Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, Sam Raimi, 2009)

Pasarlo bien viendo cine de terror es algo que a todos los fans del género nos encanta, y en esta película de Sam Raimi eso se cumple al pie de la letra. En Arrástrame al infierno el cineasta lleva a cabo un retorno a la frescura creativa de sus inicios, caracterizada por el juego y la subversión de géneros constante (El ejército de las tinieblasPosesión infernal) en la que la comedia y el terror se cruzan y entrelazan en una eclosión de divertidos resultados. Es así como Raimi construye su película al ritmo de una montaña rusa de continua tensión y consecutivos sustos orquestada al más puro estilo slapstick, en la que cada gag (o secuencia terrorífica) supera al anterior en un in crescendo absolutamente infernal y desternillante.

La historia que se nos cuenta es una de maldiciones, en la que Christine (una más que correcta Alison Lohman), trabajando en su oficina bancaria, decide no ayudar a una anciana gitana con una prórroga de pago hipotecario, lo que provoca la furia de la anciana que acaba por condenar a la protagonista a una de las peores maldiciones posibles: ser enviada al infierno. A partir de ahí esta trama sencilla permite a Raimi elaborar un gran trabajo de creación de atmosferas, mareándonos con la tensión escénica, capaz de jugar con nuestras emociones y expectativas, aún y cuando nosotros podamos ser sabios conocedores del género. Un ejemplo de ello sería la secuencia en la que, tras el ataque de la anciana, Christine decide ir a ver a un médium para que le lea su futuro. Esta secuencia, simple, sencilla y sin excesivo contenido dramático, sirve para comprobar cómo de bien trabaja Raimi dicha tensión escénica, pues a través del diálogo equilibradamente articulado, a través del uso de la cámara (los primeros planos que ligeramente van aproximándose al rostro del personaje) y a través de la música, se produce una delicada dilatación de la tensión dramática hasta desencadenar repentinamente en el instante del susto, que sin ser éste magnánimo, acaba por provocar igualmente una efectiva reacción en el espectador al haber conseguido implicarlo tanto en los instantes previos.

Otra secuencia a comentar es la de la pelea entre Christine y la anciana gitana en el parking, pues es aquí donde Raimi deja ya bien claro qué tipo de película está haciendo. Si hasta ese instante el público creía que iba a ver un clásico film de terror al uso, rápidamente descubre que no es así; Arrástrame al infierno no busca eso para nada, sino que su objetivo es el de hacer disfrutar al espectador moviéndose y jugando con unos códigos ya integrados profundamente en cualquier cinéfilo del género, permitiéndole gozar con elementos de ironía, sorna y exageración. En la pelea entre las dos mujeres hay un momento en que la gitana se golpea y sin darse cuenta pierde su dentadura, entonces, creyendo que aún la lleva puesta, intenta morder a Christine, lo que provoca una escena desternillantemente asquerosa. La lógica interna de la película funciona como un reloj porque Raimi deja bien claro en todo momento qué tipo de film está haciendo y siempre es coherente con ello.

Podríamos preguntarnos por el trasfondo ético o de crítica social que pueda tener el film, en el sentido de que en estos tiempos de crisis no ofrecer toda la ayuda posible a otro ciudadano puede provocar consecuencias negativas. Pero lo cierto es que este trasfondo es lo menos relevante de Arrástrame al infierno. Lo importante de la película es el divertimiento por sí mismo, el miedo de atracción de feria que tanto gusta a Sam Raimi, un miedo que provoca gritos pero también grandes risas. Así fue como el cineasta se relajó en su momento con este film y volvió a disfrutar haciendo un cine con más libertad y desahogo; da la impresión de que Raimi llevaba dentro de sí toda esta montaña rusa de cine de serie B que anhelaba de nuevo ser liberada para pasárselo bien. El director vuelve a sus orígenes y al mismo tiempo regala a sus fans más veteranos y a cualquier amante del género una película terrorífica, efectiva y divertidísima.

Xavier Torrents Valdeiglesias

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