Detrás de las paredes (Dream House, Jim Sheridan, 2011)

Existen determinados productos que, si tienen forma de TV movie o son producciones de bajo presupuesto, despiertan entre varios seguidores del cine fantástico una cierta simpatía que pasan por alto lagunas en el guion, ciertos errores en la planificación de escenas o problemas de ritmo cinematográfico. Pero esta simpatía da un giro radical de 180 grados si la producción proviene de una major, ha costado 55 millones de dólares, tiene detrás a un director de prestigio y a tres estrellas de renombre. Y es lógico, puesto que el nivel de exigencia de estas producciones debería, al menos por razones presupuestarias, ser más elevado. Se debe recalcar que se ven atrapadas en conflictos clásicos de Hollywood, los test-screenings, los problemas del director con los productores, reescrituras del guion hasta dejarlos irreconocibles o decisiones de marketing muy discutibles. En estos aspectos, Detrás de las paredes no es que haya tenido problemillas: es que es la película gafe del año, y es una pena, porque dentro del potaje final del producto se intuyen ciertas ideas que podrían haber dado de sí una película bastante destacable.

Cuentan los que lo han leído que el guion original de David Loucka tenia posibilidades, y, probablemente con las mejores intenciones creativas, el reputado director Jim Sheridan (En el nombre del padre, The Boxer) efectúo varios cambios sobre él: los primeros pases privados para el público resultaron ser un completo desastre, los productores pidieron que se filmaran nuevas escenas (generalmente, la guillotina para mantener el ritmo adecuado en cualquier filme y una idea que la historia ha demostrado habitualmente no servir de nada) y no permitieron a Sheridan participar en el montaje final, por lo que llegó a pedir a la DGA (Sindicato de Directores de Estados Unidos) que su nombre desapareciera de los créditos, a lo cual no accedieron. Por si fuera poco, la campaña de publicidad resultó ser una chapuza, empezando por un tráiler que destripaba prácticamente todas las intrigas de la película (no solo respecto a la particular visión psicológica del protagonista encarnado por Daniel Craig, sino a la identidad del criminal) y que provocó el rechazo de sus estrellas a participar en entrevistas promocionando la película.

Con este historial, lo raro ya no es que la película sea de calidad insuficiente, es que no sea un completo desastre. Y no lo es. Desde luego, con la información que les he indicado hay que verla con pies de plomo, no esperar una maravilla e intentar evitar -si llego a tiempo- el tráiler a toda costa. Pero tiene más de uno y más de dos elementos salvables. Empezando por un primer tercio interesante, en el cual Will Atenton (correcto Daniel Craig) abandona su trabajo para dedicarse a escribir y pasar más tiempo con su mujer Libby (adecuada Rachel Weisz) y sus dos hijas pequeñas en un nuevo hogar en Nueva Inglaterra. Pero extraños personajes hacen referencia a un crimen sucedido tiempo atrás en la casa y, para más inri, un misterioso sujeto parece estar constantemente vigilando los movimientos de Atenton. Es en el primer punto de giro de la historia donde se presenta el aspecto más novedoso del film: lo que en tiempos actuales, por cuestiones de moda sobre todo a partir de los años noventa, debería ser el descubrimiento final de la historia, aquí añade una capa más a la perspectiva del personaje, pero la película no solo no finaliza, sino que apenas ha dado sus primeros pasos.

Por desgracia, ese nuevo aliciente en el argumento -que comprenderán que no puedo detallar si tienen intención de verla-, que podría haber significado un paso adelante en intriga, no es explotado de ninguna manera en la dirección correcta, ni en la propia búsqueda interna del personaje principal ni en el desarrollo con su entorno, empezando por su relación con su vecina Ann (Naomi Watts, no precisamente en su mejor día) y su hija, y que resultarán claves para la resolución de un misterio que, pasada la primera media hora, se convierte en algo de lo más vulgar y predecible. Por otro lado, el film también falla en su intento en resultar ambiguo a la hora de ser una historia de fantasmas o un thriller psicológico. Es cierto que puede entenderse de las dos maneras, pero esta parte de la trama está tratada con tan poco punch, con material tan poco sugerente y recurriendo a los tópicos con tanta frecuencia, que acaba despertando la más absoluta indiferencia.

Con todo, es un título curioso si uno sabe con certeza lo que va a ver, para aquellos consumidores de género que se conforman con captar pinceladas más que con contemplar obras redondas, o para fans de las producciones “caóticas” de Hollywood que saben tomarse películas como esta con ironía. Es una pena, como he comentado al inicio; si fuera una TV movie o una producción mucho más pequeña, algunos nos la tomaríamos de mejor grado. Pero incluso en esto, Detrás de las paredes es gafe hasta el final.

Javier J. Valencia

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