la pista del yagé por tierras de Colombia, Perú y Ecuador, una droga que otorgaba poderes telepáticos), recurrentes en el cine de Cronenberg, como vemos en “Stereo”, “Scanners” o “La zona muerta”. Asimismo, ambos poseen una mirada un tanto peculiar hacia lo femenino: para Cronenberg, las mujeres son entes extraños portadores de virus y desencadenantes de desgracias; Burroughs, por su parte, siente cierta fobia hacia ellas, lo que nos lleva a su marcado coqueteo con la homosexualidad.

Bajo mi punto de vista, y junto a “Videodrome”, con la que guarda numerosas similitudes, esta película, esta visita guiada al oscuro mundo de la mente de un drogadicto, claustrofóbica y propensa a lo onírico, se erige como la obra más personal y que mejor define las inquietudes del director. En ella, como si de un biopic ilusorio apocalíptico se tratase, la vida real de William Burroughs se confunde con la alucinada ensoñación del personaje Bill Lee (William Lee sería el pseudónimo empleado por Burroughs para la publicación de la novela “Yonqui”), émulo del escritor magistralmente interpretado por un Peter Weller en estado de gracia y que nos recuerda poderosamente a las ensoñaciones sufridas por Max Renn en “Videodrome”. Bill Lee es un exterminador de insectos (como también lo fue Burroughs durante una época de su vida) cuya mujer, Joan, emplea el polvo del insecticida con el que trabaja como sustancia con la que drogarse. Esta variación con respecto a la novela original, donde la sustancia en cuestión era la heroína (acto deliberado con el que, tal vez, tratara de no formar parte de debates públicos al respecto de ciertas sustancias), o el hecho de romper narrativamente con la aceleración del libro en pos de una introspección latente y necesaria, no deben interpretarse como una adulteración del texto de Burroughs o una vía con la que suavizar la crudeza de la historia. No, eso sería un error, ya que no es sino el método adoptado por Cronenberg para hacer suya la historia, para llevarla a su propio universo sin que pierda ni un ápice de la validez y la personalidad originales. Accidentalmente, como ocurrió en la realidad, Joan morirá a manos de Bill, lo que hace que este se derrumbe y se refugie en las drogas, que le llevarán a los rincones más insólitos y difícilmente transitables de la mente de un ser humano. Un mundo llamado “Interzona”.

“El almuerzo desnudo” es una película que nos habla del nacimiento y la gestación de una obra literaria. Cronenberg tenía especial interés en mostrar el desgraciado accidente que acabó con la vida habitual de Burroughs y que originaría el libro, ya que, sin duda, era la clave sobre la que se asienta la obra: “La novela de Burroughs trata sobre un hombre que busca la redención por un acto que quizás es irredimible”.

Este interés neurálgico hacia el escritor y su libro, se ve reflejado en la puesta en escena de la que hace gala Cronenberg, atípica en cualquier otra película de otro director, que se centraría en prescribir un mero relato de serie negra, mientras que el canadiense lo extrapola a su universo personal y lo convierte en la representación fílmica de un estado mental de extraña y “marciana” factura.

William Burroughs dice no tener recuerdos de haber escrito las notas que, a la postre, conformarían “El almuerzo desnudo”. Todo está difuso como en un sueño. Y así es la novela, así es la película, una ensoñación, un viaje alocado y esquizoide a un mundo onírico del que, cuando despertemos, no sabremos qué parte es real, cuál imaginada, e incluso dudaremos de si alguna vez hemos estado allí.

En definitiva, “El almuerzo desnudo” es una de las obras más bizarras y desconcertantes de los años 90, con ese aura de excentricidad ambigua, terrorífica a la par que reveladora, y es, también, una de las películas más destacables de la filmografía de su director. Lo cual, siendo Cronenberg quien la firma, ya es decir mucho.

José Ángel de Dios

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