Sub-humanos (Death Line, aka Raw Meat, Gary Sherman, 1973)

Gary Sherman es un director y guionista norteamericano conocido y recordado, al menos por los fans del género, por esa pequeña joya que todavia brilla con luz propia llamada Muertos y enterrados (Dead & Buried, 1981). Unos años antes ya había dado muestras de su talento con esta Death Line (aka Raw Meat), titulada Subhumanos y estrenada directamente en vídeo por estos lares; una pequeña pieza de terror británico, muy malsano y con algunas pinceladas de humor, que sorprendentemente sale del paso como una propuesta seria, bien cohesionada y voluntariamente extraña.

Volviendo a casa en el último tren subterráneo de la jornada, Patricia (Sharon Gurney) y su novio, Alex (David Ladd), encuentran a un tipo llamado James Manfred (James Cossins) inconsciente y tumbado en el suelo. Suben a la superficie para notificarlo a las autoridades pero al volver al lugar de los hechos el hombre ha desaparecido, provocando la sorpresa de la joven pareja y los recelos de la policía. Casi de inmediato entrará en juego el inspector Calhoun (Donald Pleasance) que se tomará el asunto como algo personal impidiendo incluso al MI5 (servicios secretos británicos) intervenir. Rápidamente descubriremos también que a raíz de unos derrumbes acontecidos durante las obras de construcción del metro londinense a finales de 1800, un grupo de trabajadores quedó encerrado en una estación abandonada originando toda una estirpe de seres subhumanos que habrían perdurado en el subsuelo alimentándose de sus congéneres…

Esta película se plantea y se mueve entre dos espacios cruciales: la superficie y el subsuelo. Cuando Sherman nos muestra lo que acontece en el subsuelo crea un verdadero y diferenciado “espacio mágico” y define a la perfección las reglas y rituales que rigen en el lugar con un gran dominio de la narrativa. Este es sin lugar a dudas uno de los puntos más fuertes de la cinta y me atrevería a decir que propuestas posteriores como Creep (Christopher Smith, 2004) o Mimic (Guillermo del Toro, 1998) han bebido directamente de esta película (sin tanto acierto). Por otro lado, y si no fueran prácticamente de la misma época, me apostaría una cena a que el diseño de producción de La Matanza de Texas también se inspira en algunos aspectos de esta (huesos, plumas, paja, objetos varios colgados por todos lados…).

En el apartado más sangriento o directamente gore la propuesta es muy explícita, mucho más de lo que cabria esperar en una producción de esa época. La manera que tiene Sherman de recrearse en todo ello, enfocando con gran lujo de detalles los hábitos alimentarios y los cadáveres que adornan la vivienda del protagonista subhumano, consigue imágenes que serán difíciles de borrar de nuestra memoria.

Death Line no esconde su vocación outsider, a Gary Sherman le va lo bizarro y lo asume sin complejos. Tal vez por este motivo sus escenas oscuras y malsanas tienen tantisima fuerza –baste recordar esos largos travelings mudos, descriptivos del lugar y la solitaria forma de vida del subhumano– mientras por otro lado, las escenas y personajes más convencionales se quedan un tanto cojas –la misma pareja protagonista resulta pobremente definida o directamente sosa en más de una ocasión–.

Esa exaltación de lo raro y lo diferente, de la cual los títulos iniciales con esos coloridos transfoques y la extravagante música ya son toda una declaración de intenciones, encuentra otro de sus puntos fuertes en el personaje del comisario Calhoun, interpretado por Donald Pleasance. Huraño, retrogrado, borrachín y curiosamente entrañable, Pleasance borda uno de sus mejores papeles (que yo recuerde) y lleva prácticamente solo gran parte del peso de la película si hablamos de lo que sucede en la superficie. Como apunte cabria destacar la brevisima aparición de Cristopher Lee interpretando a un agente del MI5, la cual no se queda corta a la hora de presentarnos otro personaje deliciosamente extravagante que nos deja con ganas de más.

En resumen, Gary Sherman nos regala con esta cinta otra película de género a reivindicar sin tapujos. Una película que juega muy bien con sus dos partes diferenciadas (el subsuelo y la superficie) y que se esfuerza en presentarnos al monstruo de turno no como un ser exclusivamente maligno sino como el resultado del contexto y los factores que lo envuelven haciendo especial hincapié en su soledad; eso si, sin ahorrarse sus buenas dosis de salvajismo y horror. Además todo esto lo hace con una calculada extravagancia y un muy buen pulso a la hora de transmitir emociones y mantener al espectador alerta. Si algo se le puede achacar a la película es un final un tanto previsible y una cierta precipitación precisamente en el momento de poner en contacto los dos mundos (superficie/subsuelo) que sin embargo, para el que esto suscribe, no llegan a desequilibrar en modo alguno el interesante conjunto.

Dani Morell

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