Carrie (Kimberly Peirce, 2013)

Todas las películas son un remake de algo que era mejor cuando se publicó por primera vez en una lengua extranjera, como un programa de televisión de la década de 1960, o incluso como cómic. Ahora tienes parques temáticos como fuentes de inspiración de las películas. Las únicas cosas que quedan intactas son las mascotas de cereales para el desayuno. Acabaremos viendo a Johnny Depp  interpretar al Captain Crunch. (Alan Moore, para Fast Company  Co.Create blog, en Febrero de 2012)

La paciencia del cinéfilo hacia los remakes no es infinita. En mi caso pensé que duraría mucho más. En sí mismo, el concepto de reimaginar no es una mala idea, siempre y cuando se tenga algo que decir, una idea nueva que aportar. El propio Alan Moore, por mucho que su comentario me viniera de perlas para comenzar el texto, consiguió alguna de sus obras más famosas y de mayor calidad usando a personajes que no habían nacido de su talento, o en algunos casos incluso reinterpretándolos. Pero Hollywood está logrando que la reinvención, que debería ser un arte, sea sin embargo un montón de gran nada, sobre todo desde la gran escalada al respecto que se ha vivido desde los años 90.

Quizá estoy exagerando. Noche de miedo no estaba mal, y eso que pintaba horrores, pero fue una apañada puesta al día, una forma de introducir la misma historia en una década distinta. Posesión infernal no es que estuviera precisamente cargada de inventiva pero al menos cumplía en su cometido de ofrecer un espectáculo de horror puro y directo. Ninguna de las dos me hizo bailar de alegría como las originales, pero se dejaban ver. Y quizá, en los últimos diez, quince años, haya más casos, seguro que así es. Pero en su mayoría se tratan de nuevas versiones vacías, carentes de alma, que pueden estar mejor o peor realizadas, con buenos o malos valores de producción, pero suelen tener algo en común: nadie las ha pedido. Nacen de la mente de productores que quieren volver a repetir en taquilla éxitos del pasado. Es así, y no es nada más que eso. Luego los proyectos pueden caer en manos de directores que pueden querer llevarlas a su terreno y aportar su mirada personal sobre esa historia. Pero francamente, son la minoría.

Tarde o temprano te va a tocar a ti, lector. No podrás esconderte siempre. Vendrán y tocarán una de las tuyas. De aquellas películas que has interiorizado. Y acudirás a la sala de cine con la esperanza de encontrarte con una obra digna, que en sus mejores momentos te lleve a recuperar las sensaciones que te hicieron adorar la original. Ingenuidad cero para estos casos, los tiempos de los remakes magistrales como La invasión de los ultracuerpos de Phillip Kaufman, o La cosa de John Carpenter son pasado lejano e irrepetible. No debería ser así, pero… al final se pide un mero Posesión infernal, una mera Noche de miedo. Pedimos cada vez menos… hasta que un buen día quieren reimaginar Carrie.

Obviamente no será visto así en el ámbito literario, pero en el cinematográfico, Carrie ya no pertenece a Stephen King. Pertenece al director Brian DePalma, magnífico director que tiene películas excelentes, normalitas y hasta malas, pero incluso éstas tienen un toque, alguna escena, algunos momentos, que te hacen recordarlas con agrado, y que en la época en la que llevó a la pantalla grande el relato de King estaba en un estado de gracia que le duraría unos añitos más y filmaba con un pulso, con un nervio y con una gracia que se echa a faltar hoy en día en el mundo del cine mainstream. Cómo decirlo, en ocasiones, resultaba casi insolente, algo muy raro de ver en el cine norteamericano de grandes presupuestos. Carrie pertenece a Pino Donaggio, que acompañó a las imágenes del director con una banda sonora inolvidable, a Piper Laure, que dio vida a una terrible Margaret White, a las “DePalma’s Angels” (Amy Irving, Nancy Allen)… y sobre todo, a Sissy Spacek, una de las mejores actrices que ha dado la industria norteamericana en el último medio siglo. Podía dar vida a una estudiante acomplejada y triste, a una adolescente hermosa que se crece ante la adversidad apoyada por los aspectos positivos de su entorno, y era elegante y aterradora cuando se convertía en un ángel vengador. Carrie White interpretada por Spacek es un icono del cine de terror y del New Hollywood de los 70.

Digamos que las intenciones de la película de Peirce son mucho más humildes. Para empezar, su realización es bastante plana, casi televisiva, alejada de la salvaje poesía visual de DePalma. La banda sonora de un muy poco inspirado Marco Beltrami se limita a acompañar a las imágenes en todo momento y logra ser resultón en algunas escenas, aunque tan poco ambiciosa como el resto de la película. Y el reparto hace suspirar de añoranza por la película de 1976. En pantalla grande parece que sigue habiendo cierto pánico a que Carrie sea una chica morena, feucha y regordeta con la cara picada de acné tal y como la describía su autor originalmente (y en la pequeña también, aunque por lo menos en la mediocre mini-serie del 2002 tuvieron la valentía de darle el papel a Angela Bettis, estupenda actriz que sin mucho esfuerzo fue lo mejor de aquel proyecto, y que estaba mucho más alejada de un canon de belleza hollywodiense standard. Sí tenía una pega, y era su avanzada edad para interpretar a una adolescente), pero Sissy Spacek era el ejemplo perfecto de que la marginación no está supeditada ni mucho menos solo a la belleza (estoy seguro de que ayuda, pero no es determinante) y una buena actriz, tenga el físico que sea, puede sacar con solvencia el papel.

El problema con Chlöe Moretz no es que sea más o menos guapa, sino que no tenga precisamente una chistera de recursos interpretativos, y puede aguantar las escenas con el resto de adolescentes que integran el reparto por que están más o menos a su altura… que es más bien la de una serie televisiva para adolescentes, no un estreno de primer nivel mundial. Julianne Moore, que es una actriz que sí tiene tablas para hacerse una casa en el campo si le apetece, brinda fácilmente la mejor interpretación del film, pero cuando en las escenas que interviene aparecen los efectos especiales que muestran el poder telekinético de Carrie, su buen hacer queda difuminado ante la poca calidad de los efectos e incluso la poca intensidad dramática de estas escenas… lo cual es curioso, porque Spacek y Laurie filmadas por DePalma, casi diciendo los mismos diálogos punto por punto, lograban hacerte arañar la butaca con los dedos de la tensión que generaban.

Incluso dentro de la crueldad que impregna la historia narrada, la versión de Peirce resulta descafeinada e incluso light. La Carrie de Möretz no es como he comentado antes un ángel vengador, ni es energía pura sin orden ni concierto como lo era la de Spacek. Es, simplemente, una adolescente atribulada con poderes que finalmente escapan a su control, más cercana a la visión de un trauma de un mutante de cómic Marvel que no a la presunta hija del Diablo. No hay la sensación de predestinación hacia el mal, no resulta asfixiante la iconografía religiosa. Solo una especie de bullying bastante mal explicado y justificado que al menos se integra en nuestro tiempo por el uso de las redes sociales, y una madre loca sin una mínima mitología a su alrededor que le otorgaba cierto aire místico. Esta Carrie necesita ver a un muerto al que aprecia para enloquecer (adiós a ese ambigüo momento en el que el cubo caía en la cabeza de William Katt… ¿lo hacía ella? ¿Le mataba?), necesita dar explicaciones a su amiga que en una escena absolutamente ridícula va a verla a su casa hacia el final; en realidad esta Carrie necesita tanto ser querida, aceptada y comprendida que lo que está haciendo es dar explicaciones al espectador. En serio, ¿los adolescentes de hoy en día no se cansan nunca de que los traten como a imbéciles?

Carrie de Kimberly Peirce no es la peor revisión que se ha realizado en los últimos tiempos, y se basa en una historia que se aguanta bastante bien por sí misma. Las comparaciones son odiosas, pero es lo que tienen los remakes, que se prestan a ello con los brazos abiertos. Y con armas tan pobres con las que competir, lo normal es salir escaldado.

Javier J. Valencia

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