Ghost Dog, el camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai, Jim Jarmusch, 1999)

La mística del samurai ha estado presente en el cine occidental desde las primeras versiones americanas de los films de Kurosawa. Desde Clint Eatswood en Por un puñado de dólares pasando por Alain Delon en Le Samourai y acabando con Uma Thurman en Kill Bill los malvados extranjeros gaijin hemos intentado emular a esos héroes solitarios que mezclan la reflexión con el arte de matar. La fascinación por lo oriental también ha atrapado a muchos músicos, y algunos como el grupo neoyorkino de rap Wu-Tang Clan han convertido las referencias al kung-fu, los samurai y las técnicas de lucha con extensos e imposibles nombres en un envoltorio perfecto con el que vender su música. El líder de esta banda, nacido como Robert Diggs, pero conocido como RZA (entre otros alias, siendo Bobby Digital el más conocido de ellos) es un coleccionista compulsivo de discos antiguos y películas de artes marciales. Con Wu-Tang Clan ha conseguido crear un rap denso, lleno de referencias en los samples y con un amplio abanico de voces en lo que a mc’s se refiere, además de servir éste de trampolín para sus posteriores carreras en solitario. RZA se ha visto incluso salpicado por la polémica al ser su grupo investigado por el FBI, acusados de tráfico de armas y asociación con miembros de la familia criminal Gambino, la cual tiene entre sus miembros a unos cuantos amigos de Diggs.

Rap, mafia, dinero, violencia y obsesión por lo oriental. ¿Quién mejor para hacer la música del film de Jim Jarmusch que el controvertido actor/rapero/productor? La música ambiental de RZA varía entre lo pausado, lo etéreo y lo tenso, acompañando perfectamente las escenas de transición del protagonista, Ghost Dog (Forest Whitaker). Las únicas canciones con letra son las que el mismo protagonista introduce en los reproductores de CD que llevan los coches que roba, acompañándole en sus misiones. Un misterioso hombre solitario, Ghost Dog trabaja como asesino a sueldo de un grupo de mafiosos ítalo-americanos que harían mejor de quedarse en un geriátrico. Viviendo en una cabaña adosada a un palomar en una terraza, lee con ferviente devoción el hagakure, el manual del samuari de Yamamoto Tsunemoto. Un guerrero honorable y totalmente anclado en el pasado en un ghetto cuyos habitantes mafiosos no están más modernizados que él. Sus hábitos les parecen extraños, pero ellos mismos son tan iguales a Ghost Dog en su anacronismo. No obstante, dentro de su igualdad no son capaces de ver nada más allá de sus prejuicios. Como siempre Jarmusch nos dice que entre tanta diferencia de comportamiento y lengua hay algunos momentos para el consenso, reflejados en el personaje de Raymond, el amigo haitiano de Ghost Dog del que éste no entiende ni una palabra.

RZA y Jarmusch llevan el mundo del samurai al ghetto y salen victoriosos en la manera de reflejarlo; hay violencia y falta de entendimiento, el protagonista es un asesino, pero entre todo el caos siempre tiene un momento en el que reflexionar sobre sí mismo para saber qué hacer en todo momento, como un buen samurai. Aunque éste sea el que físicamente más difiere de su contrapartida oriental.

Victor Castillo

(Texto originalmente publicado en Miradas de cine nº73, Enero del 2008)

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