Teniente corrupto (Bad Liutenant, Werner Herzog, 2009)

Defiendo una teoría sobre el remake: si se adapta una historia, se deben coger los elementos de la original que otorgaban peso a la obra primigenia y adaptarlos a nuestros tiempos, sin miedo a efectuar cambios radicales aunque espantes a los acérrimos defensores de la primera versión. Y se le debe de dar a la obra entidad propia. Existen muchos títulos acomplejados por su procedencia que no aportan nada nuevo y resulta prácticamente inexplicable la necesidad de justificar su existencia. Invasión (The Invasion, 2007), de Olivier Hirschbiegel, es un buen ejemplo de re-adaptación innecesaria, por mucho que su historia sea potente (de entrada, con ese argumento, cualquier adaptación de la obra de Jack Finney lo será), y más allá de otorgar un (bastante justito) entretenimiento, no parece que tenga mucho interés en hablar de nada. Sin embargo, La Invasión de los Ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman era capaz de coger los ingredientes que hacían, hasta ese momento única, la versión de Don Siegel y transformarlos en una historia que encaja perfectamente en su contexto histórico (finales de los 70, primeros ochenta), sabiendo re-conducir con maestría los elementos que provocaban terror en la original hacia la segunda.

Pero, ¿Qué ocurre cuando la intención es adaptar una obra de autor, un título exageradamente arraigado a la filmografía de un director concreto? Teniente Corrupto de 1992 es probablemente la obra más famosa del director Abel Ferrara y es aquella que puso en relieve sus obsesiones: la religión, la posibilidad de redimirse, el retrato de un alma enferma. Lo que ocurre es que Hollywood es un lugar muy extraño, manejado por hábiles señores de negocios que hacen tratos, firman pactos y en medio, los guiones van y vienen, llegan a las productoras y se quedan en lo esencial: que Teniente Corrupto es una historia sobre un policía, pues eso, corrupto, y eso vende, y ahora se llevan los remakes, pero ya no por que haya un interés real en volver a contar una historia por parte de una persona con inquietudes detrás, se hacen por puro negocio, por que algo que dio dinero hace 10, 20 , 30 años, puede volver a darlo ahora, y la cartelera se llena de, una y otra y otra vez, remakes sin sentido, innecesarios la mayoría de ellos. Algunos espectadores nos quejamos amargamente al principio, luego lo aceptamos y al final hasta nos esforzamos en buscarle cosas buenas a una historia que ya conocemos pero que se le han aplicado una serie de cambios cosméticos, y a lo sumo, algunas pinceladas nuevas de interés. Pero luego existen estos títulos tan identificados con su director que cualquier posibilidad de remake es una llamada al fracaso artístico y comercial, y una sensación de compasión invade hacia el pobre diablo que vaya a enfrentarse al reto de dar vida de nuevo a la obra, el cual probablemente lo haga por dinero y trate de enfrentarse al reto de la mejor manera que pueda (ahora me viene a la cabeza Gus Van Sant y su versión de Psicosis, si hay que volver a contar todo un tótem intocable, el único modo es hacerlo calcado al original, siendo perfectamente auto-consciente de la inutilidad de su obra, y enfrentarse a la creación cinematográfica como simple y llanamente un trabajo que se hace a cambio de un buen salario, no como acto de expresión artística).

Claro, que si hablamos de Werner Herzog, nos encontramos a un diablo muy poco pobre. En la industria del cine actual, un verdadero pájaro burlón, un tahúr que sabe presentarse a las partidas con la habilidad de marcar sus cartas sobre la marcha y habitualmente salirse con la suya. Por qué Herzog lo que tiene de cínico lo tiene de aventurero, y su cinematografía puede ser perfectamente con la de Orson Welles, en el sentido de la creación de cada obra no puede ser fácil: solo lo difícil es divertido. Pero la edad es un factor importante y el concepto de aventura cambia con la edad. Cerca de cumplir los 70 años Herzog no puede enfrascarse con tanta soltura como en su juventud a rodajes de locura como los de Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) o Fitzcarraldo (1982). Ahora el concepto de dificultad es otro, pero el reto es igualmente apetecible: ¿Cómo volver a dar vida a la obra de Ferrara? Como el sinvergüenza que es, Herzog responde saliéndose por la tangente: contando una historia completamente nueva, pero eso sí, con un teniente que también es corrupto, y añadiendo alguna escena que referencia a la original, pero con un toque paródico canalla y sinceramente, encantador. ¿Qué eso es hacer trampa? ¿Qué para eso la película podría perfectamente llamarse de otro modo? Para eso, tendría que haber unas normas, escritas o no… y no las hay. Bueno fue el cabreo de Ferrara, que llegó a declarar al enterarse que iban a volver a hacer su película soltó un “yo les metería a todos en un coche y les haría saltar por los aires”. ¿Respuesta de Herzog?:

¿”Quién es el tal Ferrara”?

“No dije nada para ofender a Ferrara, cuando dije que no había visto su película estaba diciendo la verdad. Espero conocerle y que nos tomemos un whisky juntos para aclarar este malentendido. Yo he querido hacer una película ciento por ciento personal e intenté de todas las formas posibles que los productores eliminaran el Teniente corrupto del título, pero para ellos era importante mantenerlo. Por eso añadimos Port of Call New Orleans al final, para demostrar que no estábamos reinterpretando la obra de nadie sino haciendo algo nuevo”. (1)

Después del desastre del Katrina, que dejó la ciudad de Nueva Orleáns muy dañada, y por ayudar a un pobre tipo, el inspector de policía Terence McDonagh (Nicholas Cage) se daña la espalda, lo que le llevará, primero, a volverse adicto a los calmantes, después, a todo tipo de estupefacientes. Pero además, es un adicto al juego y a las apuestas, con muy mala suerte, lo que le está llevando a un punto de conflicto con su corredor, Ned (Brad Dourif, siempre bienvenido), y además se ha convertido en el “chulo no oficial” de una prostituta, Frankie (Eva Mendes). Tras el asesinato de cinco senegaleses, McDonagh tendrá que combinar el aluvión de problemas personales debido a su corrupción con su investigación, la cual está intentando resolver limpiamente.

Pero el viaje de McDonagh está en las antípodas del tortuoso camino hacia la redención del personaje que interpretó Harvey Keitel. Para empezar todo el trasfondo religioso del personaje original ha desaparecido, de hecho el personaje de Cage no se está torturando: es un pícaro, un superviviente nato que tiene el cerebro bastante dañado por las drogas y tiene una facilidad enorme para colocar frases de película en las situaciones donde debe dar rienda suelta a su instinto de auto-conservación. Pero cuando digo que lo tiene bastante dañado es que realmente ante su vista explotan imágenes totalmente ajenas a la realidad, véase su relación con reptiles de distinta cuña que solo él puede ver o almas bailarinas de criminales asesinados momentos antes. “Todo eso me lo inventé sobre la marcha, ni siquiera estaba en el guión”, confesó Herzog, sobre las secuencias que más estupor causaron entre los espectadores. Como reflejo de unos Estados Unidos actuales en los que todo vale, y situado en el epicentro de una ciudad que pagó el pato por el país entero, Terence no es muy dado a la reflexión, actúa, se deja llevar por sus instintos, después reacciona salvaguardándose, y en un pequeño resquicio de su psique, busca hacer algo de bien por los demás, como si un pequeño eco en su mente aun le obligara a ser un buen policía o tuviera un ligero atisbo de culpa por todo aquello en lo que está metido. Pero, aunque la película tenga lo mismo de thriller que de comedia negra, esto en gran parte es debido a que el personaje de McDonagh tampoco termina de tomarse en serio del todo a su entorno, está tan entumecido que le cuesta sentir miedo o dolor pero la risa se le puede escapar en cualquier momento.

Para dar de comer aparte también a Nicholas Cage. Con toda la película con un hombro medio caído y las espalda encorvada, con un pelo de injerto o bisoñé (no termina de quedar claro cual de los dos, pero clarísimo que no es natural) totalmente estrafalario, y completamente desatado y en su salsa, se saca de la manga su inagotable repertorio de carotas y gesticulaciones. Que Cage es otro pícaro que se aprovecho de sus enlaces familiares para entrar en el mundo del espectáculo a pesar de su discutible talento es algo de lo que se ha hablado desde tiempos pretéritos por los mentideros de la ciudad de los sueños. Que se ha convertido en un caradura que cuando tiene que interpretar un papel que no está hecho a su medida le sale fatal y que puede llegar a transmitir a veces su desgana a la hora de trabajar, pero el caso es que a algunos, no sabría explicar el por qué, nos cae bien, quizá precisamente por que al menos cuando fracasa en el empeño se lo toma a risa y por que sus cambios de rostros se acercan tanto a la astracanada que uno años atrás pensaba que nunca vería a un tipo tan dado a la exageración, tan poco serio, para entendernos, protagonizando películas que cuestan bastantes millones de dólares. No se le admira su talento, simplemente cae en gracia, y cuando interviene en películas donde funciona, véase Corazón Salvaje, Leaving Las Vegas (que ganara un Oscar como actor principal puede ser tomado con las mismas dosis de ironía que el propio desenlace de Teniente Corrupto) o el título de Herzog que nos ocupa , encaja a la perfección dentro del engranaje del film.

Leo en algunos medios que el resultado final de la película es una sátira sobre el país de las oportunidades, y realmente es un enfoque que puede funcionar, por que su tramo final es una tremenda barbaridad de intervenciones del azar que llevan al éxito al delito y al pasarse la ley por el forro (insistir en llamar pícaro al personaje de Cage cuando a esas alturas ha cometido ya un cúmulo de infracciones legales por las cuales cualquier hijo de vecino se pasaría un carro de años en prisión queda un poco pobre) como un acto que simboliza el camino al éxito. Eso si, la intervención divina solo funciona una vez el personaje ofrece un acto de justicia resolviendo el crimen, como si fuera una mirada muy irónica a los guiones más habituales de Hollywood en la cual el héroe solo consigue su objetivo si logra redimirse casi siempre de una manera más cosmética que otra cosa. El hecho es que el personaje principal no busca redención, y si lo hace es sin darse cuenta, y durante los minutos finales del film, donde aparece un tanto abatido, como sintiéndose culpable por sus actos, sufriera finalmente una epifanía en la cual pudiera ver su sendero recorrido y escapársele una carcajada (previo coloque). Es por ello que el conjunto final esconde una subversión aplastante, es casi una patada en la entrepierna contra el cuento moral, el cual ya no nos creemos. En ese sentido, siendo un film tan loco y con tantas miradas a lado absurdo de la vida, resulta en cierto modo crudo y realista: nosotros sabemos que el bueno no alcanza el éxito en base a esfuerzo y trabajo, demasiadas veces en la vida nos hemos encontrado que lo ha conseguido el pirata, el jeta, o directamente el maquiavélico. Pero es que por lo general el cine de Hollywood eso no lo muestra. Haciéndolo, con un gesto tan simple, se pasa de la sátira a la subversión. Para disfrutarla necesita que el espectador colabore y se deje llevar por el tono de la película, y para ello es necesaria una cierta dosis de cinismo. En comprensible que a no todo el mundo le apetezca, que no compartan esa visión del mundo, o que simplemente se ofendan por la ausencia de moral del film. Pero los que sean capaces de aplicar su dosis disfrutarán de una de las mejores experiencias cinematográficas de los últimos tiempos.

(1) Entrevista publicada en El País el 02/01/2010

Javier J. Valencia

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