Amityville: El despertar (Amityville: The Awakening, Franck Khalfoun, 2017)

Lo mejor de Amityville: El despertar es que es consciente de que forma parte de un extenso número de películas que ya exprimieron en su momento los terribles sucesos que acaecieron en esa casa en los años setenta. Y Franck Khalfoun, director de la cinta y de otros films de género como Piranha 3D, el remake de Maniac o P2, saca partido de ello y adapta el argumento de su largometraje a nuestra realidad, haciendo que incluso los personajes sepan que existen esas otras películas que cuentan, grosso modo, las leyendas paranormales que rodean la historia de los asesinatos de la familia DeFeo para así buscar soluciones en esas obras ficticias e intentar exterminar el mal que reside en Amityville. Esta entrega, que llega con bastante retraso a nuestro país, se sitúa 40 años después de los horribles homicidios que dieron fama a esta famosa casa. Belle y su familia se instalan en ella para ahorrar tanto como les sea posible para pagar el tratamiento de su hermano, que está en coma. A partir de entonces, empiezan a experimentar una serie de extraños acontecimientos que cambiarán sus vidas para siempre. Básicamente, es la misma historia de siempre contada desde el punto de vista de otros personajes nuevos que se topan por primera vez con la residencia de Amityville.

Y para sacar algo de provecho de esta Amityville: El despertar y que no se quede solo como un mero entretenimiento, Khalfoun juega, muy hábilmente, con el tema de la religión mediante el personaje de la madre, encarnado por una Jennifer Jason Leigh bastante descafeinada y muy fuera de tono respecto a lo que la actriz nos tiene acostumbrados, para darle un significado a lo que representa esa casa para el cine de terror y para el mundo. Un lugar que se entiende como el hogar mismo del demonio y que pervierte la mente de aquellos que osan instalarse en su humilde morada. A pesar de que sigue siendo un elemento que está presente desde el film de 1979, es un detalle que Khalfoun haya planteado, ahora, el conflicto entre el maligno y el todopoderoso. En cierto modo, de hecho, la relación que él establece entre la madre y el hijo, James, tiene un parecido similar al que utiliza David F. Sandberg en su Lights Out entre, una vez más, la madre y el espíritu que vive apegado a ella. Y no es lo único que comparten, puesto que Khalfoun también deriva su estilo al cine de James Wan en lo que a casas encantadas se refiere. Para más inri, Wan utilizó los hechos de Amityville en la introducción de Expediente Warren 2: El caso Enfield, por lo que existe una conexión real entre ambos cineastas y, al mismo tiempo, entre el modus operandi entre las dos películas. Es por ello por lo que el film de Khalfoun dispone de una estética totalmente salida de la filmografía de Wan –aunque se echa de menos su cuidadísima fotografía- y de unos jumpscares típicos que recuerdan de vez en cuando al espectador que está viendo contenido de terror contemporáneo.

Sin embargo, la mayor sorpresa de Amityville: El despertar reside en la actuación de Cameron Monaghan, el joven Joker –o pseudoJoker- de la serie de televisión Gotham, como hijo poseído y encarnación del mal. Él solito se carga Amityville a sus espaldas y le da un toque único que la hace inolvidable y bastante distintiva entre las ya existentes versiones. Aún con su rostro paralizado, consigue transmitir un efecto de malrollismo que eriza la piel de cualquier espectador. Algo que, por desgracia, no se puede decir del resto del elenco de actores, que se queda bastante lejos de la calidad de Monaghan.

Khalfoun, con todo, ha sabido revivir, o por lo menos volver a darle un poco de chispa, a la ya desgastada historia de Amityville. Historia que, por otro lado, ha quedado absolutamente vulgarizada y sin ningún tipo de impacto para el público aún a pesar de que ha sido el lugar de una de las mayores matanzas de Estados Unidos.

Xavi Mogrovejo

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