Un lugar tranquilo (A Quiet Place, John Krasinski, 2018)

La inminente llegada de Un lugar tranquilo (“A Quiet Place”, John Krasinski, 2018) a las carteleras españolas, viene precedida de un éxito comercial en las salas de Estados Unidos y una entusiasta recepción crítica en festivales como el SSXW, que han hecho que se la relacione de inmediato con algunas de las más interesantes y atrevidas apuestas del cine de terror de los últimos años como Déjame salir (“Get Out”, Jordan Peele, 2017), It Follows (David Robert Mitchell, 2014) o La bruja (“The Witch”, Robert Eggers, 2015) . Nada más lejos de la realidad. Estas tres cintas mencionadas previamente, hacían uso de las convenciones del género, como excusa para tratar en su subtexto temas tales como el racismo, las supersticiones, la destrucción del núcleo familiar o las enfermedades de transmisión sexual. En cambio, Un lugar tranquilo es cine de género sin adulterar, como lo puedan ser Monstruoso (“Cloverfield”, Matt Reeves, 2008) o Parque jurásico (“Jurassic Park”, Steven Spielberg, 1993). Por otro lado, no se debe olvidar que las cintas que han revolucionado el género de terror en los últimos años se han realizado al margen de la gran industria y este trabajo es una producción de Platinum Dunes –productora de Michael Bay- en colaboración con Paramount Pictures y que incluso estuvo a punto de integrarse dentro de la franquicia Cloverfield de J.J. Abrams. Es decir, cine que pretende alcanzar la mayor parte de público posible.

En relación con la cinta producida por Abrams y dirigida por Matt Reeves, la ópera prima de John Krasinski -actor de The Office y director y co-guionista de este trabajo- podemos encontrar parecidos superficiales entre ambos trabajos, como el aspecto visual de las criaturas, pero sobre todo fundamentales. En concreto, la manera en que Krasinski, al igual que Reeves, juegan con la forma del relato. Si el segundo destilaba y profesionalizaba el estilo found footage, Krasinski define los aspectos formales a través de una característica de las némesis de la película, el sonido -o, mejor dicho, la ausencia de él-, ya que las criaturas son ciegas y solo actúan en base a las vibraciones sonoras que perciben. Gracias a esta característica, Krasinski entrega una obra formalmente ambiciosa, casi una cinta muda, contraponiendo la originalidad de su puesta en escena, a un relato más convencional, que comparte incluso varios aspectos argumentales y tonales heredados del fabuloso videojuego The Last of Us (2013) del estudio Naughty Dog.

Esa represión del sonido entrega a la cinta sus mejores momentos. En especial en sus dos primeros actos y sobre todo en su atmosférico y tenso prólogo -prodigio de planificación y puesta en escena- lo más cercano a una cinta muda que el Hollywood de los grandes estudios se atreve a ofrecer. Todo esto se consigue gracias a un dominio de los tiempos narrativos que sabe enlazar set pieces vibrantes junto a secuencias más pausadas, donde desarrolla con breves pero contundentes trazos, las relaciones interpersonales de una familia de supervivientes -a destacar Emily Blunt y Millicent Simmonds- en las que la culpa y las segundas oportunidades son los elementos que aportan la fuerza argumental al relato, mientras la narración se sostiene por una narrativa que hace un inteligente uso de la tensión dilatada del tiempo.

En contraposición, tanto a lo largo del metraje como sobre todo en su tercer acto, Krasinsky hace discurrir a la cinta por terrenos algo más convencionales, sobreexponiendo finalmente a la criatura en exceso -cuyo diseño falto de originalidad podría considerarse uno de los puntos débiles del filme- abusando del homenaje y los guiños: el Hitchcock de Psicosis -esa mano ensangrentada-, el Alien de Ridley Scott -madre e hijo ocultos en el sótano a escasos metros de la criatura- e incluso el memorable primer ataque del T-Rex en Jurassic Park de Steven Spielberg. A  estos leves defectos habría que sumarle el reiterativo uso en algunos momentos del efectismo sonoro como herramienta del terror, o elementos argumentales -el clavo del sótano- demasiado evidenciados por las decisiones de puesta en escena. Sobre todo cuando, en sus dos primeros actos, había demostrado que el éxito de la propuesta se sostenía gracias a la sutileza y la dilatación de la anticipación.

Pero en líneas generales, John Krasinski entrega en conjunto un producto sólido, atrevido en muchos aspectos formales sin olvidar su condición de producto masivo, gracias a su reducido pero efectivo cast, un guión engarzado de ritmo pausado pero sin tiempos muertos -un verdadero acierto comenzar la narración in media res y otorgar a los elementos dispuestos en el plano su condición de background narrativo- y una efectiva puesta en escena que hace de sus inteligentes y efectivas set pieces de acción y terror su mayor baza para, finalmente, acabar sacando el máximo partido de su limitación auto-impuesta: la ausencia casi total de diálogos y sonidos.

Felipe Rodríguez Torres

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